Mucho antes de la llegada española, los valles y llanos riojanos estuvieron habitados por pueblos de raíz diaguita —además de capayanes y olongastas—, agricultores que dominaban el cultivo con riego, la alfarería y la metalurgia. Se calcula que hacia el momento de la conquista vivían unos veinte mil indígenas en la jurisdicción. Sobre este suelo florecieron culturas arqueológicas notables como Condorhuasi (hacia el 200 a.C.), Ciénaga, Aguada y Sanagasta, cuyas urnas funerarias y piezas de cerámica pintada figuran entre las más refinadas del país.
Hacia el siglo XV, la región quedó bajo la influencia del Tahuantinsuyo incaico a través del Collasuyo, que integró estos valles a su red de caminos y a su organización agrícola de terrazas. Esa profunda raíz andina sobrevive en la toponimia, en las tradiciones de la puna y en fiestas de fuerte contenido sincrético.
La ciudad de Todos los Santos de la Nueva Rioja fue fundada el 20 de mayo de 1591 por el gobernador del Tucumán Juan Ramírez de Velasco, en el valle de Sanagasta, con el fin de asegurar un enclave estratégico frente a los pueblos originarios y de comunicar el Tucumán con Cuyo y Chile. La vida colonial giró en torno a la agricultura de los valles, la ganadería de los Llanos y una intensa religiosidad popular.
Una leyenda muy arraigada cuenta que San Francisco Solano, misionero franciscano, pacificó a los indígenas con la música de su violín. De aquellos años nació el Tinkunaco, ritual que cada 31 de diciembre escenifica el encuentro —'tinkunaco' significa 'encuentro' en quechua— entre el mundo indígena, representado por los Allsallis, y el mundo hispano-cristiano, en torno a la imagen del Niño Alcalde. La ceremonia fue declarada Patrimonio Cultural de la Nación y sigue convocando a miles de riojanos.
La conquista no fue pacífica. Los diaguitas riojanos protagonizaron algunos de los levantamientos más duros del noroeste. Tras un primer alzamiento hacia 1595, en 1630 estalló el Gran Alzamiento diaguita que incendió toda la región y que solo fue sofocado, tras años de guerra, hacia 1636 por el gobernador Felipe de Albornoz.
Este conflicto formó parte del ciclo más amplio de las Guerras Calchaquíes, que no terminaron hasta 1667, con la derrota final de los pueblos rebeldes y el desarraigo forzoso de comunidades enteras, trasladadas lejos de sus valles para quebrar su resistencia. La violencia de aquellas campañas marcó para siempre el mapa humano de la provincia.
Pocas provincias encarnan tanto el federalismo argentino como La Rioja. Tras la Revolución de Mayo, el cabildo riojano adhirió al proceso emancipador y en enero de 1820, disuelto el poder central, la provincia declaró su autonomía; el 1 de marzo de 1820 Francisco Ortiz de Ocampo asumió como primer gobernador autónomo. De este suelo surgió Juan Facundo Quiroga, 'el Tigre de los Llanos', el caudillo más temido de las guerras civiles, gobernador desde 1823 e inmortalizado —y demonizado— por Domingo F. Sarmiento en su libro 'Facundo'. Quiroga fue asesinado en una emboscada en Barranca Yaco el 16 de febrero de 1835.
Décadas después, Ángel Vicente Peñaloza, 'el Chacho', comandante de los Llanos, encabezó la última gran resistencia montonera del interior contra el poder porteño tras la batalla de Pavón. Fue asesinado en 1863 en Olta por el mayor Pablo Irrazábal, que exhibió su cabeza clavada en una pica. Todavía en 1866, el caudillo Felipe Varela levantó en el Famatina un ejército de miles de hombres bajo la bandera de la 'Revolución de los Colorados', derrotado en Pozo de Vargas. Esa tradición de caudillos, pobreza y rebeldía forjó buena parte de la identidad política y cultural riojana.
La economía riojana estuvo marcada durante siglos por la ilusión minera del Famatina, una montaña de casi 6.000 metros en cuyas entrañas se buscó plata y oro desde la colonia. Entre 1904 y 1929 funcionó el célebre Cablecarril Chilecito-La Mejicana, una proeza de ingeniería que trepaba más de 3.500 metros de desnivel para bajar el mineral desde las alturas; sus estaciones y cables cuelgan hoy como testimonio de aquel sueño metalífero.
Más perdurable fue la agricultura de los valles: la vid, que hizo de Chilecito y el valle de Famatina una zona de vinos de altura —con la Fiesta Nacional del Vino Torrontés como emblema—, y el olivo, que convirtió a Aimogasta y Arauco en tierra de aceitunas y aceite. En los Llanos, la ganadería caprina y bovina sostuvo durante generaciones a las familias del interior profundo. En las últimas décadas, la minería moderna reavivó viejas tensiones: los reiterados intentos de explotar el Famatina a cielo abierto encontraron una fuerte resistencia popular.
El siglo XX riojano tuvo momentos luminosos y trágicos. En 1972 se creó la Universidad Provincial de La Rioja, y la provincia buscó modernizar su economía a través de regímenes de promoción industrial. La memoria colectiva guarda con dolor el asesinato del obispo Enrique Angelelli, defensor de los pobres, en un accidente de tránsito fraguado en agosto de 1976, durante la última dictadura militar; la Iglesia lo reconoció luego como mártir y fue beatificado en 2019.
La figura política más influyente que dio la provincia fue Carlos Saúl Menem, hijo de inmigrantes sirios, gobernador riojano en 1973 y desde 1983, y presidente de la Nación entre 1989 y 1999. Su década en la Casa Rosada —con la convertibilidad, las privatizaciones y una profunda transformación del Estado— marcó a fondo la Argentina de fin de siglo y proyectó a La Rioja al centro de la escena nacional.
El mayor tesoro natural de La Rioja es el Parque Nacional Talampaya, un imponente cañón de paredes rojizas de hasta 150 metros esculpido por el agua y el viento. Junto con el vecino Ischigualasto sanjuanino, forma un sitio declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 2000 por su excepcional riqueza paleontológica: en sus estratos triásicos se hallaron algunos de los dinosaurios y reptiles más antiguos del mundo. Hacia la cordillera, la Reserva Provincial Laguna Brava protege lagunas de altura donde habitan flamencos y vicuñas, entre volcanes que superan los 6.000 metros.
La fiesta mayor de la provincia es la Chaya, un carnaval de raíz diaguita en el que se juega con harina, agua y albahaca al ritmo de vidalas, cajas y el canto de la chaya, expresión de la alegría y la nostalgia riojanas. Entre los cañones colorados, los olivares centenarios y el eco de sus caudillos, La Rioja condensa como pocas el alma indómita del interior argentino.