Mucho antes de que llegara un solo español a estas montañas, los valles altos de la cordillera de Mérida estaban habitados por pueblos agricultores de raíz andina, a los que los cronistas y la tradición posterior agruparon bajo el nombre genérico de 'timoto-cuicas'. Eran comunidades emparentadas culturalmente con el mundo andino del que también participaban los pueblos de los Andes colombianos: cultivaban maíz, papa y otros tubérculos en terrazas escalonadas sobre las laderas, construían acequias y andenes de riego, y vivían en aldeas de piedra y barro adaptadas al frío de altura.
Los timoto-cuicas dejaron una huella que todavía sobrevive en los nombres de buena parte de la geografía merideña: Mucuchíes, Mucurubá, Mucujún, Tabay, Apartaderos, Mucuy. Esos topónimos con la partícula 'mucu-' son el rastro lingüístico de aquellos pueblos, y aún hoy se escuchan a diario en los pueblos del páramo. Practicaban una religiosidad ligada a las lagunas de altura, a las que consideraban sagradas y a las que ofrendaban; varias de las lagunas glaciares de la Sierra Nevada y la Sierra de La Culata conservan ese aura ancestral.
La llegada europea, a mediados del siglo XVI, golpeó con dureza a estas comunidades. La conquista, las enfermedades traídas de Europa y el sistema de encomiendas redujeron drásticamente su población y desarticularon su forma de vida. Pero su legado no desapareció del todo: quedó en los nombres, en algunas técnicas agrícolas de los pueblos de páramo, en la artesanía y en la profunda identidad andina que distingue al merideño del resto de Venezuela. Conocer Mérida sin tener presente este sustrato indígena es perderse la mitad de su historia.
La ciudad de Mérida nació de una expedición que, en rigor, no estaba autorizada para fundar ciudad alguna. En 1558, el capitán Juan Rodríguez Suárez partió desde Pamplona, en el Nuevo Reino de Granada (la actual Colombia), al frente de una hueste enviada en busca de minas y de noticias sobre las tierras altas del sur del lago de Maracaibo. El 9 de octubre de 1558, en algún punto de estos valles andinos, Rodríguez Suárez fundó la ciudad y la bautizó 'Mérida' en homenaje a su ciudad natal: la Mérida de Extremadura, en España, la vieja Emerita Augusta romana.
El problema fue jurisdiccional y político. Rodríguez Suárez había fundado la ciudad sin la debida autorización y, además, en una zona cuya pertenencia administrativa era disputada. Las autoridades de Pamplona lo consideraron un acto de rebeldía: fue procesado, condenado e incluso llegó a ser sentenciado a muerte, aunque logró fugarse. Al año siguiente, en 1559, el capitán Juan Maldonado fue enviado para reorganizar la fundación, y trasladó y reorganizó la ciudad en el emplazamiento de la meseta donde finalmente echó raíces, sobre la terraza que hoy ocupa el casco histórico, entre los ríos Albarregas y Chama.
La elección del sitio resultó magnífica. Mérida se asentó sobre una larga meseta a unos 1.600 metros de altura, flanqueada por dos ríos y dominada por las cumbres nevadas de la Sierra Nevada, con el pico Bolívar y los demás picos del macizo como telón de fondo permanente. Durante el período colonial, la ciudad quedó vinculada administrativamente al Nuevo Reino de Granada y a la Real Audiencia de Santa Fe de Bogotá, y no a la Provincia de Venezuela, un detalle que marcó su historia y que explica los lazos andinos y colombianos que todavía hoy se sienten en la cultura merideña.
Durante los siglos XVII y XVIII, Mérida se consolidó como un centro religioso y educativo de primer orden en los Andes. Un hito decisivo fue la creación de la diócesis de Mérida en 1777-1778, que elevó a la ciudad a la categoría de sede episcopal y atrajo recursos, instituciones y población. La condición de ciudad obispal le dio a Mérida un peso simbólico muy superior a su tamaño y reforzó su vocación de centro de formación.
De esa vocación nació su seña de identidad más perdurable: la educación. En 1785, el obispo Fray Juan Ramos de Lora fundó un seminario que, con el correr de las décadas, daría origen a la actual Universidad de Los Andes (ULA). Convertida formalmente en universidad en el siglo XIX, la ULA transformó a Mérida en la 'ciudad universitaria' de Venezuela por excelencia: una urbe relativamente pequeña pero rebosante de estudiantes llegados de todo el país, con una vida cultural, intelectual y bohemia que contagia cada rincón. Ese carácter estudiantil sigue siendo, hoy, una de las claves de su ambiente.
El trazado colonial de la ciudad —su plaza Bolívar, su catedral, sus iglesias y casonas de tejas— se desplegó sobre la meseta con la cordillera siempre presente al fondo. A diferencia de otras ciudades venezolanas más volcadas al comercio o a la caña, Mérida cultivó desde temprano un perfil distinto: el de una ciudad serrana, religiosa y letrada, orgullosa de sus montañas y de su universidad. Esa combinación de naturaleza imponente y vida académica es la que, siglos después, la convertiría también en la capital del turismo de montaña del país.
