Hay un pueblo en la Patagonia cuyo nombre es una promesa: quien come el fruto azul del calafate, dice una leyenda tehuelche, siempre vuelve. Los viajeros de hoy lo prueban en dulces y licores casi como un ritual de despedida, sin saber que están repitiendo un gesto milenario: mucho antes de que existiera el pueblo de El Calafate, las tierras alrededor del Lago Argentino fueron territorio de los tehuelches, también conocidos como aónikenk. Eran cazadores nómades que recorrían la inmensidad de la estepa patagónica siguiendo a sus presas, principalmente el guanaco y el ñandú (choique), de los que obtenían alimento, cuero para sus toldos y vestimenta.
Vivían en estrecha relación con un entorno duro, de vientos constantes y largos inviernos. El calafate, ese arbusto espinoso de bayas azules que más tarde daría nombre al pueblo, ya formaba parte de su dieta y de su cultura: lo recolectaban como alimento y lo cargaron de sentido a través de relatos transmitidos de generación en generación.
La llegada de exploradores y luego de colonos europeos a fines del siglo XIX y comienzos del XX transformó para siempre ese mundo. El avance de las estancias laneras, las enfermedades y el desplazamiento redujeron drásticamente a los pueblos originarios de la zona, cuya memoria perdura hoy en los topónimos, en la toponimia tehuelche de la región y en leyendas como la del calafate.
El nombre del pueblo viene de un arbusto: el calafate, cuyo nombre científico es Berberis microphylla. Es una planta espinosa típica de la Patagonia argentina y chilena, de aproximadamente 1 a 1,5 metros de altura, con flores amarillas y pequeñas bayas de color azul oscuro que son comestibles y muy apreciadas. Con ellas se preparan dulces, licores y conservas que hoy son un clásico souvenir de la zona.
La leyenda más famosa de la Patagonia gira en torno a este fruto: se dice que quien come calafate siempre vuelve. El encanto quedaría guardado en las bayas, de modo que el viajero que las prueba está destinado a regresar a la tierra donde lo hizo. El mito es de origen tehuelche (y también asociado a los selk'nam del sur) y fue adoptado por el folklore argentino y chileno.
Existen varias versiones del relato. Una cuenta la historia de Koonex, una anciana sanadora tehuelche que, al no poder seguir a su tribu en la migración invernal, queda atrás y se transforma en un arbusto de calafate que ofrece alimento y refugio a las aves que vuelven cada primavera. Otra versión narra un amor prohibido entre una joven llamada Calafate y un muchacho de otro pueblo, separados por un hechicero que la convierte en arbusto espinoso. Más allá de la versión, todas terminan igual: el calafate llama a volver.
El gran lago a cuya orilla creció el pueblo fue bautizado por el perito Francisco Pascasio Moreno, una de las grandes figuras de la exploración argentina, que el 15 de febrero de 1877 le dio el nombre de Lago Argentino. Con una superficie de unos 1.415 km², es el lago más grande de la Argentina; sus aguas, de un característico color turquesa por la harina glaciaria en suspensión, se nutren del deshielo de glaciares como el Perito Moreno y el Upsala.
A comienzos del siglo XX la zona era un paso de carreteros que transportaban lana hacia los puertos. Cerca de un gran arbusto de calafate, que servía de punto de referencia y que los carreteros llamaban 'la mata grande' o simplemente 'el calafate', el comerciante Armando Guillón había instalado un rancho de adobe. Hacia 1913, las familias Pantín, inmigrantes de La Coruña (España), y Freile adquirieron el lugar e instalaron un almacén de ramos generales y hospedaje, dando origen a una posta que con el tiempo se convirtió en un asentamiento.
La fundación oficial llegó por decreto del Gobierno Nacional del 7 de diciembre de 1927, cuando se dispuso crear varios pueblos nuevos para consolidar el poblamiento de la región y la ex Dirección Nacional de Tierras ordenó trazar la planta urbana en el valle del arroyo Calafate, al sur del río Santa Cruz, sobre el Lago Argentino. Esa fecha se toma hoy como el aniversario de El Calafate. Durante varias décadas fue un tranquilo pueblo ganadero del interior santacruceño.
