En la penumbra de una iglesia de adobe de los Valles Calchaquíes, dentro de un sarcófago de madera tapado con un vidrio, descansa a la vista de cualquier visitante el cuerpo momificado del último gobernador realista del Tucumán, muerto en 1837. Pocos pueblos del mundo conviven con su historia de manera tan literal como Molinos, este caserío salteño de la Ruta 40 donde el pasado no está en los libros: está en la nave de la iglesia, en los muros de barro y en los cerros que lo rodean. Pero para entender cómo se llegó a esa escena hay que empezar mucho antes.
Mucho antes de que existiera el pueblo de Molinos, los Valles Calchaquíes estaban habitados por los pueblos diaguitas, y en particular por las parcialidades calchaquíes que dieron nombre a la región. Eran sociedades agrícolas avanzadas que cultivaban maíz, zapallo, porotos y quinoa en terrazas y andenes regados con sofisticados sistemas de canales, criaban llamas y eran notables ceramistas y tejedores. Vivían en poblados de piedra y adobe distribuidos por los valles, aprovechando los ríos y la fertilidad de las tierras bajas entre los cerros.
Estos pueblos formaban parte de un amplio mundo andino que había recibido, en su último tramo prehispánico, la influencia del Imperio incaico, que extendió su dominio hasta esta región a través del Camino del Inca. La cultura material de los calchaquíes —su cerámica, sus urnas funerarias, sus tejidos— da cuenta de una civilización rica y compleja, profundamente ligada a la tierra y a los ciclos agrícolas.
La zona de Molinos, con sus tierras irrigables junto al río y su altura de unos 2.000 metros, fue parte de ese territorio habitado y cultivado desde tiempos remotos. La huella de los pueblos originarios sigue presente en la región a través de los sitios arqueológicos, las prácticas agrícolas tradicionales, la cría de camélidos y la identidad mestiza calchaquí que perdura en sus habitantes.
La conquista de los Valles Calchaquíes fue una de las más difíciles y prolongadas de toda la conquista española en el actual territorio argentino. Los pueblos calchaquíes resistieron durante más de un siglo el avance de los españoles en las llamadas Guerras Calchaquíes, una serie de levantamientos y campañas que se extendieron a lo largo del siglo XVI y, sobre todo, del XVII. La geografía de los valles —con sus cerros, quebradas y poblados fortificados— favoreció una resistencia tenaz.
El último gran levantamiento, hacia mediados del siglo XVII, estuvo liderado por un personaje singular: un aventurero español que se hizo pasar por descendiente de los incas y logró unir a las comunidades calchaquíes en una rebelión final contra el dominio colonial. La represión española fue durísima: tras vencer la resistencia, las autoridades dispersaron a los pueblos calchaquíes, desarraigándolos de sus valles y trasladándolos por la fuerza a otras regiones, en un episodio traumático que marcó el fin de la autonomía indígena en la zona.
Una vez sometido el valle, la región fue repartida entre los conquistadores en forma de encomiendas y mercedes de tierra, y se fue poblando de haciendas, capillas y caseríos criollos. Es en ese marco colonial, sobre las tierras antes ocupadas por los calchaquíes, donde nacería con el tiempo el pueblo de Molinos, heredero de esa larga historia de encuentro y conflicto entre dos mundos.
El nombre del pueblo lo dice todo: Molinos debe su denominación a los antiguos molinos harineros que funcionaban en el lugar, aprovechando la fuerza del agua de los ríos y acequias que bajaban de los cerros. En la economía colonial y criolla de los valles, la molienda de granos —especialmente trigo y maíz— era una actividad fundamental, y los molinos hidráulicos eran piezas clave de la vida rural. Alrededor de esa actividad y de las haciendas de la zona se fue conformando el caserío.
