Cuesta imaginarlo hoy, pero en la Edad Media Ypres fue una de las ciudades más ricas y pobladas del norte de Europa. Junto a Brujas y Gante, formaba el poderoso trío de ciudades textiles de Flandes, cuya prosperidad se basaba en la industria de la lana: los paños de Ypres, tejidos con lana importada de Inglaterra, se vendían en los mercados de todo el continente. Se calcula que en su apogeo, hacia el siglo XIII, la ciudad pudo llegar a tener del orden de 40.000 habitantes, una cifra enorme para la época.
El símbolo de aquella riqueza es la colosal Lonja de los Paños (Lakenhalle), levantada en el siglo XIII: uno de los mayores edificios civiles góticos de Europa, un gigantesco mercado y almacén de tejidos con un alto campanario. Su sola escala habla del poder de los mercaderes y de los gremios textiles que gobernaban la ciudad. Ypres, como sus hermanas flamencas, era también un hervidero de tensiones sociales entre la burguesía rica y los tejedores, y participó de las luchas de las ciudades flamencas contra los reyes de Francia, como en la batalla de las Espuelas Doradas (1302).
Pero la gloria no duró. A partir del siglo XIV, una combinación de epidemias (la Peste Negra), guerras, la competencia de la industria textil rural e inglesa y el declive del comercio hundió poco a poco a Ypres. Su población se desplomó, la ciudad se empequeñeció y durante siglos fue una plaza fuerte provinciana, disputada por los ejércitos que se paseaban por Flandes. La gran Lonja de los Paños quedó como un recuerdo desmesurado de un esplendor perdido. Y así, como una tranquila ciudad de provincias, habría seguido de no ser por la catástrofe que le esperaba en el siglo XX.
En agosto de 1914 estalló la Primera Guerra Mundial y el ejército alemán invadió Bélgica, un país neutral, para atacar a Francia. Tras la llamada 'carrera hacia el mar', en la que ambos bandos intentaron rodearse mutuamente hacia la costa, el frente occidental se estabilizó en el otoño de 1914 en una línea de trincheras que iba del Mar del Norte a Suiza. Y en Flandes, esa línea se detuvo justo delante de Ypres.
Los aliados —británicos, franceses y belgas— lograron frenar el avance alemán en la Primera Batalla de Ypres (octubre-noviembre de 1914), pero al precio de miles de vidas. La ciudad quedó dentro de un saliente (salient): un arco del frente que penetraba en las líneas alemanas y que, por tanto, quedaba rodeado por el enemigo en tres de sus cuatro lados. Esa geografía convertiría a Ypres y sus alrededores en una de las zonas más mortíferas de toda la guerra durante los cuatro años siguientes, batida por la artillería desde varias direcciones.
La población civil huyó, y Ypres se transformó en una ciudad de ruinas y de soldados. Para las tropas del Imperio británico —británicos, pero también canadienses, australianos, neozelandeses, indios, sudafricanos— 'Wipers', como pronunciaban el nombre, se convirtió en sinónimo de barro, bombardeos y muerte. El Saliente de Ypres iba a ser escenario de algunas de las páginas más atroces del siglo XX.
El Saliente de Ypres quedó grabado en la memoria por dos motivos terribles. El primero fue el estreno del arma química a gran escala. El 22 de abril de 1915, en la Segunda Batalla de Ypres, el ejército alemán liberó nubes de gas cloro contra las líneas aliadas cerca de Langemark, en uno de los primeros usos masivos de gases venenosos de la historia bélica. Más tarde se emplearía en la zona el gas mostaza, que por eso pasó a conocerse como 'iperita', en referencia a Ypres. El gas causó una muerte espantosa y sembró el pánico, e inauguró una forma de guerra que horrorizó al mundo.
El segundo fue Passchendaele. Entre julio y noviembre de 1917, la Tercera Batalla de Ypres —conocida por el nombre de la aldea de Passchendaele (Passendale)— buscó romper las líneas alemanas hacia la costa. Se libró en un otoño de lluvias incesantes que, sumadas a la destrucción del sistema de drenaje por los bombardeos, convirtieron el campo en un lodazal en el que hombres, caballos y cañones se hundían y se ahogaban. A cambio de un avance de apenas unos kilómetros, murieron, resultaron heridos o desaparecieron cientos de miles de soldados de ambos bandos. Passchendaele se volvió, para generaciones enteras, el símbolo mismo de la futilidad y el horror de la guerra de trincheras.
