Shkodra es una de las ciudades más antiguas de Albania y una de las más cargadas de historia del norte. Fundada por la tribu iliria de los labeatas hacia el siglo IV a.C. con el nombre de Scodra, fue la capital del reino ilirio bajo el rey Gentius, el último monarca ilirio, derrotado por Roma en el 168 a.C. Su castillo de Rozafa, entre los ríos Drin y Buna, guarda esa memoria milenaria.
Con Rozafa está asociada una de las leyendas más conocidas de los Balcanes: la de una mujer, esposa del menor de tres hermanos constructores, que acepta ser emparedada viva en los cimientos de la fortaleza para que las murallas dejen de derrumbarse, pidiendo solo que le dejen libres un pecho para amamantar a su hijo, un ojo para verlo y una mano para acariciarlo. Es un mito de sacrificio femenino que aparece, con variantes, en todo el sudeste europeo.
A lo largo de los siglos, Shkodra fue centro comercial, sede de un poder local semiautónomo bajo los otomanos —los pashás Bushati— y capital cultural del norte. En el siglo XIX y comienzos del XX fue foco del catolicismo albanés y de la actividad intelectual del renacimiento nacional. Hoy es la gran ciudad del norte y la puerta de entrada a los Alpes albaneses.
A diferencia del centro y el sur, el norte montañoso de Albania conservó a lo largo de los siglos otomanos una fuerte presencia católica romana, ligada por rito y por historia a la vecina costa dálmata y a Roma. Shkodra fue durante siglos el corazón de ese catolicismo albanés, con sus iglesias, seminarios y órdenes religiosas.
Ese catolicismo del norte sufrió una persecución especialmente dura bajo el régimen comunista. Cuando Albania se declaró Estado ateo en 1967, el clero católico fue de los más golpeados: obispos y sacerdotes fueron ejecutados o murieron en prisión, y la práctica religiosa quedó totalmente prohibida. La Iglesia católica albanesa reconoce a varios de esos religiosos como mártires del régimen.
De estas tierras salió también la figura religiosa albanesa más universal: Anjezë Gonxhe Bojaxhiu, nacida en 1910 en Skopje —entonces otomana, hoy Macedonia del Norte— en una familia católica de origen albanés, conocida en el mundo como la Madre Teresa de Calcuta. El aeropuerto de Tirana lleva su nombre. Tras 1991, el norte recuperó su vida católica y sus peregrinaciones, otra pieza del mosaico religioso albanés.
Las montañas del norte fueron durante siglos un mundo aparte, difícil de gobernar para cualquier imperio, regido por su propia ley consuetudinaria: el Kanun. El más famoso es el Kanun de Lekë Dukagjini, un cuerpo de normas orales transmitido de generación en generación y recopilado por escrito recién a comienzos del siglo XX por el fraile franciscano Shtjefën Gjeçovi.
El Kanun regulaba todos los aspectos de la vida tribal: la familia, la propiedad, el matrimonio, la hospitalidad y la resolución de conflictos. Dos de sus conceptos son célebres. Uno es la besa, la palabra de honor empeñada, considerada sagrada e inviolable. El otro es la gjakmarrja, la venganza de sangre: cuando un asesinato quedaba sin reparación, la familia ofendida tenía el derecho —según el código— de cobrarse la vida de un varón de la familia culpable, lo que podía encadenar generaciones de venganzas.
Durante el comunismo, el Estado reprimió con dureza estas prácticas y las dio por extinguidas. Sin embargo, tras el colapso del orden en los años noventa, algunas reaparecieron en zonas aisladas del norte, con familias enteras confinadas en sus casas para evitar la venganza. Es un tema delicado, a menudo exagerado o exotizado por la prensa: conviene tratarlo como lo que es, una tradición jurídica histórica cuyas manifestaciones actuales son marginales y objeto de esfuerzos de reconciliación.
Los Alpes albaneses, conocidos también como Bjeshkët e Nemuna, las "Montañas Malditas", son la cadena de picos calcáreos que Albania comparte con Montenegro y Kosovo. Es la región más agreste y espectacular del país, con valles glaciares, cascadas y aldeas de piedra a las que, hasta hace pocas décadas, solo se llegaba a pie o a caballo.
Dos valles concentran hoy el turismo de montaña: Theth y Valbona. Theth, en el corazón de los Alpes, conserva una iglesia católica de piedra y la célebre kulla, una casa-torre que servía de refugio a los hombres amenazados por la venganza de sangre según el Kanun. Valbona, del otro lado de la montaña, es un amplio valle glaciar de picos imponentes. El sendero que une ambos valles, cruzando el paso de Valbona, se convirtió en una de las caminatas más populares del sudeste europeo.
Durante siglos, estas montañas fueron el territorio de las tribus (fise) del norte, que mantuvieron una autonomía casi total frente a los otomanos. El aislamiento geográfico, que durante el comunismo condenó a la región al abandono y la pobreza, es hoy su principal atractivo: naturaleza casi intacta y una cultura montañesa que sobrevivió a todos los intentos de someterla.
El norte fue durante el comunismo una de las regiones más castigadas del país. Su tradición de clanes, su catolicismo y su carácter díscolo lo convirtieron en objeto de sospecha para el régimen, que lo mantuvo empobrecido y vigilado. Muchos de sus habitantes emigraron hacia Shkodra, Tirana o el extranjero, y varias aldeas de montaña quedaron casi despobladas.
Tras 1991, ese aislamiento se agravó primero —con la emigración masiva y el abandono— pero terminó transformándose, en el siglo XXI, en una oportunidad inesperada. El auge del senderismo y del turismo rural convirtió a valles como Theth y Valbona en destinos codiciados, y muchas familias reconvirtieron sus viejas casas de piedra en hostales y guesthouses.
Este renacimiento tiene sus tensiones: la llegada de caminos, autos y visitantes choca con la fragilidad del entorno y con formas de vida tradicionales. La construcción de represas hidroeléctricas sobre los ríos del norte, en particular en la zona de Valbona, generó fuertes protestas ambientales. El norte encarna así el dilema de toda la Albania actual: cómo salir de la pobreza y el aislamiento sin perder aquello que lo hace único.