Hay algo casi poético en que un pueblo fundado por agricultores europeos terminara siendo famoso, un siglo más tarde, por un tesoro que nadie sabía que tenía bajo los pies: agua caliente a más de mil metros de profundidad. Pero antes de las termas, antes de los colonos y antes incluso del nombre 'Entre Ríos', esta franja de tierra entre el Paraná y el Uruguay ya tenía dueños, y su historia empieza mucho antes de 1890.
Villa Elisa se encuentra en el sudeste de la provincia de Entre Ríos, en el departamento Colón, en la región conocida como el corazón de la 'tierra de palmares', entre los ríos Paraná y Uruguay. Antes de la colonización europea, la Mesopotamia entrerriana estuvo habitada por pueblos originarios del litoral: charrúas, minuanes y guaraníes ocuparon, en distintos momentos y áreas, estas tierras de monte, palmeras y ríos, en un territorio de fronteras difusas donde convivían tradiciones cazadoras-recolectoras y agrícolas.
Los charrúas y minuanes, cazadores-recolectores y guerreros temidos por los propios conquistadores españoles, dominaban buena parte del territorio que hoy es Entre Ríos y la Banda Oriental (actual Uruguay), mientras que los guaraníes, agricultores de mandioca y maíz, dejaron su huella sobre todo en el norte mesopotámico. Estos pueblos aprovechaban la riqueza del entorno: la pesca en los ríos, la caza en el monte y los frutos del palmar de yatay, característico de la región y fuente de alimento, fibra y hasta bebida fermentada.
La zona donde hoy está Villa Elisa formaba parte de ese paisaje de palmares y pastizales que se extendía sobre la costa del río Uruguay, un ecosistema hoy mucho más raro de lo que era entonces. Ese mismo palmar de yatay, hoy protegido en el cercano Parque Nacional El Palmar, es uno de los grandes símbolos naturales de la región y un testimonio del paisaje original que conocieron sus primeros habitantes, mucho antes de que llegaran los arados y los ferrocarriles europeos.
Villa Elisa nació en el contexto de las grandes corrientes de colonización agrícola que transformaron Entre Ríos en la segunda mitad del siglo XIX. La provincia, bajo el impulso de figuras como Justo José de Urquiza, fue pionera en la colonización organizada: la vecina Colonia San José, fundada en 1857 con familias del cantón suizo del Valais, de Saboya y del Piamonte, fue una de las primeras colonias agrícolas exitosas del país. Tres décadas después, los hijos y nietos de aquellos pioneros necesitaban tierra nueva, y esa demanda fue la semilla de Villa Elisa.
En 1890, el estanciero Héctor de Elía loteó unas 7.000 hectáreas de sus campos para recibir a alrededor de 350 familias de colonos, en su gran mayoría descendientes de los saboyanos, piamonteses y valesanos de San José y las colonias cercanas. El nombre de la nueva colonia derivó del propio apellido del fundador —de Elía, Elisa—, un guiño que quedó fijado para siempre en los carteles del pueblo. La colonia se organizó en torno a la agricultura —trigo y lino primero, granja y tambo después— y, desde principios del siglo XX, al ferrocarril, que articuló el transporte de la producción hacia los puertos del río Uruguay, como el de Colón.
El trazado de chacras, el origen común de la mayoría de los colonos —con su francés patois, sus apellidos alpinos y sus técnicas de granja— y la fuerte impronta del trabajo de la tierra marcaron el carácter de Villa Elisa: un pueblo de raíz agrícola, ordenado y tranquilo, rodeado de campo, en el que la actividad rural fue durante décadas el eje de la vida económica y social. La estancia del fundador, 'El Porvenir', con su casona de alrededor de 1885, sobrevive hasta hoy convertida en museo histórico regional: la memoria material de aquel comienzo.
Durante buena parte del siglo XX, Villa Elisa fue una típica localidad agrícola del litoral entrerriano. Su economía giró en torno a la producción de cereales y, con el tiempo, al cultivo de cítricos —Entre Ríos es una gran provincia citrícola— y a la actividad avícola, además de la ganadería y la forestación de los alrededores.
La identidad cultural del pueblo se nutrió de la herencia de los inmigrantes y de la tradición criolla del litoral. La vida transcurría al ritmo del campo, con sus fiestas, sus colonias y sus instituciones de las distintas colectividades. El ferrocarril, mientras funcionó, fue clave para conectar la producción con los mercados y los puertos.
Villa Elisa creció como un pueblo de escala humana, ordenado y prolijo, sin las dimensiones de las grandes ciudades de la región. Esa tranquilidad y ese entorno rural, que durante décadas fueron simplemente su forma de vida, se convertirían más tarde en un activo turístico cuando el destino se reinventara en torno a un recurso inesperado bajo su suelo: el agua termal.
El gran giro en la historia de Villa Elisa llegó con el fenómeno que transformó a toda la provincia: el descubrimiento y la explotación del agua termal. El pionero fue Federación, que en 1994 inauguró el primer complejo termal entrerriano a partir de una perforación profunda, y su éxito inmediato desató una carrera termal en todo el corredor del río Uruguay. Villa Elisa, que buscaba diversificar su economía agrícola, decidió apostar a lo mismo: perforar y ver qué había abajo.
La respuesta llegó el 9 de marzo de 1997, cuando de un pozo de 1.036 metros de profundidad brotó agua a 41 grados, fuertemente mineralizada —clorurada, sulfatada-sódica—, de las que el termalismo médico considera especialmente aptas para dolencias articulares, musculares y cuadros de estrés. Ese chorro de agua caliente cambió el destino del pueblo: ese mismo año se abrió el complejo termal, uno de los primeros del circuito entrerriano, y lo que era una localidad agrícola pasó en pocos años a ser un destino turístico de escala nacional.
El complejo creció hasta ocupar 41 hectáreas de parque arbolado, con diez piscinas cubiertas, semicubiertas y al aire libre, spa termal y hasta un lago artificial de 4 hectáreas con playa propia. Su éxito impulsó la construcción de hoteles, cabañas, campings y servicios gastronómicos dentro y fuera del predio, generando una nueva economía turística que convive —sin reemplazarla— con la tradición agrícola y avícola del lugar. En el mapa del termalismo argentino, Villa Elisa se ganó un lugar entre los complejos más completos del litoral.
Hoy Villa Elisa es uno de los destinos termales más visitados de Entre Ríos, manteniendo a la vez su identidad de pueblo de campo. El complejo termal es el corazón de la oferta turística, pero la localidad y sus alrededores ofrecen mucho más: el Museo Histórico Regional 'El Porvenir' en la estancia del fundador, el Tren Histórico del Ferroclub Central Entrerriano que parte de la vieja Estación Elisa, el Monumento al Sembrador —una escultura de 12,5 metros levantada en 1993 en homenaje a los colonos—, el turismo rural en chacras y granjas, y la cercanía del Parque Nacional El Palmar, con sus palmares de yatay.
La ciudad cuida su perfil tranquilo y familiar, ideal para el descanso, y combina las termas con la gastronomía regional, las tradiciones de las colectividades inmigrantes y el contacto con la naturaleza del litoral. Su ubicación, a media hora de Colón, San José y Pueblo Liebig y a poco más de una hora de Concepción del Uruguay, la convierte en una base cómoda para recorrer toda la costa entrerriana del río Uruguay.
La historia de Villa Elisa resume bien la del litoral entrerriano contemporáneo: un pueblo nacido de la colonización agrícola y la inmigración que, sin renunciar a su raíz rural, encontró en el agua termal —a 1.036 metros bajo sus chacras— una nueva vocación turística que lo proyectó al país entero.