El Chaco fue durante siglos una de las regiones menos penetradas por los españoles. Su nombre proviene de una voz quechua que aludiría a la abundancia de caza. Lo habitaban —y aún lo habitan— pueblos originarios como los qom (tobas), los wichí, los moqoit (mocovíes), los vilela y otros grupos de cazadores-recolectores, pescadores y recolectores del monte, adaptados a un ambiente durísimo de bosque seco y esteros.
Estos pueblos ofrecieron una resistencia prolongadísima. Durante toda la colonia y buena parte del siglo XIX, el Gran Chaco siguió siendo una vasta frontera indígena que el poder blanco no lograba controlar, salpicada apenas por algunas reducciones y fuertes. Esa autonomía originaria, sostenida durante trescientos años, hace del Chaco una de las regiones donde la conquista efectiva llegó más tarde en todo el actual territorio argentino.
Recién a fines del siglo XIX y comienzos del XX el Estado argentino ocupó militarmente el Gran Chaco, en campañas a veces llamadas la 'Conquista del Desierto Verde'. El ejército sometió a las comunidades indígenas, abrió la región a la explotación económica y la organizó como Territorio Nacional del Chaco, gobernado directamente desde Buenos Aires, sin autonomía política para sus habitantes.
La capital, Resistencia, fue fundada en 1878 y se transformó en el gran centro urbano de la región. Hoy es conocida como la 'Ciudad de las Esculturas' por los cientos de obras que decoran sus calles y plazas, fruto de sus bienales internacionales. El Chaco fue finalmente provincializado en 1951, durante el primer peronismo, y llegó a llamarse brevemente Provincia Presidente Perón, nombre que perdió tras 1955 para adoptar el actual.
La economía chaqueña se levantó sobre dos pilares. El primero fue la explotación del quebracho colorado, un árbol durísimo del que se extraía el tanino, insumo clave para curtir cueros en el mundo entero. Grandes compañías —entre ellas La Forestal en la región santafesina vecina— talaron enormes extensiones de bosque y montaron pueblos-fábrica con condiciones de trabajo muy duras, hasta que la caída de la demanda dejó tras de sí montes arrasados y pueblos fantasma.
El segundo pilar fue el algodón, que desde comienzos del siglo XX convirtió al Chaco en el gran productor algodonero del país y atrajo a colonos criollos e inmigrantes europeos y de países vecinos. Esa economía del 'oro blanco' modeló el paisaje agrario y la sociedad chaqueña. Más tarde, la expansión de la soja y otros cultivos volvió a transformar el campo, con fuerte presión sobre el monte nativo.
El episodio más oscuro de la historia chaqueña ocurrió el 19 de julio de 1924 en la reducción de Napalpí. Ese año las autoridades impusieron a los trabajadores indígenas una retención abusiva sobre su producción de algodón y les prohibieron salir del territorio a buscar mejores jornales, lo que desató una huelga y protestas. En respuesta, el gobernador Fernando Centeno organizó un operativo represivo con más de un centenar de policías, gendarmes y civiles armados, apoyados incluso por un avión.
El resultado fue una matanza: fueron asesinados más de doscientos miembros de los pueblos qom y moqoit, incluidos mujeres, ancianos y niños, y hubo mutilaciones sobre los cuerpos. El hecho fue silenciado durante décadas. Recién en 2022, un juicio por la verdad declaró que la Masacre de Napalpí fue un crimen de lesa humanidad cometido por el Estado, en el marco de un proceso sistemático de violencia contra los pueblos originarios. Hoy existe allí un sitio de memoria que honra a las víctimas.
El corazón natural de la provincia es el monte chaqueño, con su bosque seco de quebrachos y algarrobos y una fauna que incluye al yaguareté, el oso hormiguero gigante, el tapir y el amenazado tatú carreta. Su joya protegida es el Parque Nacional El Impenetrable, creado en 2014 sobre antiguas estancias para conservar el último gran remanente de bosque nativo del norte chaqueño y para reintroducir especies amenazadas, en una experiencia de conservación que empieza a atraer al ecoturismo.
Hoy el Chaco combina la fuerte identidad de sus pueblos originarios y criollos con serios desafíos ambientales ligados a la deforestación y al avance de la frontera agropecuaria sobre el monte. Su cultura mestiza se expresa en el chamamé, en la artesanía, en la comida de monte y en una literatura potente: el escritor Mempo Giardinelli, nacido en Resistencia, es una de sus voces célebres, junto a poetas y músicos que cantan al monte, al río Paraná y al calor del norte.