La historia de San Salvador de Jujuy es, en buena medida, una historia de insistencia. La Corona española necesitaba una ciudad en el valle de Jujuy para asegurar el largo camino que unía el Tucumán con las minas de plata del Alto Perú (el Potosí), pero el lugar estaba en plena frontera con pueblos originarios —omaguacas y otros— que defendían su territorio con ferocidad. Por eso hubo que fundarla tres veces.
El primer intento fue el 20 de agosto de 1561, cuando Juan Pérez de Zurita estableció la Ciudad de Nieva en la meseta de Padilla. Tuvo vida efímera: fue destruida por las comunidades originarias de la región. El segundo intento llegó el 13 de octubre de 1575, cuando Pedro de Zárate fundó, en la Punta Diamante, la ciudad de San Francisco de la Nueva Provincia de Álava. Tampoco prosperó: pocos meses después corrió la misma suerte que la anterior y fue incendiada.
La fundación definitiva ocurrió el 19 de abril de 1593, cuando don Francisco de Argañaráz y Murguía, al frente de unos cuarenta soldados, fundó la ciudad de San Salvador de Velazco en el valle de Jujuy, en el sitio donde hoy está la Plaza Belgrano. El nombre honraba al Santísimo Salvador y al gobernador del Tucumán, Juan Ramírez de Velasco, que había encomendado la fundación. Esta vez la ciudad logró consolidarse y perdurar, y por eso se la conoce como la "Tacita de Plata". Cada 19 de abril, Jujuy celebra su aniversario.
Pocos topónimos argentinos tienen un origen tan discutido como el de Jujuy. Los españoles escribieron el nombre del valle de distintas maneras —"Xuxuy", "Suxuy"— a partir de cómo lo pronunciaban sus habitantes originarios, y de esa transcripción imperfecta deriva la grafía actual. Pero no hay acuerdo entre los especialistas sobre qué significaba originalmente ni de qué lengua proviene. Conviven varias teorías, todas verosímiles y ninguna definitiva.
Lo que sí es seguro es que el nombre es anterior a la ciudad española: "Jujuy" era el nombre del valle mucho antes de 1593, y la ciudad lo tomó del territorio que la cobijaba. Es un recordatorio de que, bajo el casco colonial, late un nombre indígena que la región nunca perdió.
Una vez consolidada, San Salvador de Jujuy se volvió una pieza clave del Camino Real que unía Buenos Aires y el Río de la Plata con el corazón minero del Alto Perú. Por sus calles pasaban las caravanas de mulas y carretas cargadas de mercaderías que subían hacia Potosí y bajaban con plata: ese tránsito le dio razón de ser y una economía ligada al arrieraje, el comercio y la producción del valle.
Pero Jujuy fue, sobre todo, una ciudad de frontera. Al este se extendía el Chaco indómito, con pueblos que resistían la conquista; al oeste y al norte, la Puna y la Quebrada, con comunidades andinas. La ciudad vivió durante generaciones bajo la tensión de esa doble frontera, con malones, expediciones y un permanente estado de defensa. Esa condición fronteriza templó el carácter de su gente y marcó su historia.
De aquella etapa colonial quedan en pie sus templos y casonas alrededor de la Plaza Belgrano: la Catedral —cuya construcción se inició en el siglo XVII y se prolongó hasta mediados del XVIII—, la iglesia de San Francisco y el Cabildo (varias veces reconstruido, en parte por el terremoto de 1863). El gran tesoro artístico de ese período es el púlpito barroco de la Catedral, tallado en madera de ñandubay y cedro y laminado en oro a mediados del siglo XVII, obra de la escuela potosina con influencia cusqueña, considerada una de las piezas del arte colonial americano mejor logradas del país.
Si hay un episodio que define la identidad jujeña, es el Éxodo Jujeño de 1812. En plena guerra de la independencia, el general Manuel Belgrano había sido nombrado jefe del Ejército del Norte y estableció su comando en San Salvador de Jujuy. Allí recibió los restos del ejército derrotado en Huaqui: cientos de hombres sin armas, enfermos de paludismo y desmoralizados. Mientras tanto, desde el Alto Perú avanzaba sobre la ciudad el poderoso ejército realista al mando de Pío Tristán.
