La historia de Villa General Belgrano empieza con una idea: trasplantar a las sierras de Córdoba una colonia agrícola al estilo alemán. En 1929, Paul Friedrich Heintze llegó a la región con ese sueño y, asociado con Jorge Kappuhn —que aportó el capital—, compró unas dos mil hectáreas en un paraje del Valle de Calamuchita llamado 'El Sauce'. Lotearon las tierras y las ofrecieron casi exclusivamente a familias de origen alemán, con avisos en los diarios de la comunidad germana de Buenos Aires que decían algo así como: 'Alemanes, si tienen nostalgias, pueden venir a El Sauce'.
El reclamo funcionó. En 1931 llegaron las primeras quince familias, atraídas por el clima benigno y por un paisaje de sierras y arroyos que les recordaba su tierra. Aquellos pioneros se sumaron a un puñado de familias criollas que ya vivían en la zona dedicadas a tareas agropecuarias. Se estableció el 11 de octubre de 1932 como fecha de fundación del pueblo, y de a poco fue tomando forma una comunidad con sello propio: casas de estilo centroeuropeo, huertas, oficios y costumbres traídos del otro lado del Atlántico.
El nombre, en cambio, tardó en asentarse. El poblado se llamó primero El Sauce y, en 1938, por razones postales —para no confundirlo con otras localidades homónimas—, pasó a llamarse Villa Calamuchita. Ya desde mediados de los años 30, estudiantes y maestros de las escuelas alemanas de Buenos Aires empezaron a veranear allí, sembrando, sin saberlo, la semilla del que sería uno de los grandes destinos turísticos de la Argentina.
Para entender un capítulo clave de la Villa hay que mirar primero al Río de la Plata. El 13 de diciembre de 1939, en las primeras semanas de la Segunda Guerra Mundial, el acorazado de bolsillo alemán Admiral Graf Spee —al mando del capitán Hans Langsdorff— se enfrentó a tres buques británicos en la Batalla del Río de la Plata. Dañado, buscó refugio en el puerto de Montevideo. Acorralado por la diplomacia y la amenaza de una flota mayor, Langsdorff ordenó hundir su propia nave el 17 de diciembre, frente a miles de espectadores, y pocos días después se quitó la vida. Más de mil tripulantes quedaron internados, primero en Uruguay y luego en la Argentina.
El gobierno argentino distribuyó a esos marinos por distintos puntos del país. A partir de 1940, alrededor de 125 tripulantes del Graf Spee fueron radicados en la zona de Villa General Belgrano, donde ya existía una sólida colonia alemana que los recibió como propios. La mayoría pertenecía al staff técnico del barco y dominaba una amplia gama de oficios —carpinteros, mecánicos, electricistas, constructores—, lo que le dio un empuje notable al pequeño pueblo serrano. Fueron internados bajo control judicial federal y, según las crónicas, alojados en parajes vecinos como Capilla Vieja.
Muchos de esos hombres no volvieron a Alemania: se quedaron, formaron familias, levantaron casas y negocios, y dejaron su huella en la fisonomía y la cultura de la Villa. Terminada la guerra, la comunidad germano-argentina del pueblo se consolidó, y la historia del Graf Spee pasó a ser parte del relato identitario del lugar, hoy presente en el museo local y en la memoria de varias familias que descienden de aquellos marinos.
El nombre actual del pueblo nació de una herida y de un gesto de reconciliación. En 1941, en pleno clima de tensiones por la guerra que sacudía a Europa, se produjo en Villa Calamuchita un confuso incidente: la quema de una bandera argentina. Se culpó a tres marineros alemanes, pero el episodio nunca pudo esclarecerse del todo. El hecho enrareció el ambiente entre criollos y alemanes y dejó al pueblo en el centro de las sospechas.
Para cicatrizar esas heridas y dar una señal de pertenencia argentina, la Legislatura de la Provincia de Córdoba decidió, a comienzos de los años 40, rebautizar el pueblo como Villa General Belgrano, en homenaje a Manuel Belgrano, creador de la bandera nacional. El cambio de nombre fue mucho más que un trámite: simbolizó la voluntad de una comunidad de raíces europeas de integrarse plenamente a su nueva patria, sin renunciar a su herencia cultural.
Con el tiempo, a las familias alemanas se sumaron suizas, austríacas e italianas, hasta conformar la mayor colonia de origen alemán de la Argentina —se cuentan más de un centenar de familias germanas entre los primeros pobladores, junto a decenas de familias suizas, italianas y austríacas—. Esa mezcla centroeuropea fue moldeando la arquitectura alpina, la gastronomía y las costumbres que hoy distinguen a la Villa. El turismo, que había empezado tímidamente en los años 30 con los veraneantes de las escuelas alemanas, fue creciendo de la mano del asfalto, los servicios y, sobre todo, de las fiestas, hasta convertir al pueblo en uno de los destinos más visitados del país.
Si hay algo que terminó de poner a Villa General Belgrano en el mapa, fue la cerveza. A fines de los años 50 y comienzos de los 60, la comunidad germana del pueblo empezó a recrear el espíritu del Oktoberfest de Múnich, compartiendo con los visitantes sus tradiciones, su música y su gastronomía. En 1963 se celebró por primera vez la Fiesta de la Cerveza; la villa quería hacer suya, en plenas sierras de Córdoba, aquella vieja celebración alemana de la cosecha de la cebada.
El reconocimiento llegó por etapas: declarada de interés provincial en 1967 y de carácter nacional en 1970, en 1980 Villa General Belgrano fue designada sede permanente de la Fiesta Nacional de la Cerveza. Celebrada tradicionalmente en la plaza José Hernández, desde 2016 tiene su predio propio —el Parque Cervecero, en el Bosque de los Pioneros—, y aunque su mes clásico es octubre, las últimas ediciones se han ido corriendo en el calendario (la 63°, en 2025, se hizo en noviembre). El ritual, en cambio, no cambia: desfiles de delegaciones por la avenida principal, orquestas, grupos de danza, gastronomía centroeuropea y el espiche, la ceremonia de apertura del barril que es el momento más esperado de la jornada. La fiesta convoca a más de cien mil visitantes y está entre las más grandes del mundo en su tipo.
Pero el Oktoberfest es apenas la cara más conocida de una identidad que se vive todo el año. En Semana Santa, la Fiesta Nacional de la Masa Vienesa celebra la repostería —strudel, streusel, torta selva negra, masas y chocolates—; en las vacaciones de invierno, la Fiesta Nacional del Chocolate Alpino llena las calles de fondues y chocolate artesanal; y en verano, la Sommerfest anima las noches. Entre tanto, más de una decena de cervecerías artesanales, las chocolaterías, las casas de té y los restaurantes de cocina alemana mantienen viva, plato a plato y jarra a jarra, la herencia de aquellos pioneros que, hace casi un siglo, vinieron a buscar a estas sierras un pedacito de Europa central.