La Plata existe por una crisis. Durante buena parte del siglo XIX, la Ciudad de Buenos Aires fue a la vez capital del país y capital de la provincia de Buenos Aires, una doble condición que alimentó décadas de tensiones entre la Nación y la provincia más poderosa. El conflicto se resolvió en 1880, cuando Buenos Aires fue federalizada y convertida en capital de la República. La consecuencia inmediata fue que la provincia de Buenos Aires quedó, de un día para el otro, sin capital propia.
El gobernador Dardo Rocha tomó entonces una decisión audaz: en lugar de elegir una ciudad existente, crearía una capital nueva, levantada desde cero, moderna y planificada, a la altura de las ideas de progreso de la época. Se eligió un sitio en el partido de Ensenada, a unos 60 km de Buenos Aires, que reunía buenas condiciones: cercanía a la capital nacional, posibilidad de puerto, topografía y clima adecuados y capacidad para concentrar la economía provincial.
El 19 de noviembre de 1882 se colocó la piedra fundamental y nació oficialmente La Plata. No era una ciudad que hubiera crecido lentamente alrededor de una iglesia o un fuerte, sino un proyecto integral concebido como obra de ingeniería, urbanismo y política. En pocos años se levantaron sus edificios públicos, sus plazas, sus avenidas y sus primeras instituciones, en una de las experiencias de fundación urbana planificada más notables de su tiempo.
Lo que hace única a La Plata es su forma. El diseño quedó a cargo del Departamento de Ingenieros de la provincia, con el ingeniero y arquitecto Pedro Benoit como figura clave. El resultado fue un plano geométrico de una precisión casi obsesiva: un cuadrado perfecto, organizado como un damero (la cuadrícula de calles en ángulo recto), atravesado por avenidas diagonales que lo cruzan formando rombos y triángulos.
Ese trazado no fue un capricho estético, sino la aplicación de las ideas urbanísticas más modernas de la época, inspiradas en parte en las grandes reformas de ciudades europeas. Las diagonales agilizaban la circulación y conectaban en línea recta puntos distantes del damero; las plazas y parques se distribuyeron con exactitud cada seis cuadras para garantizar espacios verdes a toda la población; y un eje monumental atravesaba la ciudad alineando los grandes edificios públicos —la Catedral, la Municipalidad, la Casa de Gobierno, la Legislatura— en una secuencia cívica deliberada.
De ese diseño nacieron los dos apodos que acompañan a la ciudad hasta hoy: la 'Ciudad de las diagonales', por sus características avenidas oblicuas, y la 'Ciudad de los tilos', por las arboledas que se plantaron a lo largo de sus calles. La Plata se convirtió así en un caso de estudio del urbanismo: una ciudad pensada como un todo, donde la geometría, la circulación y el verde fueron parte del proyecto desde el primer trazo.
Hay una capa de misterio que envuelve a La Plata y que la diferencia de cualquier otra ciudad argentina: la idea de que su trazado esconde simbología masónica. El punto de partida es un hecho documentado: tanto el gobernador Dardo Rocha como el ingeniero Pedro Benoit eran masones, al igual que una gran proporción de los profesionales del Departamento de Ingenieros que diseñaron la ciudad. La masonería, con su fuerte carga simbólica y su vínculo histórico con la arquitectura y la geometría, habría dejado —según esta interpretación— su huella en el plano.
Quienes sostienen esta lectura señalan que ciertas diagonales y cruces del trazado dibujan herramientas emblemáticas de la masonería: la escuadra, símbolo de la rectitud moral, y el compás, asociado a la justicia y la igualdad, además de otras figuras geométricas como triángulos y círculos. La ciudad fue incluso declarada, hace pocos años, como una de las primeras 'ciudades masónicas' reconocidas, y existen recorridos turísticos dedicados a descifrar estos supuestos símbolos en el plano.
No todos los especialistas comparten esta visión, y por eso conviene tratar el tema como lo que es: una hipótesis fascinante, con base histórica en la pertenencia masónica de sus fundadores, pero difícil de probar de manera concluyente. Sea símbolo deliberado o coincidencia geométrica, lo cierto es que la 'Plata masónica' se ha vuelto parte central del relato identitario de la ciudad y uno de sus mayores atractivos turísticos.
La Plata nació con vocación de capital moderna y enseguida se dotó de instituciones de vanguardia que la convirtieron en un polo científico y educativo. En pocos años se crearon la Universidad, el Observatorio Astronómico y el célebre Museo de Ciencias Naturales, que llegó a reunir millones de piezas y a posicionarse como uno de los museos de su tipo más importantes de América Latina, con sus famosos esqueletos de dinosaurios y megafauna sudamericana. El Paseo del Bosque concentró buena parte de esa vida científica y cultural, junto con el Teatro Argentino, gran sede de la ópera y las artes escénicas de la provincia.
A lo largo del siglo XX, la ciudad sumó hitos como la República de los Niños —un parque temático pionero en América, inaugurado en 1951, que reproduce a escala una ciudad con sus instituciones democráticas— y la Casa Curutchet, la única obra construida de Le Corbusier en Sudamérica, hoy Patrimonio Mundial. La fuerte presencia universitaria le imprimió a La Plata un carácter joven, con intensa actividad cultural, teatros, librerías, cafés y movida nocturna.
Pero no todo en La Plata es ciencia y planificación: la ciudad también tiene sus leyendas. La más famosa es la de la supuesta 'maldición' lanzada el día mismo de la fundación, una historia popular según la cual el acto fundacional habría quedado marcado por un conjuro. Estas leyendas, junto con el misterio masónico de su trazado, le dan a La Plata una dimensión enigmática que convive con su imagen de capital racional y geométrica. Así, la ciudad combina varias identidades: la del proyecto urbano modélico, la del polo científico y cultural, y la del lugar cargado de símbolos y relatos que sigue despertando curiosidad.