El territorio catamarqueño fue uno de los grandes centros de las culturas agroalfareras del noroeste argentino. Durante milenios, sus valles fueron habitados por pueblos que desarrollaron una agricultura avanzada de andenes y regadío, una notable metalurgia del bronce y una cerámica de altísima calidad. De aquellas raíces surgieron culturas como Condorhuasi, Ciénaga y, sobre todo, La Aguada (aproximadamente entre los siglos VI y X), célebre por su iconografía felínica y su refinamiento artístico. Hacia el año 850-900 se consolidó la identidad diaguita, que agrupaba a los pazioca de habla kakán.
En el siglo XV, la región fue incorporada al Collasuyo, el sector meridional del imperio incaico, que dejó su huella en caminos, tambos y santuarios de altura. Sitios como el Pucará de Aconquija o los antiguos poblados de Antofagasta de la Sierra atestiguan esa profunda ocupación prehispánica, una de las más ricas de la Argentina.
La conquista española del noroeste no fue rápida ni pacífica. Los diaguitas ofrecieron una de las resistencias más tenaces y prolongadas de toda la América hispana: las llamadas Guerras Calchaquíes, una sucesión de alzamientos que se extendió, con intervalos, entre 1560 y 1667. Los valles calchaquíes —compartidos por Catamarca, Salta y Tucumán— fueron el escenario de esas guerras, protagonizadas por caciques que unieron a los pueblos del valle contra el avance colonial.
La resistencia terminó en 1667 con la derrota final de los últimos señoríos paziocas. La corona respondió con la desnaturalización: comunidades enteras fueron desarraigadas por la fuerza y trasladadas lejos de sus tierras para quebrar su cohesión. Aquel desarraigo forzoso marcó el fin del mundo diaguita autónomo, aunque su sangre y su cultura sobreviven en la población catamarqueña actual.
La ciudad capital, San Fernando del Valle de Catamarca, fue fundada en 1683 por Fernando de Mendoza y Mate de Luna, tras varios traslados de asentamientos previos en la región del valle de Catamarca. La vida colonial giró en torno a la agricultura de los valles —vid, olivo, frutales, algodón— y a una intensa religiosidad popular que se volvería marca de identidad.
El símbolo mayor de esa devoción es la Virgen del Valle, una de las advocaciones marianas más veneradas del norte argentino, cuya imagen se remonta al siglo XVII. Su festividad y sus multitudinarias peregrinaciones, especialmente las de Semana Santa y diciembre, convocan cada año a fieles de todo el país. Catamarca se declaró provincia autónoma en 1821, tras la disolución de la antigua gobernación de Tucumán, y a lo largo del siglo XIX vivió, como todo el interior, las tensiones entre unitarios y federales.
Buena parte de Catamarca es puna: un altiplano árido de más de 3.000 metros de altura, sembrado de salares, volcanes gigantescos y lagunas donde se conservan aldeas y sitios arqueológicos milenarios, como en Antofagasta de la Sierra, uno de los rincones más remotos del país. Esa cordillera de altura convirtió a la provincia en un polo minero de peso nacional e internacional. En 1997 comenzó a operar Bajo de la Alumbrera, la primera gran mina de oro y cobre a cielo abierto de la Argentina, activa hasta 2018.
Más decisivo aún fue el litio: en 1998 se inauguró el proyecto Fénix, en el Salar del Hombre Muerto, pionero de la producción de litio en el país. Con la demanda mundial disparada por las baterías, los salares catamarqueños se volvieron protagonistas del llamado 'triángulo del litio' y atraen inversiones millonarias, no exentas de debates ambientales sobre el agua y el impacto en las comunidades de altura.
Catamarca es célebre por su artesanía textil. Los ponchos y tejidos de fibra de vicuña y de llama, hilados y teñidos con técnicas ancestrales, están entre los más finos del mundo, y la tradición del telar se celebra cada julio en la Fiesta Nacional e Internacional del Poncho, en la capital, una de las mayores exposiciones artesanales de la Argentina. A ello se suma la producción vitivinícola de altura y los famosos vinos y nueces de los valles del oeste.
El patrimonio catamarqueño combina lo natural y lo cultural: la Cuesta del Portezuelo y los valles serranos; las Termas de Fiambalá al pie de la cordillera, punto de partida hacia volcanes de más de seis mil metros; los dátiles y viñedos del oeste; y el legado arqueológico y colonial de Santa María, en los valles calchaquíes, con su rica tradición diaguita. Es una provincia de silencios, altura y raíces profundas, todavía poco transitada por el turismo masivo.