Mucho antes de que existiera ciudad alguna, la llanura regada por los ríos Dulce y Salado estaba habitada por pueblos originarios de larga tradición agrícola. Las crónicas españolas mencionan a los juríes y a los tonocotés como principales habitantes de la región, junto a otros grupos como lules y vilelas en zonas vecinas. Vivían del cultivo del maíz, el zapallo y los porotos, de la caza, la pesca en los ríos y la recolección de algarroba, en aldeas dispersas por la llanura.
Esta región forma parte del área cultural conocida como Chaco-Santiagueño, donde se desarrollaron culturas arqueológicas con cerámica propia, como la llamada cultura de Las Mercedes y la Sunchituyoj, estudiadas a comienzos del siglo XX por los hermanos Emilio y Duncan Wagner, cuyas colecciones todavía pueden verse en el museo que lleva su nombre. La presencia de estos pueblos dejó una huella que perdura: el quichua santiagueño, variante del quechua que aún hoy se habla en zonas rurales de la provincia, es testimonio vivo del mundo indígena y de la influencia incaica y mestiza en la región.
La llegada de los españoles a mediados del siglo XVI alteró para siempre ese mundo. La región quedó incorporada a la conquista del Tucumán, y los pueblos originarios fueron sometidos al sistema de encomiendas, sufriendo el despojo, las enfermedades y la mezcla cultural que daría origen al criollo santiagueño. La raíz indígena, sin embargo, sobrevivió en la lengua, la música y las costumbres del campo.
La conquista española del actual territorio argentino avanzó desde el norte, desde el Perú, a través de la gobernación del Tucumán. En ese marco, tras varios intentos y traslados de asentamientos previos —como el de Barco, fundado años antes—, el conquistador Francisco de Aguirre trasladó y refundó el poblado a orillas del río Dulce el 25 de julio de 1553, con el nombre de Santiago del Estero. La ubicación, junto al río y en plena llanura, resultó estable, y la ciudad echó raíces definitivas.
Santiago del Estero se convirtió así en la primera ciudad de la actual Argentina mantenida sin interrupción en su emplazamiento original, lo que le valió el título histórico de 'Madre de Ciudades'. Y el título es literal: durante las décadas siguientes, desde Santiago partieron las expediciones que fundaron buena parte de las ciudades del norte y el centro del país. De aquí salieron quienes fundaron San Miguel de Tucumán, Córdoba, Salta, La Rioja, Catamarca, San Salvador de Jujuy y otras, lo que convirtió a la ciudad en cabecera y punto de irradiación de la colonización del interior.
Durante la época colonial, Santiago fue además sede del primer obispado del Tucumán, lo que reforzó su rol religioso y administrativo. Sin embargo, con el correr del tiempo, ciudades como Córdoba y Tucumán, mejor ubicadas en las rutas comerciales y con economías más dinámicas, fueron ganando protagonismo, y Santiago quedó algo relegada, aunque conservó siempre su prestigio de ciudad fundadora.
Durante buena parte de los siglos XVI y XVII, Santiago del Estero fue la principal ciudad de la gobernación del Tucumán y su centro político y religioso. Aquí residieron gobernadores, aquí se estableció en 1570 el primer obispado del Tucumán y aquí funcionó la administración que ordenaba la vida de un vasto territorio. La ciudad vivía de la agricultura de regadío junto al río Dulce, la ganadería, el comercio en la ruta hacia el Alto Perú y el trabajo de los indígenas encomendados.
La economía colonial santiagueña giró en torno a la producción textil artesanal —los famosos tejidos y telas que se comerciaban hacia otras regiones—, los obrajes y la explotación de los bosques de algarrobo y quebracho. La vida religiosa fue intensa, con conventos, iglesias y la acción evangelizadora de las órdenes que recorrían el territorio. La sede del obispado, sin embargo, terminó trasladándose con el tiempo, primero a Córdoba y luego a otras ciudades, en señal del desplazamiento del peso regional.
Santiago del Estero sufrió a lo largo de su historia los embates de la naturaleza: los cambios de curso del río Dulce, las inundaciones y las sequías, que obligaron incluso a reconstruir varias veces su iglesia mayor. Pese a todo, la ciudad resistió, manteniendo su carácter de fundadora y su identidad profunda, aunque cediendo el liderazgo económico a las ciudades vecinas mejor situadas en las nuevas rutas del comercio colonial.
