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Historia de Frankfurt

Franconofurd: el vado de los francos

Frankfurt no empezó siendo una ciudad de rascacielos y banqueros, sino un cruce de río. Su nombre lo dice todo: Franconofurd, 'el vado de los francos', el punto poco profundo por donde se podía atravesar a pie el río Meno (Main). Ese vado, en una llanura fértil y bien comunicada, había sido usado desde tiempos romanos —había un campamento militar en la zona—, pero la primera mención escrita de Frankfurt tiene fecha exacta: el año 794, cuando el emperador Carlomagno convocó allí un importante sínodo y asamblea imperial, y firmó un documento en 'Franconofurd'.

Bajo los carolingios, la ciudad ganó rango: fue una de las residencias reales y sede de asambleas del imperio franco oriental, germen de lo que sería Alemania. Su posición en el corazón del país, en el cruce de rutas comerciales que unían el norte con el sur y el este con el oeste, la fue convirtiendo poco a poco en un lugar de encuentro, mercado y poder.

Esa vocación de punto central —geográfico, comercial y político— es la clave de toda la historia posterior de Frankfurt. No fue una capital de un gran reino ni una sede episcopal poderosa, sino algo distinto y muy alemán: una ciudad de mercaderes en el centro del Sacro Imperio, un lugar donde se hacían negocios y, con el tiempo, donde se hacían emperadores.

La ciudad libre donde se elegían los emperadores

El Sacro Imperio Romano Germánico no era una monarquía hereditaria simple: su rey (que luego era coronado emperador) era elegido por un pequeño grupo de grandes príncipes, los príncipes electores. Durante siglos, el lugar de esas elecciones fue variando, hasta que un documento clave lo fijó para siempre. En 1356, el emperador Carlos IV promulgó la Bula de Oro (Goldene Bulle), la 'constitución' del Imperio, que reguló cómo se elegía al rey y estableció que la elección se celebraría en Frankfurt. Desde entonces, y durante más de cuatro siglos, en Frankfurt se decidía quién gobernaría el Imperio.

Al principio, los elegidos se coronaban en Aquisgrán (Aachen), la antigua ciudad de Carlomagno. Pero en 1562 también las coronaciones se trasladaron a Frankfurt, a la catedral de San Bartolomé —por eso llamada 'Kaiserdom', catedral imperial—, donde diez emperadores fueron coronados hasta 1792. Era un acontecimiento fastuoso: la ciudad se llenaba de príncipes, embajadores y multitudes, había banquetes, se asaba un buey entero en la plaza y corría el vino por las fuentes. El joven Goethe, nacido en la ciudad, dejó un vívido relato de la coronación de 1764 en sus memorias.

Esa función imperial dio a Frankfurt un estatus especial: era una Ciudad Libre Imperial (Freie Reichsstadt), es decir, no dependía de ningún príncipe local sino directamente del emperador, y se gobernaba a sí misma a través de su consejo, con sede en el Römer, el ayuntamiento que la ciudad compró en 1405 y cuyo salón imperial (Kaisersaal) se decoró con los retratos de todos los emperadores. Frankfurt era, así, una república urbana de mercaderes en medio de un imperio de príncipes.

La feria, la banca y la Judengasse

Si algo hizo grande y rica a Frankfurt no fue la corona imperial, sino el comercio. Desde la Edad Media, sus ferias (Messe) atraían a mercaderes de toda Europa: la feria de otoño está documentada desde el siglo XII y recibió privilegios imperiales en el siglo XIII. Con la invención de la imprenta, Frankfurt se convirtió además en el gran centro del comercio del libro europeo: su feria del libro, que existe desde el siglo XV, es la antecesora directa de la actual Buchmesse, todavía hoy la mayor del mundo. Del dinero que movían esas ferias nació naturalmente la actividad que define a la ciudad hasta hoy: la banca y las finanzas. La Bolsa de Frankfurt se fundó en 1585.

Dentro de esa historia comercial hay un capítulo que hay que contar sin adornos, porque es a la vez glorioso y sombrío: el de la comunidad judía y su gueto. En 1462, las autoridades obligaron a los judíos de Frankfurt a trasladarse a una única calle amurallada, la Judengasse ('calle de los judíos'), uno de los primeros guetos de Europa. Allí vivieron durante siglos hacinados —llegó a haber miles de personas en un espacio minúsculo—, con las puertas cerradas de noche y en festivos, sometidos a impuestos especiales y a duras restricciones sobre a qué podían dedicarse y cuántos podían casarse. Era una comunidad discriminada y confinada, pero también intensamente activa en el comercio y las finanzas.