El Primer Triunvirato ordenó a Belgrano retroceder hacia el sur. Convencido de que no podía dejarle al enemigo ni alimentos, ni ganado, ni cosechas, Belgrano tomó una decisión durísima: evacuar a toda la población y aplicar la táctica de "tierra arrasada". El 29 de julio de 1812 dictó un bando dirigido a los pueblos de la provincia, anunciando la retirada y pidiéndoles que abandonaran todo. Casi un mes después, el 23 de agosto de 1812, comenzó la marcha.
Fue un éxodo masivo y desgarrador. Hombres y mujeres, ancianos y niños, ricos y pobres, criollos, mestizos y españoles adheridos a la causa abandonaron sus casas y emprendieron una marcha de cientos de kilómetros hacia San Miguel de Tucumán. Quemaron sus campos y sus sembrados, arrearon su ganado y destruyeron lo que no podían llevar, para no dejarle nada al ejército realista. El sacrificio no fue en vano: la maniobra desgastó al enemigo y, poco después, Belgrano —desobedeciendo la orden de seguir retrocediendo— venció en la decisiva Batalla de Tucumán (septiembre de 1812) y luego en la de Salta (febrero de 1813). El Éxodo Jujeño es hoy símbolo del compromiso de todo un pueblo con la libertad, y cada 23 de agosto Jujuy lo conmemora con honores.
El reconocimiento de Belgrano a aquel pueblo que se lo había jugado todo llegó al año siguiente. El 25 de mayo de 1813, en el marco de los festejos por el tercer aniversario de la Revolución de Mayo, el general donó al Cabildo de San Salvador de Jujuy una bandera como premio y homenaje al heroísmo jujeño en el Éxodo y en las victorias de Tucumán y Salta. Es la conocida como Bandera Nacional de la Libertad Civil.
Se trata de una bandera de raso blanco, con el escudo de la Asamblea del Año XIII pintado en el centro. Su nombre alude a la "libertad civil", es decir, a lo que hoy entendemos como el Estado de derecho y la igualdad de los ciudadanos ante la ley. Tiene, además, un valor único: es la única bandera materialmente creada por Manuel Belgrano que llegó hasta nuestros días con respaldo documental indiscutible, a diferencia de otras enseñas históricas cuyo origen es incierto o discutido.
Durante dos siglos la bandera se conservó en distintos sitios de la ciudad —la iglesia matriz, el Cabildo, la Legislatura— y desde 1927 se exhibió en el Salón de la Bandera de la Casa de Gobierno. Tras una restauración, en 2021 fue trasladada a un nuevo espacio, el Centro de Interpretación de la Bandera Nacional de la Libertad Civil, en la planta alta de la Casa de Gobierno. En 2015, el Congreso de la Nación la reconoció oficialmente como símbolo patrio de gran significación histórica para todos los argentinos. Verla es uno de los momentos más emotivos de cualquier visita a la capital jujeña.
La San Salvador de Jujuy del siglo XXI es una capital provincial que crece y se moderniza, pero que sigue siendo, ante todo, la gran puerta de entrada al Noroeste profundo. Desde acá se accede a la Quebrada de Humahuaca (Patrimonio de la Humanidad), a Purmamarca y su Cerro de los Siete Colores, a las Salinas Grandes, a la Puna y a las Yungas de Calilegua. La ciudad combina su casco histórico colonial con barrios nuevos, universidades, el paseo recuperado del río Xibi Xibi y una vida cultural intensa.
Nada expresa mejor el alma jujeña como su Carnaval andino, una de las fiestas populares más vibrantes de la Argentina. Aunque su epicentro está en la Quebrada, la capital también lo vive con fuerza. La celebración mezcla la tradición católica con la cosmovisión andina: su personaje central es el diablo, pero no el demonio cristiano, sino el Pujllay, palabra quechua que significa "jugar". El Carnaval se abre con el desentierro del diablo, cuando se rescata desde un "mojón" la figurita que representa al Pujllay y se libera la energía del desorden festivo; durante días reinan las comparsas, la música de sikuris y bandas, el talco, la espuma, la albahaca y el vino, hasta que todo se cierra con el entierro del diablo, en que la figura vuelve a la tierra hasta el año siguiente.
Conocer la historia de Jujuy —de las tres fundaciones a la Bandera de la Libertad Civil, del Éxodo de 1812 al Pujllay del Carnaval— es entender por qué esta ciudad de valle, encajonada entre cerros, es mucho más que un lugar de paso: es una de las llaves para comprender la identidad del Norte argentino.