Tras la Revolución de Mayo de 1810 y la independencia, Santiago del Estero —como todo el norte— se vio envuelta en las guerras de independencia y, sobre todo, en las prolongadas guerras civiles que enfrentaron a unitarios y federales a lo largo del siglo XIX. La provincia, mayormente rural y de economía modesta, fue escenario de la política de los caudillos, esos jefes que dominaban el interior en tiempos de débil organización nacional.
La figura central de esa época fue Juan Felipe Ibarra, caudillo federal que gobernó la provincia durante décadas, desde la década de 1820 hasta mediados de siglo, con mano firme y enorme poder personal. Ibarra consolidó la autonomía provincial de Santiago del Estero (proclamada en 1820) y la defendió frente a las pretensiones de Tucumán y de los gobiernos centrales, aunque su largo dominio también es recordado por su autoritarismo. Su gobierno marcó la transición de Santiago de antigua cabecera colonial a provincia autónoma dentro de la confederación.
Durante todo el siglo XIX, Santiago del Estero fue una provincia pobre, golpeada por el aislamiento, las sequías y la decadencia de su antigua economía textil frente a la competencia de las telas importadas. La llegada del ferrocarril, a fines del siglo, comenzaría a cambiar su realidad: conectó la provincia con el resto del país, impulsó la explotación del quebracho para extraer tanino y dio origen al crecimiento de La Banda, la ciudad hermana surgida en torno a la estación ferroviaria.
El siglo XX trajo a Santiago del Estero profundas transformaciones. El ferrocarril, que ya había llegado a fines del siglo XIX, integró definitivamente la provincia al país y desató el llamado ciclo del quebracho: la explotación intensiva de los bosques de quebracho colorado para extraer tanino (usado en el curtido de cueros) y producir durmientes y leña. Esa actividad atrajo población, generó pueblos forestales y obrajes, pero también provocó una deforestación enorme que dejó marcas duraderas en el paisaje santiagueño.
La capital se modernizó lentamente: se urbanizó el centro, se levantaron edificios públicos, se construyó la actual Catedral Basílica y se desarrollaron los servicios. La Banda, del otro lado del río Dulce, creció como nudo ferroviario y ciudad obrera, y juntas fueron formando la conurbación que hoy es el principal núcleo urbano de la provincia. La obra de regulación del río Dulce, con la construcción de diques y embalses como el de Río Hondo y Los Quiroga, permitió controlar las inundaciones, generar energía y desarrollar el riego y el turismo.
En paralelo, Santiago del Estero consolidó su lugar en la cultura argentina como cuna del folklore. La chacarera, nacida en sus campos, se convirtió en uno de los ritmos más queridos del país, y la provincia dio grandes músicos, poetas y artistas. La identidad santiagueña —su lengua quichua, su música, su cocina de empanadas y locro, su religiosidad popular— se afirmó como un patrimonio que la distingue dentro del norte argentino.
Si algo distingue a Santiago del Estero dentro de la Argentina es su riqueza cultural, profundamente arraigada y reconocible. La provincia es considerada la cuna de la chacarera, ese ritmo alegre y enérgico que se toca con guitarra, bombo legüero y violín, y que se baila zapateando, escobillando y dando vueltas. La chacarera se difundió desde Santiago hacia todo el país y se convirtió en uno de los géneros centrales del folklore argentino, presente en festivales, peñas y guitarreadas de todas las provincias.
Santiago dio al folklore nacional figuras enormes que llevaron su música por el país y el mundo, y mantiene viva una tradición de poetas, copleros y músicos que se transmite de generación en generación. Las peñas santiagueñas, donde se combinan la chacarera, el locro, las empanadas y la guitarreada hasta la madrugada, son una institución cultural y un imán para los visitantes.
A esa identidad musical se suma un rasgo único: Santiago del Estero es la única provincia argentina donde sobrevive, fuera del área andina, una lengua originaria de raíz quechua, el quichua santiagueño, hablado todavía en zonas rurales y reivindicado como patrimonio. Junto con la religiosidad popular (con devociones muy fuertes), la cocina criolla y las tradiciones del campo, todo ello compone una identidad santiagueña densa y orgullosa, que convierte a la 'Madre de Ciudades' no solo en la más antigua del país, sino en uno de sus corazones culturales más auténticos.