De esa calle salió una de las dinastías financieras más poderosas de la historia. Mayer Amschel Rothschild (1744-1812) nació y montó su negocio en la Judengasse, empezando como cambista y comerciante. Envió a sus cinco hijos a establecerse en Frankfurt, Londres, París, Viena y Nápoles, tejiendo la primera gran red bancaria internacional. Los Rothschild financiaron gobiernos y guerras y se volvieron símbolo del poder financiero moderno; su ascenso, desde las condiciones opresivas del gueto de Frankfurt, es una de las historias más extraordinarias del siglo XIX. La emancipación de los judíos llegó lentamente a lo largo de ese siglo, y la comunidad floreció y se integró en la vida de la ciudad, hasta que el nazismo lo destruyó todo. Hoy, un museo y un memorial en el solar de la antigua Judengasse (Museum Judengasse y el memorial Neuer Börneplatz) recuerdan esa historia, incluidos los nombres de los más de 11.000 judíos de Frankfurt deportados y asesinados en el Holocausto.

1848: el primer parlamento alemán en la Paulskirche

En 1848, una ola de revoluciones liberales recorrió Europa, y Alemania —entonces un mosaico de reinos y principados sin unidad— no fue la excepción. En medio de ese fervor, Frankfurt vivió su momento político más importante. Aprovechando su tradición como ciudad neutral y central, se convirtió en sede de un experimento histórico: la Asamblea Nacional de Frankfurt, el primer parlamento de toda Alemania elegido por votación.

Los diputados —profesores, abogados, escritores, funcionarios, la flor de la burguesía culta liberal, por lo que se la apodó con algo de sorna el 'parlamento de los profesores'— se reunieron a partir de mayo de 1848 en la Paulskirche, una iglesia de planta ovalada del centro. Durante casi un año debatieron apasionadamente cómo construir una Alemania unida, libre y constitucional. Redactaron una constitución avanzada para su época, con una declaración de derechos fundamentales, y decidieron ofrecer la corona de un imperio alemán unificado al rey de Prusia, Federico Guillermo IV.

El experimento fracasó. En 1849, el monarca prusiano rechazó la corona con desdén —dijo que no aceptaría una corona 'recogida del arroyo', ofrecida por el pueblo y no por los otros príncipes—, y sin el respaldo de las grandes potencias alemanas la asamblea se quedó sin fuerza. Los ejércitos de los príncipes reprimieron los últimos brotes revolucionarios y el parlamento se disolvió. La unificación alemana llegaría más tarde, en 1871, pero por la vía contraria: 'desde arriba', impuesta por Prusia y Bismarck a sangre y hierro, no por un parlamento.

Pese al fracaso, la Paulskirche de 1848 quedó grabada como el gran símbolo del anhelo democrático alemán, el momento en que se intentó construir una nación desde la libertad y la representación popular. Por eso, cuando tras la catástrofe del nazismo la Alemania de posguerra buscó raíces democráticas propias, volvió la vista a Frankfurt: la Paulskirche fue uno de los primeros edificios reconstruidos, en 1948, como declaración de principios.

Destrucción, reconstrucción y capital financiera

El siglo XIX trajo un cambio de estatus: en 1866, tras la guerra entre Austria y Prusia, Frankfurt perdió su vieja independencia y fue anexionada por Prusia, dejando de ser Ciudad Libre. Aun así, siguió creciendo como potencia comercial y financiera, con su bolsa, sus bancos y una vida cultural e industrial pujante.

La Segunda Guerra Mundial estuvo a punto de borrarla. Frankfurt conservaba el mayor casco antiguo de entramado de madera de Alemania, un laberinto medieval de callejones y casas centenarias. En marzo de 1944, sobre todo en los bombardeos aliados del 22 de marzo, ese casco histórico ardió casi por completo: miles de edificios quedaron destruidos y buena parte del corazón medieval de la ciudad desapareció para siempre en una noche de fuego. La ciudad quedó en ruinas.

La posguerra reconstruyó Frankfurt, pero con una decisión que marcó su carácter: en vez de recrear al detalle todo el casco antiguo, se optó en gran parte por una ciudad moderna y funcional. En 1948 la nueva moneda alemana, el Deutsche Mark, se introdujo desde aquí, y en 1949 Frankfurt estuvo a punto de ser elegida capital de la República Federal de Alemania —perdió por poco frente a Bonn en la votación—. Ese papel 'perdido' de capital política se transformó en otro: Frankfurt se convirtió en la capital económica y financiera del país. Se instalaron aquí el banco central alemán (Bundesbank), la sede de la bolsa alemana y, andando el tiempo, las torres de los grandes bancos que dibujaron el skyline único de 'Mainhattan'. En 1998 se creó en Frankfurt el Banco Central Europeo (BCE), que gestiona el euro para toda la eurozona y cuya sede monumental se inauguró en 2015 en la ribera este del Meno.

En las últimas décadas, la ciudad ha querido recuperar también algo de su alma histórica. El punto culminante fue el proyecto Dom-Römer: entre 2012 y 2018 se reconstruyó la Neue Altstadt, el pequeño barrio entre la catedral y la Römerberg, con casas fieles a las medievales desaparecidas. Es el símbolo de la Frankfurt de hoy: una metrópoli financiera, cosmopolita y moderna que, junto a sus rascacielos de cristal, ha decidido reconstruir cuidadosamente el recuerdo de la ciudad imperial que fue. Recorrerla es pasar, en pocos metros, de la catedral donde se coronaban emperadores a la torre del Banco Central que hoy manda sobre el euro.

📚 Bibliografía

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