El destino de El Calafate quedó ligado para siempre al Parque Nacional Los Glaciares, creado en 1937 para proteger un extraordinario sistema de glaciares, lagos y bosques andino-patagónicos. En 1981 la Unesco lo declaró Patrimonio de la Humanidad. El parque abarca unas 600.000 hectáreas y forma parte del Campo de Hielo Patagónico Sur, una de las mayores reservas de agua dulce del planeta, que alimenta a decenas de glaciares.
La joya del parque, y el motivo por el que millones de personas visitan El Calafate, es el Glaciar Perito Moreno. Su frente mide alrededor de 5 km de ancho y se eleva unos 70 metros sobre la superficie del Lago Argentino, con una profundidad considerable bajo el agua. A diferencia de la mayoría de los glaciares del mundo, históricamente se mantuvo en relativo equilibrio: avanza por la fuerza de gravedad del hielo que baja desde las alturas, acumulando masa a un ritmo parecido al que la pierde, y su superficie se desplaza hacia el frente a una velocidad de hasta unos dos metros por día. Ese movimiento constante provoca el desprendimiento de enormes bloques de hielo que caen al lago con estruendo, el espectáculo que buscan los visitantes en las pasarelas.
Pero lo que hace verdaderamente famoso al Perito Moreno es el fenómeno de la ruptura del puente de hielo. Cuando el frente del glaciar cruza el lago y toca la Península de Magallanes, forma un dique natural que separa el Brazo Rico del resto del Lago Argentino y anula su drenaje. El agua del brazo, alimentada por ríos y arroyos como el Mitre, el Rico y otros, se acumula y sube de nivel. Con el tiempo el agua se filtra por un canal subglacial que crece por la fusión del hielo, hasta que se forma un túnel y luego un arco o 'puente' de hielo sobre el Canal de los Témpanos. Cuando ese puente colapsa, el agua vuelve a fluir libremente y los niveles se igualan. Es un ciclo natural que se repitió numerosas veces a lo largo de la historia.
Durante buena parte del siglo XX, El Calafate fue un tranquilo pueblo del interior santacruceño, ligado a la ganadería ovina y al ritmo lento de la estepa. La transformación llegó de la mano del turismo. La declaración del Parque Nacional Los Glaciares como Patrimonio de la Humanidad en 1981, la mejora de las rutas y, sobre todo, el boom del turismo de naturaleza de fines del siglo XX y comienzos del XXI convirtieron al Perito Moreno en un ícono mundial y a El Calafate en su puerta de entrada.
La apertura del aeropuerto Comandante Armando Tola (FTE) a comienzos de los años 2000 fue clave: acercó el destino a Buenos Aires con vuelos directos de unas tres horas y multiplicó la llegada de visitantes nacionales e internacionales. El pueblo creció con rapidez, sumando hoteles, hostels, restaurantes, agencias de turismo y servicios a lo largo de la Avenida del Libertador, su columna vertebral.
Hoy El Calafate vive del turismo: minitrekking sobre el hielo, navegaciones entre témpanos hacia los glaciares Upsala y Spegazzini, el museo Glaciarium, la Reserva Laguna Nimez y la gastronomía del cordero patagónico al asador convocan a viajeros de todo el mundo. Al mismo tiempo, la comunidad científica sigue de cerca el comportamiento del Perito Moreno: tras décadas de estabilidad, desde 2019 se documenta un retroceso acelerado de su frente —en 2025 fue de unos 385 metros, el mayor de la serie histórica, y el adelgazamiento pasó de 0,34 a más de 5 metros por año—, un proceso que podría volver cada vez más raras las célebres rupturas del puente de hielo y que mantiene en estudio el futuro de uno de los glaciares más famosos del planeta.