Berat se extiende a ambos lados del río Osum, con barrios de casas otomanas blancas escalonadas en la ladera, unas encima de otras, cuyas hileras de ventanas le valieron el apodo de "ciudad de las mil ventanas". Su castillo, sobre una colina rocosa y habitado de manera continua desde hace siglos, es uno de los mejor conservados de Albania: dentro de sus murallas todavía viven vecinos, entre iglesias bizantinas y callejuelas empedradas.
La ciudad tiene raíces antiguas —fue la iliria Antipatrea— y pasó por manos bizantinas, búlgaras, serbias y otomanas. Su época de esplendor arquitectónico es la otomana, que dejó mezquitas, el barrio cristiano de Gorica y el musulmán de Mangalem enfrentados a través del río.
En el castillo funciona el Museo Nacional Onufri, dedicado al gran pintor de iconos del siglo XVI conocido como Onufri, célebre por un tono de rojo intenso característico de su obra. Berat fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 2008, junto con Gjirokastra, como testimonio excepcional de una ciudad otomana balcánica.
Gjirokastra es conocida como la "ciudad de piedra" por sus casas-torre otomanas de los siglos XVII a XIX, robustas construcciones de mampostería con tejados de lajas grises que parecen pequeñas fortalezas. Domina el conjunto un imponente castillo, uno de los mayores de los Balcanes, que a lo largo de su historia sirvió también de prisión y hoy alberga un museo de armas y hasta un viejo avión.
La ciudad fue un importante centro comercial y administrativo bajo los otomanos, con un bazar activo y una fuerte tradición de artesanos y familias notables. Su casco histórico, como el de Berat, integra la lista de la UNESCO desde 2008.
Gjirokastra carga con dos hijos ilustres de signo opuesto. Aquí nació en 1908 Enver Hoxha, el dictador que gobernó el país durante cuatro décadas; su casa natal, reconstruida tras un incendio, funciona hoy como Museo Etnográfico. Y aquí nació también, en 1936, Ismail Kadaré, el escritor albanés más importante del siglo XX, cuya novela Crónica de piedra transcurre precisamente en esta ciudad. La coexistencia de ambos legados —el del tirano y el del novelista que retrató la vida bajo la dictadura— resume bien la complejidad de la memoria local.
En una serie de colinas cubiertas de olivares, cerca de la actual Fier, se levantan las ruinas de Apolonia, fundada hacia el 600 a.C. por colonos griegos de Corinto y Corcira en territorio ilirio. Fue una de las Apolonias más prósperas del mundo antiguo, con una economía basada en el comercio y la agricultura y una vida cultural notable.
Apolonia se hizo famosa por su escuela de filosofía y retórica, que atraía a estudiantes de todo el Mediterráneo. El más ilustre fue el joven Octavio —el futuro emperador Augusto—, que estudiaba allí en el año 44 a.C. cuando le llegó la noticia del asesinato de Julio César, lo que precipitó su regreso a Roma para reclamar la herencia política que lo llevaría al poder.
Aliada de Roma desde el siglo II a.C. y punto de partida, junto con Dyrrachium, de la Vía Egnatia, la ciudad decayó cuando un terremoto alteró el curso del río y encenagó su puerto. Hoy el yacimiento, con su bouleuterion, su odeón y su pórtico, es uno de los conjuntos arqueológicos más impresionantes del país y figura en la lista indicativa de la UNESCO.
El sur de Albania es una de las mejores muestras del mosaico religioso del país. Junto al islam suní convive aquí una fuerte presencia del bektashismo, una orden sufí heterodoxa y tolerante que tuvo en Albania su principal refugio tras ser prohibida en Turquía en 1925: la sede mundial de la orden bektashi está, de hecho, en Tirana, pero sus tekkes (monasterios) salpican todo el sur montañoso.
A esa presencia musulmana se suma una minoría ortodoxa importante, sobre todo en la zona de Berat, que fue sede episcopal y conserva numerosas iglesias bizantinas. Esta mezcla de suníes, bektashíes y ortodoxos conviviendo en pueblos vecinos es un rasgo distintivo de la región.
Durante la dictadura, toda esta vida religiosa fue prohibida de golpe en 1967, cuando Albania se declaró Estado ateo: tekkes, mezquitas e iglesias fueron cerrados, demolidos o convertidos en depósitos y gimnasios. La reapertura de estos lugares de culto después de 1991 fue uno de los signos más visibles del regreso de las libertades en el sur del país.
El sur histórico ha dado a Albania buena parte de su cultura escrita y musical. Además de Ismail Kadaré, nacido en Gjirokastra y candidato recurrente al Nobel de Literatura hasta su muerte en 2024, la región es la cuna de la iso-polifonía albanesa, un canto tradicional a varias voces sin instrumentos que la UNESCO declaró Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad en 2005.
Esta música, propia sobre todo de las comunidades del sur (tosk y lab), se interpreta en bodas, funerales y fiestas comunitarias, y transmite oralmente historias, duelos y hazañas. Es una tradición viva que sobrevivió incluso al período comunista, cuando el régimen la incorporó a sus festivales folclóricos oficiales.
El peso cultural del sur se explica en parte por su historia de ciudades comerciales prósperas —Berat, Gjirokastra, Korçë— con familias educadas, contacto con Italia y Grecia y una fuerte emigración que llevó ideas y dinero de vuelta a la región. Fue, durante el despertar nacional del siglo XIX, uno de los focos del renacimiento cultural albanés.