Mucho antes de los chocolates de la calle Mitre y de las pistas del Cerro Catedral, el Nahuel Huapi fue durante más de 10.000 años territorio de pueblos canoeros que cruzaban el lago y la cordillera por rutas que hoy nadie recuerda. Tras el último período glaciar, distintos grupos —tehuelches, puelches, poyas, pehuenches y, más tarde, comunidades de cultura mapuche— recorrieron estos bosques, lagos y valles cordilleranos, viviendo de la caza, la pesca, la recolección y, en algunos sectores más aptos, de cultivos como la papa, las habas y la quinoa. El lago, sus islas y los pasos de montaña eran rutas naturales de circulación e intercambio entre ambos lados de la cordillera.
Del pueblo mapuche proviene el nombre más célebre de la región: 'Nahuel Huapi', voz del mapudungun que suele traducirse como 'isla del tigre' o 'isla del jaguar' (de 'nahuel', tigre o jaguar americano, y 'huapi', isla). Originalmente muchas de estas comunidades eran canoeras y fluviales; recién adoptaron masivamente el caballo —traído por los europeos— ya entrado el período colonial, lo que transformó su movilidad y su economía.
En el siglo XVII, misioneros jesuitas intentaron establecer misiones a orillas del lago para evangelizar a los pueblos de la zona, en empresas que resultaron efímeras y terminaron abandonadas. Durante buena parte de la época colonial, la región del Nahuel Huapi permaneció al margen del dominio efectivo de la corona y luego del Estado argentino: era un territorio indígena, lejano y de difícil acceso, que conservó su autonomía hasta fines del siglo XIX.
El destino de la región cambió drásticamente a fines del siglo XIX con la Conquista del Desierto, la campaña militar con la que el Estado argentino sometió e incorporó los territorios indígenas de la Pampa y la Patagonia. En el marco de esas operaciones, una brigada al mando del teniente coronel Rufino Ortega alcanzó las orillas del lago Nahuel Huapi en abril de 1881, llevando la presencia militar y estatal hasta el corazón de la cordillera.
Para los pueblos originarios, aquella campaña significó una tragedia: la muerte de miles de personas, el desplazamiento forzado, la pérdida de sus territorios y el quiebre de su forma de vida. La memoria de esa violencia fundacional convive hoy con el relato turístico de Bariloche, y es parte ineludible de la historia regional.
Una figura clave de esos años fue el perito Francisco Pascasio Moreno, explorador, naturalista y experto en los litigios de límites con Chile. Moreno recorrió la Patagonia, se vinculó con las sociedades indígenas y cartografió la región. En reconocimiento a sus servicios, el Estado le otorgó tierras en la zona del Nahuel Huapi, y en 1903 él donó al Estado nacional una fracción de unas tres leguas en torno a Puerto Blest, con la condición de que se conservaran como parque público para el disfrute de las generaciones futuras. Aquel gesto sería la semilla del primer parque nacional argentino.
Con el territorio ya incorporado al Estado, comenzó la etapa de los pioneros. Hacia 1895, el comerciante de origen alemán Carlos Wiederhold —llegado desde el sur de Chile— instaló a orillas del lago un almacén de ramos generales conocido como 'La Alemana', que abastecía a pobladores de ambos lados de la cordillera y se convirtió en el núcleo comercial alrededor del cual creció el futuro pueblo. El comercio fronterizo y el transporte por el lago fueron, en esos primeros años, el motor de la incipiente comunidad.
El 3 de mayo de 1902 quedó establecida oficialmente la fundación del pueblo de San Carlos de Bariloche, fecha que la ciudad celebra como su aniversario. El nombre combina dos raíces: 'San Carlos', vinculado a Carlos Wiederhold, y 'Bariloche', derivado de 'Vuriloche', voz que designaba un antiguo paso cordillerano usado por los pueblos originarios y los misioneros ('Vuriloche' suele asociarse a 'gente del otro lado de la montaña').
