Santa Fe es una ciudad que se mudó entera. Durante casi un siglo vivió a 80 kilómetros de donde está hoy, hasta que las inundaciones, las epidemias y el acoso de la frontera obligaron a sus vecinos a cargar con sus santos, sus papeles y hasta los huesos de sus muertos para reinstalarse río abajo. La historia arranca en pleno siglo XVI, cuando la corona española necesitaba asegurar la ruta fluvial que unía el Río de la Plata con Asunción del Paraguay: para 'abrir puertas a la tierra' y crear una escala estratégica en ese largo camino de agua, el capitán Juan de Garay partió desde Asunción con un grupo de pobladores —en su mayoría criollos nacidos en América— y fundó la ciudad de Santa Fe el 15 de noviembre de 1573.
Pero esa primera Santa Fe no se levantó donde hoy está la ciudad, sino unos 80 kilómetros al norte, junto a la actual localidad de Cayastá, sobre la margen del río San Javier. Aquel asentamiento original —que la historia conoce como 'Santa Fe la Vieja'— se trazó con la cuadrícula española clásica: una plaza central, el cabildo, las iglesias, los conventos y los solares repartidos entre los vecinos. Durante décadas funcionó como un nudo del comercio y la comunicación fluvial del Litoral, y allí transcurrió la vida de la ciudad por casi un siglo.
Con el tiempo, sin embargo, el sitio mostró sus límites: las inundaciones del río, los conflictos con los pueblos originarios de la zona y las dificultades de comunicación volvieron cada vez más incómoda la permanencia en Cayastá. La ciudad empezó entonces un proceso lento y trabajoso de mudanza hacia un emplazamiento mejor ubicado, más al sur. El viejo sitio quedó abandonado y, con los siglos, cubierto por la tierra y el monte, hasta que la arqueología lo rescató del olvido: desde 1949 se excavó y estudió, y hoy es el Parque Arqueológico Santa Fe la Vieja, declarado Monumento Histórico Nacional.
El paso de Santa Fe la Vieja a la ciudad actual no fue una mudanza de un día para otro, sino un proceso que se extendió por años. Las crecidas del río, que inundaban una y otra vez el casco original, sumadas a la inseguridad y a la decadencia comercial del sitio, fueron empujando a los vecinos a buscar un emplazamiento más firme y mejor comunicado.
El traslado se concretó hacia mediados del siglo XVII, en torno a los años 1660-1670, cuando la ciudad se reinstaló definitivamente en su ubicación actual, a orillas de la laguna Setúbal y cerca de la confluencia del Salado con el Paraná. Lejos de improvisar, los santafesinos replicaron en el nuevo sitio la traza urbana que ya conocían: la plaza central, el cabildo, las iglesias y los conventos volvieron a ordenar la vida del poblado según el esquema español de damero.
Ese nuevo emplazamiento resultó mucho más conveniente, y sobre él creció la Santa Fe que conocemos hoy. Buena parte de las construcciones coloniales más antiguas que aún se conservan —como el Convento de San Francisco o el núcleo jesuítico— pertenecen ya a esta etapa, la de la ciudad reinstalada, que con el correr de los siglos se convertiría en una de las capitales históricas más importantes de la Argentina.
Pocas ciudades argentinas conservan un casco colonial tan cargado de historia como Santa Fe. La joya mayor es el Convento e Iglesia de San Francisco, cuya construcción culminó hacia 1680 —fecha que figura estampada en su frontispicio— y que es, por eso, una de las edificaciones más antiguas de la ciudad y del Litoral. Fue declarado Monumento Histórico Nacional en 1949.
San Francisco asombra por su técnica constructiva colonial. Sus muros son de tapia, de más de un metro de espesor, y su gran atractivo es el artesonado del techo: una estructura de maderas duras —cedro, lapacho, algarrobo, quebracho— traídas desde el Paraguay por vía fluvial y armada sin un solo clavo de hierro, con todas las piezas trabadas entre sí mediante cuñas y encastres de madera. Una proeza de carpintería que sobrevivió más de tres siglos.
