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Historia de Salto Kamá (Kamá Merú)

La tierra de los saltos de agua

Quien recorre la carretera Troncal 10 rumbo a Santa Elena de Uairén escucha el Salto Kamá antes de verlo: un rugido de agua oscura que, de pronto, aparece a un costado del camino, cayendo por un escalón de roca en medio de la sabana infinita. La Gran Sabana es, ante todo, una tierra de agua. Por su altiplanicie corren incontables ríos y arroyos que, al encontrar los escalones y bordes de roca del antiguo Macizo Guayanés, se precipitan en una multitud de cascadas y saltos. El Salto Kamá, o Kamá Merú, es uno de los más emblemáticos y conocidos de esta región del sureste venezolano, dentro del Parque Nacional Canaima.

Un rasgo característico de estas aguas es su color oscuro, casi como el del té o el vino tinto. Este tono no se debe a contaminación, sino a la presencia natural de taninos, sustancias que aportan la vegetación y la materia orgánica de la sabana y los bosques de la zona. Las aguas oscuras cayendo sobre la roca y la espuma blanca crean el contraste típico de los saltos de la Gran Sabana.

Los nombres de muchos de estos saltos, como el propio Kamá Merú, provienen de la lengua del pueblo pemón, que ha nombrado durante siglos cada accidente de su territorio. La palabra 'merú' significa precisamente salto o cascada, de modo que la región está salpicada de 'merús' que jalonan el paisaje y los recorridos.

El río Kamá y su escalón de roca

El Salto Kamá se forma en el curso del río Kamá, un afluente de la cuenca que drena esta porción de la Gran Sabana hacia el sistema del río Kukenán y, más adelante, hacia el Caroní. El salto se produce donde el lecho del río encuentra un resalte de roca del basamento precámbrico del Escudo Guayanés —areniscas y rocas asociadas de más de mil millones de años— que el agua no ha logrado erosionar al mismo ritmo que el terreno circundante, generando así un escalón por el que el río se despeña.

Una particularidad del Salto Kamá es que su caída se divide en dos brazos, separados por un macizo de roca que sobresale en el punto de la caída, lo que le da una silueta distintiva respecto a otros saltos de la región, generalmente de una sola cortina de agua. Con unos 50 metros de altura, es uno de los saltos de tamaño intermedio de la Gran Sabana: menor que gigantes como el Salto Ángel, pero mucho más accesible, ya que no requiere expediciones de varios días para contemplarlo.

Su caudal varía notablemente entre la temporada seca y la de lluvias, como ocurre con la mayoría de los cursos de agua de la altiplanicie, que dependen casi por completo de las precipitaciones estacionales para mantener su volumen.

El campamento pemón y el turismo comunitario

El Salto Kamá se encuentra en territorio del pueblo pemón, los habitantes ancestrales de la Gran Sabana. En el lugar funciona habitualmente un campamento gestionado por la comunidad, con churuatas —las construcciones tradicionales de techo de palma—, miradores hacia la cascada y servicios básicos para los visitantes, como venta de comida y artesanía o la posibilidad de pernoctar.

Este tipo de campamentos representa una forma de turismo comunitario que se ha desarrollado en la Gran Sabana desde finales del siglo XX, en la que las comunidades pemón participan directamente de la actividad turística, ofreciendo guías, alojamiento, alimentación y artesanía. Es una fuente de sustento y una manera de que los beneficios del turismo lleguen a quienes habitan y cuidan el territorio, en un modelo que ha sido replicado en varios puntos de la Troncal 10.

Para el visitante, detenerse en el Salto Kamá no es solo disfrutar de una cascada, sino también un pequeño contacto con la cultura pemón y una oportunidad de apoyar a la comunidad. Consumir en el campamento, respetar las normas y costumbres locales y pedir permiso antes de fotografiar a las personas forman parte de una visita responsable.

Un ícono accesible de la Gran Sabana

Lo que distingue al Salto Kamá de muchas otras cascadas de la región es su accesibilidad. Mientras que numerosos saltos y tepuyes de la Gran Sabana requieren largas caminatas o expediciones, Kamá Merú se encuentra junto a la carretera Troncal 10, la vía que atraviesa la región hacia la frontera con Brasil, lo que lo convierte en una parada cómoda y casi obligada desde que el tramo se pavimentó, entre las décadas de 1970 y 1990.

Gracias a ello, el Salto Kamá se ha convertido en uno de los íconos visuales de la Gran Sabana, presente en casi todos los recorridos turísticos por la zona. Su imagen —la cascada de aguas oscuras cayendo en medio de la sabana— resume buena parte del atractivo de la región: agua, roca antigua y horizontes abiertos.

Formando parte del Parque Nacional Canaima, declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1994, el Salto Kamá comparte la protección y el valor natural de todo este extraordinario territorio. Es, para muchos viajeros, su primer encuentro de cerca con los saltos de la Gran Sabana, una postal inolvidable del sur de Venezuela.

Conservación y desafíos del turismo de paso

Al estar directamente sobre la carretera principal, el Salto Kamá recibe un volumen de visitantes mucho mayor que otras cascadas más remotas de la Gran Sabana, lo que plantea desafíos particulares de conservación. El manejo del sitio recae en buena medida en la propia comunidad pemón, que administra el acceso, mantiene los senderos y miradores, y procura equilibrar la actividad turística con el cuidado del entorno.

Como en el resto del Parque Nacional Canaima, las autoridades ambientales y las comunidades promueven prácticas de turismo responsable: no dejar residuos, no alterar el cauce ni las formaciones rocosas, y respetar las áreas señaladas para el baño. La fragilidad de los ecosistemas de sabana y los suelos delgados sobre roca antigua hace que cualquier impacto, aunque parezca menor, tarde mucho en revertirse.

El Salto Kamá es, en ese sentido, un caso representativo de cómo un atractivo natural de fácil acceso puede convertirse en un motor económico local sin perder su valor ecológico, siempre que la afluencia de visitantes se gestione con cuidado y en diálogo permanente con quienes habitan el territorio.

A ello se suma un desafío mayor que sobrevuela toda la región: la presión de la minería ilegal de oro y diamantes, que en las últimas décadas ha avanzado sobre ríos y territorios pemón de la Gran Sabana, contaminando aguas y tensionando la vida comunitaria. En ese contexto, cada campamento comunitario como el de Kamá, que vive del turismo responsable y no de la minería, representa también una apuesta por un futuro distinto para el territorio: uno en el que el agua oscura del merú siga cayendo limpia sobre la roca, y en el que sean los propios pemón quienes decidan cómo se muestra y se cuida su tierra.

📚 Bibliografía

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