Durante los cuatro años de combates, la propia ciudad de Ypres fue sistemáticamente machacada por la artillería hasta quedar reducida a escombros: la gran Lonja de los Paños, la catedral y prácticamente todas las casas fueron destruidas. Cuando la guerra terminó en noviembre de 1918, donde había estado una ciudad no quedaba casi nada en pie. Ypres era un desierto de ruinas. Se llegó a proponer dejarla así, como memorial permanente de la destrucción.
Frente a la idea de conservar las ruinas como monumento —defendida sobre todo por algunos británicos—, los habitantes de Ypres que regresaron tras la guerra decidieron reconstruir su ciudad. Y lo hicieron de una manera extraordinaria: en lugar de levantar una ciudad moderna, optaron por reconstruir el casco histórico piedra a piedra, con la mayor fidelidad posible a como era antes de 1914. Durante las décadas de 1920, 1930 y siguientes, la Lonja de los Paños, la catedral de San Martín y las fachadas de la Grote Markt renacieron a partir de planos y fotografías antiguas, en uno de los mayores esfuerzos de reconstrucción del patrimonio del siglo XX. Por eso, la Ypres 'medieval' que hoy admira el visitante es, en realidad, en su mayor parte una resurrección del siglo XX.
La otra gran tarea fue honrar a los muertos. El número de caídos era tan colosal, y muchos cuerpos habían quedado tan destrozados o sepultados en el barro, que decenas de miles de soldados no tenían tumba conocida. Para recordarlos, la Commonwealth War Graves Commission construyó memoriales imponentes. El más célebre es la Puerta de Menin (Menin Gate), inaugurada en 1927 en la salida por la que tantos soldados marcharon hacia el frente: en sus muros están grabados casi 55.000 nombres de desaparecidos sin sepultura, y ni siquiera cupieron todos. Los demás se inscribieron en el muro de Tyne Cot, el mayor cementerio de la Commonwealth del mundo, cerca de Passchendaele.
Y nació una tradición que perdura. Desde 1928, cada noche a las 20:00, bajo la Puerta de Menin, clarines de los bomberos de Ypres tocan el Last Post, el toque de silencio militar, en homenaje a los caídos. Solo se interrumpió durante la ocupación alemana de la Segunda Guerra Mundial —y se reanudó la misma noche de la liberación en 1944, mientras todavía se combatía en las afueras—. Ese acto sencillo, repetido miles de veces, es el gesto con el que una pequeña ciudad flamenca sostiene, generación tras generación, la memoria de una tragedia europea.
La Ypres actual, con cerca de 35.000 habitantes, ha convertido su tragedia en un mensaje. La ciudad se define hoy como una 'ciudad de la paz': no exalta la guerra ni el heroísmo militar, sino que recuerda el sufrimiento de las víctimas de todos los bandos y trabaja por la reconciliación. El museo In Flanders Fields, instalado en la reconstruida Lonja de los Paños, cuenta el conflicto desde la experiencia humana —soldados, enfermeras, civiles de una y otra trinchera— y con una clara vocación pacifista.
Cada año, cientos de miles de visitantes llegan a Ypres desde todo el mundo, y de manera especial desde el Reino Unido, Canadá, Australia y Nueva Zelanda, para honrar a sus antepasados caídos en el Saliente. Muchos vienen a buscar el nombre de un bisabuelo en la Puerta de Menin o una tumba en alguno de los cementerios impecablemente cuidados que salpican la campiña. El centenario de la guerra, entre 2014 y 2018, atrajo a jefes de Estado y a multitudes a las ceremonias de la ciudad.
Los campos que rodean Ypres, donde en primavera vuelven a florecer las amapolas rojas del poema de McCrae, siguen entregando, casi un siglo después, la 'cosecha de hierro': obuses, balas y restos que los agricultores desentierran cada temporada, y a veces también los cuerpos de soldados por fin identificados y enterrados con honores. Ypres es, así, un lugar donde el pasado no termina de pasar del todo, y donde una comunidad ha hecho de la memoria de la muerte una tarea cotidiana y un alegato por la paz. Pocas ciudades pequeñas de Europa cargan con una historia tan pesada, ni la sostienen con tanta dignidad.