Hay un lugar en la Patagonia donde las orcas se arrojan a propósito sobre la playa, arriesgando quedar varadas, solo para atrapar a un lobito marino desprevenido. Ese comportamiento —único en el mundo, transmitido de generación en generación como una verdadera tradición familiar— se observa en un único punto del planeta: Punta Norte, en el extremo de esta península patagónica. No es la única rareza: aquí vive también la única población reproductiva continental de elefantes marinos de toda América. Para entender por qué un pedazo de estepa árida y semidesértica se convirtió en semejante santuario de vida marina, hay que empezar por su geografía.
La Península Valdés tiene una forma casi cuadrangular y se une al continente por una franja estrecha de tierra: el istmo Carlos Ameghino, de unos 35 kilómetros de largo y apenas siete de ancho. A un lado del istmo se extiende el golfo San José, al norte; al otro, el golfo Nuevo, al sur. Quien recorre esa lengua de tierra tiene la sensación de avanzar 'entre dos mares', con el océano visible a ambos lados.
Estos golfos se formaron por procesos geológicos: hundimientos del terreno que luego fueron ocupados por el mar cuando este ascendió, dando a la península su particular contorno recortado. El relieve interior es una meseta esteparia salpicada de bajos y grandes salinas, algunas de las cuales se encuentran por debajo del nivel del mar, entre las depresiones más profundas de la Argentina continental.
Esa geografía singular —golfos protegidos, costas con acantilados, playas, restingas y salinas— es la base del extraordinario ecosistema de la península. Las aguas tranquilas de los golfos ofrecen refugio a las ballenas para reproducirse, y las costas brindan playas y rocas donde lobos, elefantes marinos y pingüinos forman sus colonias. La naturaleza modeló aquí, durante milenios, el escenario perfecto para la vida marina.
Durante miles de años, la estepa y las costas de la península fueron territorio de los pueblos tehuelches, cazadores-recolectores que recorrían la Patagonia siguiendo a los guanacos y aprovechando los recursos del mar y la tierra. Conocían cada aguada, cada salina y cada playa de este territorio inmenso y árido.
La costa fue avistada por navegantes europeos desde el siglo XVI, pero el nombre 'Valdés' es más tardío. Se lo debe al navegante Alessandro (Alejandro) Malaspina, que en sus expediciones científicas de fines del siglo XVIII bautizó la península en homenaje a Antonio Valdés, entonces ministro de Marina de España, en reconocimiento a su apoyo a aquellos viajes de exploración. Así, un rasgo de la geografía patagónica quedó asociado para siempre a un funcionario de la corona española.
De aquellos siglos quedan, además, topónimos y referencias que mezclan la herencia tehuelche, la exploración hispánica y, más tarde, la impronta de pobladores criollos y europeos. La península ha sido, a lo largo del tiempo, un cruce de nombres y de historias, todas marcadas por la inmensidad del paisaje y por la presencia constante del mar.
A fines del siglo XVIII, la corona española impulsó la ocupación de la costa patagónica para afirmar su soberanía. En ese marco, en enero de 1779, Juan de la Piedra fundó el Fuerte San José en la costa del golfo San José, uno de los primeros establecimientos hispánicos de la región. Junto al fuerte funcionó un puesto vinculado a la Salina Grande, conocido como El Manantial o La Fuente, a unos kilómetros de distancia.
La vida en estos asentamientos fue dura y precaria, marcada por el aislamiento, la falta de agua y las difíciles relaciones con los pueblos originarios. El establecimiento funcionó durante poco más de tres décadas: en 1810 fue atacado y destruido en un malón, lo que puso fin a esa primera presencia hispánica estable en la península. Hoy, los restos del Fuerte San José son sitio de investigación arqueológica y testimonio de aquel temprano intento de colonización.
Durante los siglos XIX y XX, la economía de la península giró en torno a dos actividades: la explotación de sus grandes salinas, de donde se extraía sal, y la ganadería ovina en extensas estancias que ocuparon la estepa. Esas estancias, algunas todavía en pie y reconvertidas en parte al turismo, dieron forma al paisaje humano de la península antes de que su fauna marina se convirtiera en su mayor riqueza.
El gran giro en la historia de la Península Valdés llegó en el siglo XX con la valorización de su fauna marina y el surgimiento de la conciencia conservacionista. Lo que durante siglos había sido un territorio de sal y ovejas pasó a ser reconocido como uno de los santuarios de vida marina más importantes del mundo, hogar de ballenas francas, lobos y elefantes marinos, orcas y pingüinos.
Se crearon reservas para proteger estas especies y se reguló el turismo, en especial el avistaje de ballenas desde Puerto Pirámides, el único pueblo de la península. Entre los comportamientos que dieron fama mundial al lugar destaca el de las orcas de Punta Norte, que practican el 'varamiento intencional': se lanzan sobre la playa aprovechando las olas para cazar lobitos marinos, una conducta cultural transmitida de generación en generación dentro de los grupos familiares, observada por primera vez en la década de 1970.
El reconocimiento culminó en 1999, cuando la Unesco declaró a la Península Valdés Patrimonio Natural de la Humanidad, por su importancia excepcional para la conservación de mamíferos marinos. Desde entonces, la península combina la actividad de algunas estancias ganaderas, la vida del pequeño Puerto Pirámides y un turismo de naturaleza de fama internacional, cuidadosamente regulado para preservar este ecosistema único en el planeta.
Puerto Pirámides, hoy el único poblado estable de la península, nació a comienzos del siglo XX ligado al embarque de la sal que se extraía de las salinas del interior. Su nombre proviene de las formaciones rocosas con forma piramidal que se recortan en los acantilados cercanos a la playa, un detalle geográfico que terminó bautizando a todo el pueblo. Durante décadas fue apenas un caserío disperso, con muy pocos habitantes permanentes, dedicado a una economía de subsistencia entre la pesca artesanal y la actividad rural del interior.
El giro hacia el turismo de naturaleza fue progresivo. Desde mediados del siglo XX, biólogos y naturalistas comenzaron a documentar la llegada estacional de la ballena franca austral a los golfos San José y Nuevo, y a entender que esas aguas resguardadas eran un área de cría excepcional para la especie, diezmada globalmente por siglos de caza comercial. La ballena franca austral había sido, de hecho, uno de los objetivos preferidos de balleneros de todo el mundo desde el siglo XVIII precisamente por ser más lenta y flotar al morir —de ahí el nombre en inglés, right whale, la ballena 'correcta' para cazar—, lo que la llevó al borde de la extinción.
La prohibición internacional de su caza comercial, combinada con la protección de sus áreas de reproducción como la de Valdés, permitió una recuperación lenta pero sostenida de la población. Puerto Pirámides pasó entonces a ser la puerta de entrada al avistaje embarcado, con lanchas que se botan directamente desde la arena mediante tractores, una postal que hoy es parte de la identidad del pueblo. De caleta salinera casi olvidada, se transformó en la base operativa de uno de los espectáculos de fauna marina más buscados del mundo.