Hay una ciudad en el Caribe que nunca fue diseñada: creció al revés, de la explotación de un árbol hacia el mar, levantada en buena parte sobre pilotes de madera a ras del agua y cruzada por un puente que todavía hoy se abre a mano para dejar pasar los barcos. Ciudad de Belice no tiene la planta cuadriculada de las capitales coloniales españolas ni el trazado prolijo de una ciudad planificada: es una ciudad de contrabandistas, madereros y esclavos liberados que terminó siendo, sin proponérselo, la puerta de entrada a todo un país. Su origen está ligado a la madera y al mar. Durante el siglo XVII, las costas de lo que hoy es Belice eran un territorio reclamado por España pero escasamente controlado, refugio de piratas ingleses que asaltaban los barcos cargados de riquezas del Imperio español. Con el tiempo, muchos de esos aventureros encontraron un negocio más estable que la piratería: la explotación del palo de tinte (logwood), una madera de la que se extraía un valioso tinte para la industria textil europea.
Estos colonos ingleses, conocidos como los 'Baymen' (los hombres de la bahía), se asentaron en la desembocadura del río Belize, un lugar estratégico para embarcar la madera cortada río arriba. Allí, en torno a esa boca del río sobre la Bahía del Caribe, fue creciendo el asentamiento que daría origen a Ciudad de Belice. La elección del lugar respondía a la lógica del comercio maderero: un puerto natural protegido desde el que sacar la producción hacia Europa.
Más tarde, cuando el mercado del palo de tinte declinó, la economía se volcó a la caoba, una madera fina aún más codiciada, que se convirtió en el gran motor del país durante generaciones (la propia bandera de Belice lleva un árbol de caoba). La extracción de madera, dura y masiva, se sostuvo en gran medida sobre el trabajo de personas africanas esclavizadas, traídas a la fuerza, cuya presencia transformaría para siempre la composición humana y cultural del asentamiento.
La economía maderera de la colonia, basada en la extracción de palo de tinte y caoba, dependió en gran medida del trabajo forzado de personas africanas esclavizadas, traídas a través del comercio transatlántico de esclavos. Estos hombres y mujeres realizaban el agotador trabajo de talar y transportar la madera por los ríos y la selva, en condiciones durísimas. Su presencia, junto con la de los colonos ingleses, dio forma a la sociedad que se gestaba en torno a Ciudad de Belice.
De la mezcla entre africanos y europeos —y de las lenguas, costumbres y creencias que cada grupo aportó— nació la cultura criolla beliceña, conocida como 'kriol'. El criollo beliceño es a la vez un pueblo (los kriol o creoles) y una lengua: un idioma de base inglesa con fuertes influencias africanas, que se convirtió en lengua franca de la ciudad y de buena parte del país, hablada hoy por gran parte de la población más allá de su origen. Esa cultura criolla impregna la música, la cocina (con platos como el rice and beans), el humor y la identidad de Ciudad de Belice.
La esclavitud fue abolida en el Imperio británico en la década de 1830, pero su legado —tanto la herida histórica como la riqueza cultural afrocaribeña— quedó grabado en la ciudad. Ciudad de Belice es, en gran medida, una ciudad criolla, y entender su alma pasa por reconocer esa raíz africana que, fundida con la inglesa y otras, hizo de ella un crisol caribeño único en Centroamérica.
Uno de los episodios más célebres y simbólicos de la historia de Belice ocurrió frente a las costas de la ciudad, en septiembre de 1798: la Batalla de St. George's Caye. España, que nunca había renunciado a su reclamo sobre el territorio donde se habían instalado los ingleses, envió una flota desde Yucatán con la intención de expulsar definitivamente a los Baymen y sus aliados de la zona.
Los colonos —los Baymen— junto con sus esclavos y con el apoyo de tropas y barcos británicos, resistieron el ataque español en las aguas poco profundas y traicioneras que rodean el Cayo de San Jorge (St. George's Caye), entonces uno de los asentamientos más importantes. Tras varios días de escaramuzas, el 10 de septiembre de 1798 las fuerzas españolas fueron rechazadas y se retiraron sin lograr su objetivo. Aquella victoria consolidó de hecho el control británico sobre el territorio.
La Batalla de St. George's Caye se convirtió, con el tiempo, en un mito fundacional de la identidad beliceña, y el 10 de septiembre es hoy una de las fiestas nacionales más importantes del país. Como todo mito, ha sido objeto de relecturas: se discute, por ejemplo, el papel y la motivación de los esclavos que combatieron junto a sus amos, y el grado en que la batalla fue tan decisiva como la tradición sostiene. Más allá del debate histórico, la fecha sigue siendo central en la memoria colectiva de Belice y en la historia de su principal ciudad.