Mérida tuvo un papel temprano y entusiasta en el proceso de independencia. En septiembre de 1810, pocos meses después de los sucesos del 19 de abril en Caracas, la ciudad se sumó al movimiento juntista y desconoció a las autoridades coloniales, integrándose al bando patriota. Su posición andina, en la ruta natural entre Venezuela y la Nueva Granada, la convertiría en un punto estratégico de las campañas que cruzaron una y otra vez la cordillera.
El episodio más célebre llegó en 1813. Durante la llamada Campaña Admirable, con la que Simón Bolívar avanzaba desde la Nueva Granada hacia Caracas, el ejército libertador entró en Mérida. Fue precisamente aquí, según la tradición consagrada por la historiografía, donde el pueblo merideño aclamó por primera vez a Bolívar con el título de 'Libertador', el apelativo que lo acompañaría para siempre y con el que pasaría a la historia. Mérida se enorgullece de haber sido la primera ciudad en otorgarle ese nombre.
Las guerras de independencia, sin embargo, fueron durísimas para la región andina, que cambió de manos varias veces y sufrió el paso de los ejércitos. Tras la consolidación de la República, Mérida quedó integrada a la Venezuela independiente, conservando su perfil de ciudad andina, universitaria y católica. A lo largo del siglo XIX y XX siguió creciendo despacio, marcada por su geografía de montaña y por cierto aislamiento respecto del centro del país, hasta que dos hechos del siglo XX la proyectarían al mapa nacional e internacional: el teleférico y el turismo.
El acontecimiento que cambió para siempre la relación de Mérida con sus montañas —y con el turismo— fue la construcción de su teleférico. Inaugurado en 1960, el teleférico de Mérida fue concebido como una obra de ingeniería extraordinaria que permitía subir desde la ciudad, a unos 1.600 metros, hasta las cercanías del Pico Espejo, a más de 4.700 metros, en el corazón de la Sierra Nevada. Durante décadas ostentó el título del teleférico más alto y más largo del mundo, y se convirtió en el gran emblema turístico de la ciudad y de la Venezuela andina.
Con el tiempo, la obra original envejeció y dejó de operar. Tras un largo cierre y un ambicioso proyecto de renovación, el sistema fue completamente reconstruido y reabierto en 2016 bajo el nombre de Sistema Teleférico Mukumbarí, recuperando su condición de teleférico más alto y largo del planeta. El recorrido se hace en varios tramos —Barinitas, La Montaña, La Aguada, Loma Redonda y Pico Espejo—, cada uno con su estación y su paisaje, atravesando pisos ecológicos que van del bosque nublado al páramo y, finalmente, al mundo de roca y hielo de la alta montaña.
El teleférico consolidó la identidad de Mérida como capital del turismo de aventura y montaña de Venezuela. A su alrededor floreció toda una cultura de guías, posadas, agencias y deportes de altura: trekking a las lagunas y picos de la Sierra Nevada, visita a los pueblos del páramo, ciclismo, parapente. Conviene recordar que la operación del teleférico y de las atracciones de montaña depende de las condiciones del momento (mantenimiento, clima, situación del país), por lo que siempre es prudente confirmar antes de viajar qué tramos están funcionando.
La Mérida contemporánea es el resultado de toda esa historia: una ciudad andina, universitaria y profundamente identitaria, que vive de cara a sus montañas. Es, para muchos venezolanos, sinónimo de aire fresco, de paisaje de altura y de una forma de ser distinta —más pausada, más serrana— a la del Caribe y los llanos. Su gente cultiva con orgullo las tradiciones del páramo: la artesanía, los dulces andinos, las ferias, la devoción religiosa y una hospitalidad reconocida en todo el país.
El entorno es su mayor tesoro. La Sierra Nevada de Mérida, dentro del Parque Nacional Sierra Nevada, alberga las mayores cumbres de Venezuela, encabezadas por el Pico Bolívar, el techo del país. A su alrededor se extiende un universo de lagunas glaciares, páramos sembrados de frailejones (esas plantas peludas y emblemáticas de la alta montaña andina), bosques nublados y pueblos encantadores como Jají, Los Nevados, Mucuchíes y Apartaderos, donde se conserva una arquitectura de tejas y un modo de vida tradicional. La Carretera Trasandina enlaza buena parte de esos pueblos en un recorrido espectacular.
Mérida es también la base para el turismo de aventura: trekking de altura, escalada, ciclismo de montaña, parapente sobre los valles y, por supuesto, el teleférico Mukumbarí. La ciudad combina esa vocación al aire libre con el bullicio juvenil de su universidad, las heladerías y cafés del casco histórico y una escena cultural viva. Quien llega a Mérida descubre una Venezuela diferente: la del frío, las nieves, los frailejones y la calidez de su gente, una de las experiencias más memorables que ofrece el país.