La historia del Monte Roraima comienza en tiempos casi inimaginables. Es un tepuy: una meseta de paredes verticales y cima plana formada por areniscas precámbricas de una antigüedad estimada en cerca de mil setecientos a dos mil millones de años. Forma parte del Escudo Guayanés, una de las masas de roca más antiguas y estables de la Tierra, que en su origen perteneció al supercontinente Gondwana, mucho antes de que existieran los Andes o el océano Atlántico tal como lo conocemos.
Lo que hoy vemos como una mole aislada fue parte de una vasta plataforma rocosa continua. A lo largo de eras geológicas, la erosión del agua y el viento fue desgastando ese antiguo manto de arenisca, arrastrando lo más blando y dejando en pie solo los bloques más resistentes. El Roraima es uno de esos bloques: una 'isla' de roca antiquísima que se eleva abruptamente, más de mil metros, sobre las sabanas circundantes, con murallas casi inexpugnables.
Esa naturaleza geológica explica todo lo demás: la forma sobrecogedora del tepuy, su carácter de fortaleza inaccesible, y el aislamiento de su cima durante millones de años, que daría lugar a una de las historias naturales más fascinantes del planeta. Pisar el Roraima es, en cierto sentido, pisar el pasado profundo de la Tierra: una superficie que ya existía cuando la vida apenas comenzaba a complejizarse.
Mucho antes de que ningún europeo lo nombrara, el Roraima formaba parte del mundo del pueblo pemón, la etnia indígena de la familia caribe que habita la Gran Sabana y la Guayana venezolana desde tiempos ancestrales. Para los pemón, el Roraima no es una simple montaña, sino un lugar sagrado, cargado de significado mítico y espiritual, como ocurre con todos los tepuyes, que consideran moradas de los espíritus.
Uno de los relatos míticos pemón más conocidos vincula al Roraima con el origen del paisaje. Según esta tradición, el tepuy sería el tronco de un gran árbol mítico —un árbol que daba todos los frutos del mundo— que fue derribado; de su caída habrían surgido las aguas (los ríos y cascadas de la región) y, en algunas versiones, los demás tepuyes. Así, el Roraima ocupa un lugar central en la cosmovisión pemón sobre cómo llegó a ser el mundo tal como es.
El propio nombre 'Roraima' proviene de la lengua pemón, y suele relacionarse con ideas vinculadas al agua, a la abundancia o al color azul-verdoso de la roca, aunque su etimología exacta se discute. Esta dimensión sagrada no es un dato anecdótico: explica por qué el ascenso al Roraima debe hacerse hoy con guías pemón y con respeto, y por qué para entender de verdad el tepuy hay que conocer la mirada de quienes lo veneran desde hace siglos.
El rasgo más extraordinario del Roraima, desde el punto de vista de la naturaleza, es lo que ocurrió en su cima a lo largo de millones de años de aislamiento. Separada del mundo de abajo por murallas verticales de más de mil metros, expuesta a un clima propio de lluvias constantes, niebla y suelos pobres y ácidos, la cumbre del Roraima se convirtió en una isla ecológica donde la evolución siguió un camino propio, distinto al de las tierras bajas que la rodean.
El resultado es un alto grado de endemismo: numerosas especies de plantas y animales que viven en la cima del Roraima (o de unos pocos tepuyes) y que no existen en ningún otro lugar de la Tierra. Entre ellas destacan las plantas carnívoras, que atrapan insectos para compensar la pobreza del suelo; bromelias y otras especies vegetales adaptadas al hábitat extremo; y animales singulares como una pequeña rana negra endémica, de movimientos lentos, que se ha vuelto un símbolo de la fauna de los tepuyes. Todo ello en un escenario de roca esculpida, charcas cristalinas y campos de cristales de cuarzo.
Este carácter de mundo biológico aparte es uno de los grandes valores científicos del Roraima y de los tepuyes en general, y una de las razones por las que el conjunto está protegido como Patrimonio Mundial dentro del Parque Nacional Canaima. Para el viajero, significa que caminar por la cima es transitar un ecosistema único y frágil, que hay que tratar con el máximo cuidado: no llevarse cristales ni plantas, no dejar residuos, no alterar ese delicado mundo perdido que tardó eones en formarse.