Durante los siglos XVIII y XIX, Ciudad de Belice se consolidó como la capital y el principal puerto de la colonia, que en 1862 pasó a llamarse oficialmente Honduras Británica. Toda la vida económica, política y social del territorio giraba en torno a la ciudad: por su puerto salía la caoba y entraban las mercancías; en ella residían la administración colonial, los grandes comerciantes madereros y la mayor parte de la población.
La ciudad fue tomando la fisonomía que en parte conserva: un casco urbano partido por el río Belize, con casas de madera sobre pilotes (una respuesta sensata a las inundaciones y al clima), iglesias y edificios de aire colonial inglés, como la catedral de St. John, levantada con ladrillos que, según la tradición, llegaban como lastre en los barcos. El comercio, el río y el mar marcaban el ritmo de la vida, en una sociedad estratificada y profundamente marcada por su herencia colonial y criolla.
A lo largo del siglo XIX y comienzos del XX, Ciudad de Belice creció y se modernizó lentamente, siempre como cabeza de la colonia. El Swing Bridge, su puente giratorio, se convirtió en símbolo de ese centro urbano. Pero la ciudad arrastraba una debilidad estructural que el futuro pondría dramáticamente de relieve: su emplazamiento bajo, a ras del mar y del río, en una costa azotada periódicamente por los huracanes del Caribe. Esa vulnerabilidad terminaría cambiando el destino institucional del país.
La vulnerabilidad de Ciudad de Belice ante los huracanes se hizo tragedia el 31 de octubre de 1961, cuando el huracán Hattie, una tormenta catastrófica, golpeó de lleno la ciudad. Los vientos extremos y, sobre todo, la enorme marejada ciclónica inundaron y devastaron buena parte del casco urbano, que estaba apenas por encima del nivel del mar. Hattie causó numerosas víctimas y destrucción generalizada, y dejó al descubierto el peligro de mantener la capital del país en un lugar tan expuesto.
El desastre precipitó una decisión histórica: construir una nueva capital tierra adentro, en un terreno elevado y seguro, lejos de la amenaza de los huracanes. Así nació el proyecto de Belmopán, una ciudad planificada en el centro geográfico del país. El gobierno de la entonces Honduras Británica trasladó oficialmente la capital a Belmopán en 1970, poniendo fin a siglos de capitalidad de Ciudad de Belice.
Pese a perder el rango de capital, Ciudad de Belice nunca dejó de ser el corazón real del país. Siguió siendo, y sigue siendo, la ciudad más poblada, el principal puerto, el mayor centro comercial y el nudo de transporte por el que pasan casi todos los visitantes. Belmopán es la sede del gobierno; Ciudad de Belice, el motor económico y la puerta de entrada. El huracán Hattie cambió el mapa político del país, pero no el peso de su ciudad más grande, que reconstruyó y siguió adelante, fiel a su carácter resiliente y caribeño.
Hoy, Ciudad de Belice es ante todo la gran puerta de entrada al país. Por su Aeropuerto Internacional Philip S. W. Goldson llegan la mayoría de los visitantes; de sus muelles parten los ferries hacia los cayos de fama mundial (Caulker, San Pedro); de su terminal salen los buses hacia el norte, el oeste selvático y el sur garífuna. A su Bahía llegan, además, grandes cruceros que descargan miles de pasajeros para excursiones de un día. La ciudad es, en suma, el nudo logístico de todo el turismo beliceño.
Más allá de su función de tránsito, conserva un casco histórico con personalidad, donde sobreviven el Swing Bridge, la catedral de St. John, el Museo de Belice (en una antigua cárcel colonial), el faro y la tumba de Baron Bliss y un puñado de edificios y rincones con historia. Su cultura criolla late en la calle, el mercado, la música y la cocina, y la convierte en el mejor lugar para tomarle el pulso al alma afrocaribeña de Belice.
La ciudad arrastra, eso sí, una reputación complicada en materia de seguridad, con problemas sociales y barrios que conviene evitar, lo que lleva a muchos viajeros a usarla solo de paso. Con sentido común —moverse en taxi, no exhibir objetos de valor, recorrer de día las zonas turísticas—, es perfectamente posible conocer lo esencial y captar su carácter. Resiliente ante los huracanes, fiel a sus raíces madereras y criollas, Ciudad de Belice sigue siendo, aunque ya no sea la capital, la verdadera capital del corazón del país.