En las primeras décadas del siglo XX, el poblado fue creciendo con la llegada de inmigrantes europeos —suizos, alemanes, austríacos, italianos, además de criollos y chilenos— que se dedicaron a la ganadería, la fruticultura, el trabajo de la madera, los oficios y el comercio. Esta población heterogénea, unida por el espíritu de trabajo y el aislamiento compartido, fue la que forjó el carácter pionero de Bariloche y sentó las bases de su identidad.
La impronta que hoy hace que a Bariloche la llamen la 'Suiza argentina' se gestó con la llegada de inmigrantes europeos a comienzos del siglo XX. Suizos, alemanes y austríacos —muchos de ellos provenientes de regiones de montaña— encontraron en estos bosques, lagos y cumbres un paisaje familiar, parecido al de sus tierras de origen, y se instalaron para trabajar la tierra y desarrollar oficios.
Uno de los símbolos de esa corriente fue la fundación de la Colonia Suiza, un asentamiento agrícola sobre lo que hoy es el Circuito Chico, poblado por colonos suizos y, con el tiempo, también por alemanes e italianos. Allí se desarrollaron la fruticultura, la ganadería, la elaboración de quesos y dulces, y costumbres que perduran, como el curanto —una comida ancestral cocida bajo tierra entre piedras calientes— que todavía hoy se prepara para los visitantes.
Esta inmigración dejó una marca profunda en la arquitectura, la gastronomía y la cultura local. Las construcciones de madera y piedra de estilo alpino, las casas de té, la repostería centroeuropea y, muy especialmente, la tradición chocolatera, tienen raíces en estos colonos. A mediados del siglo XX, inmigrantes italianos como Aldo Fenoglio impulsaron la producción de chocolate al estilo europeo, dando origen a la fama chocolatera de la calle Mitre que perdura hasta hoy. De ese cruce de orígenes nació la identidad 'europea' y de montaña que distingue a Bariloche.
El gran salto de Bariloche, de pueblo aislado a destino turístico nacional, llegó de la mano del Estado en la década de 1930. Sobre la base de la donación de tierras que Francisco P. Moreno había hecho en 1903 —que dio origen al 'Parque Nacional del Sud'—, en 1934 una ley nacional creó el Parque Nacional Nahuel Huapi, el más antiguo de la Argentina, junto con la Dirección de Parques Nacionales.
Al frente de esa Dirección, su primer presidente, Exequiel Bustillo, impulsó una ambiciosa obra de infraestructura para 'poner en valor' la región y atraer turismo. Ese mismo año, 1934, llegó por fin el ferrocarril, terminando con el largo aislamiento del pueblo y conectándolo de manera regular con el resto del país. Caminos, hoteles, refugios de montaña y embarcaderos transformaron el territorio. La obra más emblemática fue el Centro Cívico: proyectado por el arquitecto Ernesto de Estrada e inaugurado el 17 de marzo de 1940, este conjunto de edificios públicos de piedra y madera, de estilo pintoresquista alpino-patagónico dispuesto en forma de 'U' frente al lago, se convirtió en la postal definitiva de la ciudad y fue declarado Monumento Histórico Nacional en 1987.
En paralelo, figuras pioneras del montañismo y el deporte invernal dieron impulso a otra de las grandes vocaciones de Bariloche: el esquí. El alemán Otto Meiling, llegado en 1930, fundó escuelas y fabricó los primeros esquíes; y la entonces Dirección de Parques convocó a especialistas como el austríaco Hans Nöbl para estudiar la factibilidad de un gran centro de esquí, que terminó emplazándose en el Cerro Catedral. Con todo esto, hacia mediados del siglo XX Bariloche ya era 'la Suiza argentina': un destino consolidado de montaña, lago y nieve, que combina naturaleza imponente, herencia europea e historia de pioneros, y que hoy es la principal puerta de entrada al turismo de la Patagonia andina.