Durante los siglos XVII y XVIII, sobre las tierras repartidas tras la conquista, se desarrollaron en la región haciendas agrícolas y ganaderas trabajadas con mano de obra indígena y criolla. La construcción de la iglesia, hacia comienzos del siglo XVIII (con orígenes que se sitúan alrededor de 1720), dotó al pueblo de su centro religioso y de uno de los templos coloniales más bellos de los valles, con sus muros de adobe y su techo de madera de cardón. La iglesia, dedicada a San Pedro Nolasco, fue declarada con el tiempo Monumento Histórico Nacional.
Molinos fue creciendo así como un típico pueblo de los Valles Calchaquíes: de calles de tierra, casas de adobe, plaza, iglesia y una economía rural basada en la agricultura de regadío, la ganadería y los oficios tradicionales como el tejido. Esa fisonomía colonial, notablemente bien conservada, es la que todavía hoy hace de Molinos uno de los pueblos más auténticos y encantadores del recorrido por la Ruta 40.
La historia de Molinos está indisolublemente ligada a la figura de Nicolás Severo de Isasmendi y Echalar (1753-1837), su personaje más célebre. Isasmendi fue dueño de la hacienda de Molinos y una figura de peso en la región a fines del período colonial. Su nombre quedó en la historia porque fue el último gobernador realista de la Intendencia de Salta del Tucumán, es decir, la última autoridad fiel a la Corona española en la región, justo en los años convulsos de las guerras de la independencia.
En el contexto de la Revolución de Mayo de 1810 y los enfrentamientos entre patriotas y realistas, Isasmendi quedó del lado de la monarquía. Tras la consolidación del proceso independentista, se retiró a su hacienda de Molinos, donde pasó sus últimos años. Su figura encarna las divisiones y los dramas personales de aquella época, en la que familias y regiones enteras quedaron partidas entre la lealtad al rey y la causa de la independencia.
Lo que convierte a Isasmendi en una presencia casi tangible en el pueblo es el destino de su cuerpo: al morir, en 1837, fue embalsamado por sus parientes y sepultado en la iglesia de San Pedro Nolasco, donde el clima seco y de altura completó la conservación. Hoy, casi dos siglos después, su cuerpo momificado puede verse en un sarcófago de madera cubierto con un vidrio dentro de la iglesia del pueblo, un detalle histórico tan singular como conmovedor que conecta a este pequeño caserío de los valles con los grandes acontecimientos de la emancipación argentina. Su antigua casona, frente a la plaza, funciona en la actualidad como hostería (Hacienda de Molinos).
Durante los siglos XIX y XX, Molinos siguió siendo un pueblo agrícola y ganadero de los Valles Calchaquíes, alejado de los grandes centros y de los caminos principales, lo que paradójicamente ayudó a preservar su arquitectura y su modo de vida tradicional. La economía local giraba en torno al cultivo de regadío (frutales, hortalizas, vid, granos), la cría de ganado y cabras, y los oficios artesanales, especialmente el tejido en telar, una tradición fuertemente arraigada en toda la región (los telares de la vecina Seclantás, cuna del poncho salteño, son célebres).
Un rasgo distintivo de Molinos es su vínculo con la vicuña, el delicado camélido andino cuya lana es una de las fibras más finas y valiosas del mundo. La cría y el manejo sustentable de vicuñas se convirtieron en una actividad importante de la zona, a través de criaderos y emprendimientos comunitarios que buscan preservar la especie y generar ingresos para las comunidades mediante tejidos de altísima calidad. Es un ejemplo del aprovechamiento tradicional de los recursos andinos.
En las últimas décadas, la región vivió el auge de la viticultura de altura, que puso a los Valles Calchaquíes en el mapa del vino mundial. Bodegas como la cercana Colomé —una de las más altas del planeta, con viñedos por encima de los 2.600 metros— produjeron vinos extremos que dieron fama internacional a la zona y atrajeron el enoturismo. Así, Molinos llega al presente como un pueblo que conserva intacta su esencia colonial y rural, a la vez que se integra a un valle reconocido por sus vinos, sus paisajes y su patrimonio, recorrido cada año por viajeros que transitan la mítica Ruta 40.