El 9 de abril de 1862, veintiséis familias cruzaron el mar desde la Isla de Margarita y se instalaron en una franja de costa polvorienta frente a la bahía de Pozuelos. Traían consigo sus redes, su fe y la costumbre isleña de vivir mirando al mar. Ese desembarco es el que la tradición señala como el verdadero acta de nacimiento de Puerto La Cruz, aunque en la zona ya existía desde el siglo XVIII un caserío ligado a la misión de Pozuelos, poblada sobre todo por indígenas. En 1868 los recién llegados levantaron la primera iglesia y bautizaron el lugar como Puerto de la Santa Cruz, en honor a una fuente cercana llamada de la Santa Cruz: de ahí viene el nombre de la ciudad.
Durante décadas la vida siguió girando en torno a la pesca y al comercio costero, a la sombra de la cercana Barcelona —una población mucho más antigua y de mayor peso histórico—. El gran salto llegó en el siglo XX con la industria petrolera. A partir de 1939, con el tendido de un oleoducto que traía el crudo del prolífico campo Oficina de la Mene Grande Oil Company (Gulf Oil) hasta la costa, Puerto La Cruz se transformó en un punto estratégico: por su posición sobre el Caribe se desarrolló como terminal de embarque y exportación de petróleo. Llegaron refinerías, instalaciones, trabajadores y servicios, y la ciudad creció a un ritmo vertiginoso.
De aquel modesto puerto de pescadores margariteños surgió así una ciudad dinámica, marcada a fuego por la huella del petróleo, que se sumó al desarrollo industrial y portuario del oriente venezolano. Esa doble vocación —industrial y costera— acompaña a Puerto La Cruz hasta hoy y explica su fisonomía moderna, tan distinta de la de las viejas ciudades coloniales del entorno.
El desarrollo de Puerto La Cruz está intrínsecamente ligado a la historia petrolera de Venezuela. Desde el reventón del pozo Barroso 2 en 1922, cerca del lago de Maracaibo, y la posterior expansión de la explotación hacia el oriente del país en las décadas siguientes, ciudades costeras como Puerto La Cruz se transformaron en piezas clave de la infraestructura de exportación del crudo venezolano, entonces uno de los mayores productores del mundo.
La construcción de refinerías, terminales de embarque y oleoductos en la región —incluida la vecina Puerto Píritu y el complejo industrial de José— generó empleo, atrajo migración interna y modernizó buena parte del oriente del país. Puerto La Cruz se convirtió en sede de empresas petroleras, bancos y servicios asociados a esta industria, cambiando por completo su fisonomía urbana en pocas décadas.
Esa bonanza petrolera del siglo XX explica en gran medida el trazado moderno de la ciudad, sus barrios residenciales y su infraestructura portuaria, que hoy conviven con la vocación turística que la ciudad desarrolló en paralelo aprovechando su privilegiada ubicación frente al Caribe.
A la actividad petrolera y portuaria, Puerto La Cruz sumó con el tiempo una fuerte vocación turística. Su ubicación frente al Caribe, junto al Parque Nacional Mochima —decretado en 1973—, la convirtió en la gran puerta de entrada a uno de los conjuntos de islas y playas más bellos del oriente venezolano. Desde sus muelles y marinas comenzaron a salir las lanchas hacia los cayos y las islas del parque.
El emblemático paseo Colón se transformó en el eje del turismo urbano, con hoteles, restaurantes de mariscos, comercios de artesanía y vida nocturna frente al mar. La ciudad, junto con la vecina Lechería —de desarrollo más moderno y residencial—, conformó un importante polo de turismo de sol y playa, complementado por la conexión por ferry con la Isla de Margarita.
Así, Puerto La Cruz combinó su carácter de ciudad portuaria e industrial con el de centro turístico del oriente, recibiendo a viajeros nacionales y extranjeros atraídos por las islas de Mochima, las playas y la animada vida costera. Esa mezcla define su identidad contemporánea.
Puerto La Cruz no se entiende de forma aislada, sino como parte de una gran conurbación del estado Anzoátegui que integra a Barcelona, Lechería y Guanta. Barcelona, fundada en el siglo XVII, es la capital del estado y aporta el peso histórico y administrativo, con su casco antiguo, iglesias coloniales y tradición. Puerto La Cruz aporta el dinamismo turístico y portuario, y Lechería, el desarrollo moderno de marinas, urbanizaciones y servicios.
Esta área metropolitana es uno de los principales centros urbanos del oriente venezolano, con puertos, refinerías y terminales asociadas a la industria petrolera, además de aeropuerto (el José Antonio Anzoátegui, en Barcelona) y conexiones por ferry. Su economía combina el petróleo, el comercio, los servicios y el turismo.
Para el viajero, esta conurbación ofrece todas las comodidades de una gran ciudad —hoteles, restaurantes, centros comerciales, transporte— al lado del Caribe y de las islas de Mochima. Es, a la vez, un destino en sí mismo y un nodo logístico para recorrer el oriente y conectar con Margarita.
La grandeza turística de Puerto La Cruz no se explica sin dos accidentes naturales que la rodean y que tienen historia propia. El primero es el archipiélago de Mochima, un laberinto de islas, cayos y fiordos tropicales entre Anzoátegui y Sucre que fue declarado Parque Nacional en diciembre de 1973 para proteger sus aguas turquesas, sus arrecifes y sus manglares. Desde entonces, los muelles de la ciudad y el embarcadero de La Baritina, en Guanta, se convirtieron en la puerta de entrada de miles de bañistas que cada temporada cruzan a la Isla de Plata, a Conoma o a los cayos más escondidos del parque.
El segundo es la Cueva del Guácharo, algo más lejos, en el vecino estado Monagas. Esta enorme caverna, hogar de decenas de miles de guácharos —aves nocturnas que se orientan por ecolocalización, como los murciélagos—, tiene un lugar en la historia de la ciencia: el naturalista Alexander von Humboldt la exploró y describió en septiembre de 1799, durante su célebre viaje americano, y fue él quien dio a conocer al mundo esta especie singular. Hoy la cueva es un monumento natural y una excursión clásica de día completo desde Puerto La Cruz.
Así, la ciudad quedó abrazada por una naturaleza excepcional que, junto con el mar y las islas, terminó de definir su vocación turística. Petróleo por un lado, playas y biodiversidad por el otro: en esa tensión entre industria y paraíso caribeño se escribe buena parte de la identidad de Puerto La Cruz.