Durante el siglo XIX, la remota región de la Guayana, con sus tepuyes inaccesibles y su naturaleza desbordante, empezó a atraer a exploradores y naturalistas europeos, fascinados por sus misterios geográficos. Entre ellos, una figura clave para la fama del Roraima fue el explorador y naturalista de origen alemán al servicio británico Robert Hermann Schomburgk, que recorrió la zona en la década de 1830 por encargo de la Royal Geographical Society.
Schomburgk describió el Roraima y su entorno, y sus relatos y los de otros exploradores contribuyeron a difundir en Europa la imagen de esta colosal meseta de paredes verticales que se elevaba, inalcanzable, sobre las sabanas. La idea de una montaña-fortaleza cuya cima nadie había pisado, envuelta en niebla y aislada del mundo, capturó la imaginación de la época victoriana, ávida de exploración y de territorios desconocidos.
Durante décadas, el Roraima fue considerado prácticamente inexpugnable: sus paredes verticales parecían impedir cualquier ascenso. Esa aura de inaccesibilidad, alimentada por los relatos de los exploradores, convirtió al tepuy en una obsesión para aventureros y científicos, que se preguntaban qué habría en su cima oculta. La pregunta tendría respuesta antes de que terminara el siglo, cuando una expedición lograra por fin la cumbre.
El gran enigma del Roraima —cómo subir a una meseta de paredes verticales aparentemente inexpugnables— se resolvió en 1884. Ese año, una expedición liderada por el explorador británico Everard im Thurn, junto a Harry Perkins, logró el primer ascenso documentado a la cima del Roraima. La clave de su éxito fue descubrir y utilizar la 'rampa': una cornisa o repisa natural de roca, en forma de pendiente inclinada, que asciende por la pared del tepuy y permite llegar caminando a la cima sin necesidad de escalar verticalmente.
Esa rampa —en gran medida la misma que utilizan hoy los trekkings— convirtió al Roraima en un caso excepcional entre los grandes tepuyes: el único que se puede subir a pie, sin equipo de escalada. El ascenso de im Thurn fue un acontecimiento celebrado en los círculos geográficos y científicos europeos, porque por fin alguien había alcanzado la mítica cima y podía describir lo que había allá arriba: el extraño paisaje de roca, la flora insólita, el mundo oculto del tepuy.
Las observaciones de la expedición sobre la singular naturaleza de la cima alimentaron aún más la fascinación por el Roraima. Lo que durante décadas había sido pura especulación —¿qué habrá en la cumbre?— se convertía en relato científico, aunque no por ello menos asombroso. El Roraima dejaba de ser inalcanzable, pero su aura de mundo aparte, lejos de desvanecerse, se intensificaba.
La fama del Roraima dio un salto definitivo cuando saltó de la geografía a la literatura. Los relatos de los exploradores sobre una meseta inaccesible, aislada del mundo por murallas verticales, donde podría haber sobrevivido una naturaleza de otra era, capturaron la imaginación del escritor británico Sir Arthur Conan Doyle, el creador de Sherlock Holmes. Inspirándose en esas descripciones de los tepuyes y de la región guayanesa, Conan Doyle escribió en 1912 su célebre novela 'El mundo perdido' (The Lost World), en la que un grupo de exploradores asciende a una meseta sudamericana y descubre en su cima dinosaurios y criaturas prehistóricas que habían sobrevivido aisladas del resto del planeta.
'El mundo perdido' fue un enorme éxito y fijó para siempre, en el imaginario popular mundial, la idea de los tepuyes como refugios de un pasado remoto. Aunque la novela es ficción —no hay dinosaurios en el Roraima—, la verdad biológica de los tepuyes, con su endemismo y sus especies únicas, no está tan lejos de esa fantasía: la cima realmente alberga una vida que no existe en ningún otro lugar. La obra inspiraría, a su vez, innumerables películas, libros y obras posteriores ambientadas en mundos perdidos.
Hoy el Monte Roraima es uno de los grandes destinos de trekking de Sudamérica, dentro del Parque Nacional Canaima, Patrimonio Mundial de la Unesco. Cada año, viajeros de todo el mundo recorren a pie, con guías pemón, la travesía desde la sabana hasta la cima, para vivir en carne propia la experiencia de pisar el 'mundo perdido'. La conservación de este ecosistema frágil y antiquísimo, frente a las amenazas ambientales de la región, es el gran desafío para que el Roraima siga siendo, por mucho tiempo, lo que siempre fue: un fragmento del pasado profundo de la Tierra, suspendido entre las nubes.