En enero de 2021, una hembra de yaguareté llamada Mariua salió de un corral en una isla perdida de Corrientes con sus dos cachorros y pisó el pajonal: era el primer yaguareté libre en la provincia en setenta años. Ese instante, filmado por las cámaras de los biólogos, coronó una de las historias de conservación más extraordinarias del planeta, y su escenario fue este mar de agua dulce que los guaraníes llamaron 'agua que brilla'. Los Esteros del Iberá son uno de los humedales de agua dulce más grandes del mundo y el segundo más extenso de América del Sur, después del Pantanal. Ocupan una porción enorme del centro-norte de la provincia de Corrientes, en el Litoral argentino: un mosaico gigantesco de lagunas, esteros, bañados, pajonales y embalsados —esas islas flotantes de vegetación que se desplazan empujadas por el viento y la corriente—. Se trata de un sistema que se alimenta básicamente del agua de lluvia y que no tiene grandes ríos que lo crucen, lo que lo vuelve un ambiente muy particular y de aguas limpias.
Este laberinto de agua y juncos funciona como un refugio extraordinario de biodiversidad. Allí conviven yacarés, carpinchos, ciervos de los pantanos, monos carayá, el aguará guazú y centenares de especies de aves. Durante mucho tiempo fue una región aislada, de difícil acceso, habitada por pobladores correntinos que vivían de la ganadería extensiva, la pesca y, en épocas más duras, de la caza de su fauna. Ese aislamiento, paradójicamente, ayudó a conservar el lugar, pero también lo dejó expuesto a la caza furtiva que durante el siglo XX diezmó a muchas de sus especies.
El nombre Iberá proviene de la lengua guaraní, el idioma de los pueblos originarios que poblaban esta región del Litoral y que sigue muy vivo en la cultura correntina. La traducción más difundida y aceptada es 'agua que brilla' o 'aguas brillantes', a veces también dada como 'agua resplandeciente'. La palabra suele descomponerse en las raíces guaraníes asociadas al agua (y) y a lo que brilla o resplandece (berá).
Es un nombre profundamente descriptivo: quien haya visto la superficie de la laguna Iberá al amanecer o al atardecer, cuando el sol se refleja sobre el espejo de agua y los embalsados, entiende de inmediato por qué los guaraníes lo bautizaron así. A diferencia de otros topónimos discutidos, en el caso de Iberá hay bastante consenso sobre su sentido vinculado al brillo del agua, aunque las distintas grafías y traducciones puedan variar levemente según la fuente.
Durante buena parte del siglo XX, los Esteros del Iberá sufrieron una intensa presión sobre su fauna. La caza comercial y furtiva de yacarés por su cuero, de carpinchos, ciervos de los pantanos y otras especies, sumada a la transformación de tierras para ganadería, fue empujando a varios animales al borde de la desaparición local. Algunas especies emblemáticas, como el oso hormiguero gigante, el venado de las pampas, el guacamayo rojo, el tapir, el pecarí de collar y el propio yaguareté, terminaron extinguiéndose dentro del humedal.
El primer gran paso hacia su protección llegó en 1983, cuando la provincia de Corrientes declaró la Reserva Natural del Iberá, una enorme reserva provincial de cientos de miles de hectáreas. Más tarde, en 2002, los Esteros fueron reconocidos como Humedal de Importancia Internacional bajo la Convención Ramsar. Esos reconocimientos pusieron freno a algunas prácticas, pero faltaba algo más ambicioso: no solo proteger lo que quedaba, sino recuperar lo perdido y devolverle al estero la fauna que había desaparecido.
El giro decisivo en la historia moderna del Iberá llegó de la mano del empresario y conservacionista estadounidense Douglas Tompkins —fundador de marcas como The North Face y Esprit— junto a su esposa Kristine McDivitt Tompkins. A fines de la década de 1990, hacia 1997, a través de su fundación The Conservation Land Trust (CLT), comenzaron a comprar viejas estancias ganaderas dentro y alrededor del estero, empezando por campos en el corazón del humedal.
A lo largo de los años siguientes, la fundación adquirió alrededor de 150.000 hectáreas de antiguas estancias. En esos campos retiró el ganado y los alambrados internos, dejó que la vegetación nativa se recuperara y montó un programa de restauración ambiental. El objetivo final no era quedarse con la tierra, sino donarla al Estado argentino para que se convirtiera en un parque nacional de conservación estricta, sumando esas hectáreas a la gran reserva provincial ya existente. Douglas Tompkins falleció en 2015 en un accidente en la Patagonia chilena, pero su esposa Kristine y el equipo de la fundación continuaron el proyecto hasta concretarlo.
El alma del proyecto Iberá es el rewilding, es decir, la reintroducción de especies que se habían extinguido localmente para restaurar el ecosistema completo, incluyendo a sus grandes herbívoros y depredadores. En 2007, The Conservation Land Trust (más tarde rebautizada Fundación Rewilding Argentina) liberó el primer oso hormiguero gigante en la reserva de Rincón del Socorro, cerca de Colonia Carlos Pellegrini. A esa especie le siguieron, en los años posteriores, el venado de las pampas, el pecarí de collar (hacia 2015), el guacamayo rojo (con ejemplares liberados en el núcleo Cambyretá), el tapir y la nutria gigante.
La pieza más ambiciosa y simbólica fue el regreso del yaguareté, el felino más grande de América, que había desaparecido de Corrientes hacía casi siete décadas. Para lograrlo se construyó un Centro de Reintroducción del Yaguareté sobre una isla en medio del estero, donde se criaron y prepararon ejemplares hasta poder soltarlos. En 2021 se liberaron los primeros yaguaretés al Gran Parque Iberá, y con el tiempo empezaron a nacer cachorros en libertad. Hoy se estima una población de varias decenas de yaguaretés silvestres en el ecosistema correntino, e incluso turistas y guardaparques han logrado filmar ejemplares nacidos en estado salvaje cerca de Carlos Pellegrini. El Iberá se convirtió así en uno de los grandes símbolos mundiales de la restauración de fauna.
El proceso de donación se formalizó a partir de 2015-2016, cuando la fundación entregó sus tierras al Estado, y culminó en 2018, año en que el Congreso de la Nación sancionó la ley que creó el Parque Nacional Iberá. De este modo, las hectáreas donadas por Tompkins Conservation y Rewilding Argentina (en torno a las 150.000-195.000 hectáreas) se sumaron a las cientos de miles de hectáreas de la Reserva Provincial del Iberá para conformar el llamado Gran Parque Iberá, una de las áreas protegidas más grandes del país.
Más allá de la conservación, el proyecto apostó a un modelo de desarrollo basado en el turismo de naturaleza como motor económico para los pueblos de la zona, conocido como 'producción de naturaleza'. Pequeñas localidades como Colonia Carlos Pellegrini, antes dependientes de la ganadería, encontraron en los guías locales, las posadas y los safaris fotográficos una nueva fuente de trabajo y una razón para cuidar la fauna en lugar de cazarla. Hoy el Iberá es un destino emblemático del ecoturismo argentino y un ejemplo citado en todo el mundo de cómo recuperar un ecosistema y, al mismo tiempo, darle futuro a su gente.