Mucho antes de que ningún europeo o aviador lo divisara, el Salto Ángel ya tenía nombre y dueño: pertenecía al mundo del pueblo pemón, los habitantes ancestrales de la Gran Sabana y la Guayana venezolana. Para ellos, la cascada que se desprende del Auyantepuy se llama Kerepakupai Vená, una expresión de su lengua que suele traducirse como 'salto del lugar más profundo' (existen también otras grafías y nombres asociados al salto y a la zona).
Para los pemón, el Auyantepuy y los demás tepuyes no son simples montañas, sino lugares sagrados, moradas de espíritus. El propio nombre 'Auyantepuy' se suele relacionar con la idea de 'montaña del diablo' o lugar de espíritus, reflejo del respeto y el temor reverencial que inspiraba esa meseta colosal de cuya cima caía un río al vacío. La cascada y su entorno estaban integrados en una cosmovisión rica en relatos míticos sobre el origen del paisaje, los espíritus de la naturaleza y la relación entre los seres humanos y ese territorio grandioso.
Esta presencia indígena es la primera y más larga capa de la historia del Salto Ángel. Cuando, siglos después, llegaron los exploradores y aviadores que lo 'descubrieron' para el mundo occidental, en realidad estaban llegando a un lugar que era conocido, nombrado y venerado por los pemón desde tiempos inmemoriales. Reconocer el nombre Kerepakupai Vená es reconocer esa anterioridad y ese vínculo profundo entre el pueblo pemón y la cascada más alta del planeta.
El Salto Ángel no se entiende sin el Auyantepuy, el tepuy del que cae. El Auyantepuy es uno de los mayores tepuyes del Parque Nacional Canaima, una inmensa meseta de areniscas precámbricas —de casi dos mil millones de años— con paredes verticales que se elevan abruptamente sobre la selva. En su superficie, las lluvias intensas alimentan cursos de agua que, al llegar al borde del tepuy, se precipitan al vacío. El más espectacular de ellos forma el Salto Ángel.
Las cifras explican su fama: una altura total cercana a los 979 metros y una caída libre de más de 800 metros, lo que lo convierte en la cascada con la mayor caída de agua ininterrumpida del mundo, casi veinte veces más alta que las cataratas del Niágara. Es tan alto que, en parte de su recorrido, y especialmente cuando el caudal es menor o el viento sopla fuerte, el agua se pulveriza en una fina niebla antes de llegar al suelo. El salto brota directamente de la pared del tepuy, en un entorno de selva y roca que realza su grandiosidad.
Esa geología extrema —mesetas antiquísimas, paredes verticales, lluvias abundantes sobre la cima— es la que produce este fenómeno único. La altura medida del salto fue confirmada oficialmente en 1949, durante una expedición ligada a la National Geographic Society, que estableció su condición de cascada más alta del planeta. Desde entonces, el Salto Ángel se convirtió en un récord mundial y en símbolo natural de Venezuela.
Antes de que el Salto Ángel tomara el nombre por el que hoy lo conoce el mundo, hubo exploradores que se aventuraron por la remota región de los tepuyes y que, según las fuentes, lo divisaron. El honor de ser uno de los primeros observadores no indígenas suele atribuirse al explorador español Félix Cardona Puig, quien habría avistado la caída de agua desde el aire en la década de 1920, junto a otros exploradores de la época.
La región de la Guayana y la Gran Sabana, con sus tepuyes inaccesibles y su selva impenetrable, atrajo a lo largo de los siglos XIX y XX a naturalistas, geógrafos y aventureros fascinados por sus misterios. Eran territorios apenas cartografiados, de acceso dificilísimo, donde cada expedición era una empresa heroica. En ese contexto, los primeros avistamientos del salto fueron episodios de la gran epopeya de la exploración de la Guayana, todavía poco difundidos fuera de círculos especializados.
La precisión sobre quién vio primero el salto, cuándo y en qué circunstancias varía entre las fuentes, y conviene tomarla con la prudencia que merecen los hechos de exploración de hace un siglo. Lo cierto es que, cuando poco después el aviador Jimmie Angel lo avistó y luego intentó posarse sobre el Auyantepuy, el escenario ya había sido pisado —al menos visualmente— por otros exploradores, y desde siempre conocido por los pemón. Pero sería el nombre de Angel el que quedaría para la historia.
El nombre con el que el mundo conoce hoy a la cascada proviene de un personaje fascinante: James Crawford Angel, 'Jimmie' Angel, un aviador estadounidense de espíritu aventurero que recorría los cielos de la Guayana venezolana en los años treinta. Según la leyenda que rodea su figura, Angel buscaba un río de oro en lo alto de los tepuyes, atraído por relatos de riquezas escondidas en aquellas mesetas inalcanzables.
En noviembre de 1933, durante uno de sus vuelos en solitario sobre el Auyantepuy, Angel avistó la impresionante caída de agua que se desprendía de la meseta. Quedó tan impactado que regresó años después decidido a posar su avioneta en la cima del tepuy. El 9 de octubre de 1937, su avioneta, el 'Río Caroní', logró aterrizar sobre la cumbre del Auyantepuy, pero el terreno resultó pantanoso y la nave quedó atascada y dañada, incapaz de volver a despegar. Angel, su esposa Marie y sus acompañantes tuvieron que descender a pie del tepuy durante varios días, en una travesía épica por terreno hostil, hasta alcanzar la civilización.
Aquella hazaña selló la fama del aviador y de la cascada. La avioneta quedó durante décadas en la cima del Auyantepuy como reliquia de la aventura (años después fue retirada). Y la caída de agua pasó a llamarse, en español, Salto Ángel, en honor a su apellido —'Angel'—, nombre que se popularizó en todo el mundo. Así, un piloto en busca de oro terminó dando su nombre a la cascada más alta del planeta, que ya era sagrada para los pemón y conocida como Kerepakupai Vená.
Tras la hazaña de Jimmie Angel y la medición oficial de su altura en 1949, el Salto Ángel se convirtió en un fenómeno mundial. Su condición de cascada más alta del planeta, su entorno de mundo perdido y la épica de su historia lo transformaron en el gran ícono natural de Venezuela ante el mundo, reproducido en fotografías, documentales y, más tarde, en la cultura popular global.
El salto quedó protegido dentro del Parque Nacional Canaima, creado en 1962 y declarado Patrimonio Mundial de la Unesco en 1994 por el valor excepcional de sus tepuyes, su geología antiquísima y su biodiversidad. El Salto Ángel pasó así a integrar, junto al Auyantepuy y al conjunto del parque, el patrimonio natural de toda la humanidad. Hoy es uno de los principales destinos turísticos de Venezuela y un símbolo del país, presente incluso en su imaginario nacional.
En las últimas décadas se ha reivindicado con fuerza su nombre indígena, Kerepakupai Vená, como reconocimiento al pueblo pemón y a su anterioridad sobre el lugar. Hubo incluso iniciativas oficiales para destacar el nombre originario. Más allá de los nombres, el Salto Ángel sigue siendo lo que siempre fue: una de las maravillas naturales más sobrecogedoras del planeta, una columna de agua que cae casi un kilómetro desde una montaña sagrada de casi dos mil millones de años, en el corazón de uno de los últimos grandes territorios salvajes de Sudamérica.