La otra gran huella de la época es la Manzana Jesuítica. La Compañía de Jesús desarrolló en Santa Fe una intensa labor educativa y religiosa, de la que sobreviven el Colegio de la Inmaculada Concepción —una de las instituciones educativas más antiguas del país, todavía en funcionamiento— y la iglesia y santuario de Nuestra Señora de los Milagros. Esa manzana fue durante siglos un foco de enseñanza, ciencia y fe, y hoy integra el llamado Camino de los Jesuitas que recorre las antiguas misiones del Litoral. Juntas, estas construcciones cuentan el costado más íntimo y antiguo de la ciudad: el de la Santa Fe colonial.
Si hay un hecho que dio a Santa Fe un lugar central en la historia argentina, fue la sanción de la Constitución Nacional. Tras décadas de guerras civiles entre unitarios y federales y la caída de Juan Manuel de Rosas en la batalla de Caseros (1852), las provincias acordaron reunir un Congreso General Constituyente para organizar finalmente al país. La ciudad elegida para esa tarea fundacional fue Santa Fe.
La Convención Constituyente sesionó en el Cabildo de la ciudad. Allí, los representantes de las provincias —con la notable ausencia inicial de Buenos Aires— debatieron y redactaron el texto que organizaría políticamente a la Nación. La principal base doctrinaria del proyecto fueron las ideas que Juan Bautista Alberdi había plasmado en sus célebres 'Bases y puntos de partida para la organización política de la República Argentina'. La Constitución Nacional fue aprobada el 1 de mayo de 1853 y jurada solemnemente el 9 de julio de ese mismo año.
De aquel Cabildo histórico no queda hoy el edificio: fue demolido tiempo después y en su solar, sobre la Plaza 25 de Mayo, se levanta la actual Casa de Gobierno provincial. Pero la memoria de la gesta sigue muy viva. En 2018 se inauguró en la ciudad el Museo de la Constitución Nacional, con ocho salas que reconstruyen aquel proceso fundacional. Por todo esto, Santa Fe lleva con orgullo el título de 'cuna de la Constitución': fue acá donde la Argentina se dio, por fin, su ley fundamental.
La Santa Fe moderna sumó a su perfil histórico una identidad mucho más festiva: la de capital nacional de la cerveza. En noviembre de 1912 se fundó la Cervecería Santa Fe, aprovechando una combinación afortunada de factores: el acceso al puerto y al ferrocarril, la mano de obra de los inmigrantes centroeuropeos que sabían del oficio y la buena agua del Paraná. Con el correr de las décadas, esa fábrica se volvió un emblema de la ciudad y dio forma a una verdadera cultura cervecera.
Esa cultura tiene rituales propios. El más santafesino de todos es el 'liso': tomar la cerveza en un vaso fino y liso de unos 250 centímetros cúbicos, una costumbre que se remonta a la década de 1930 y que es hoy patrimonio cultural de la ciudad. Y tiene también su curiosidad mayor, el 'cervezoducto': un caño de unos 850 metros, inaugurado en 2011 y considerado único en su tipo en Latinoamérica, que transporta cerveza fresca por el aire desde los tanques de la planta hasta las choperas del bar contiguo, el Patio de la Cervecería. Una rareza que se convirtió en símbolo del orgullo cervecero local.
El otro gran hito de la Santa Fe contemporánea es una obra de ingeniería: el Túnel Subfluvial, inaugurado el 13 de diciembre de 1969. Concebido para conectar Santa Fe con la ciudad de Paraná, en la provincia de Entre Ríos, este túnel pasa por debajo del río Paraná a lo largo de casi tres kilómetros de tubos prefabricados que fueron hundidos en el lecho del río y unidos bajo el agua: una técnica pionera para su época. En 2001 fue rebautizado 'Raúl Uranga–Carlos Sylvestre Begnis', en homenaje a los gobernadores de Entre Ríos y Santa Fe que firmaron en 1960 el tratado que hizo posible la obra. Hoy une cada día a las dos capitales hermanas separadas por el río, y es uno de los grandes símbolos del progreso de la región.