Mucho antes de la llegada de los europeos, la Isla de Margarita estaba habitada por pueblos indígenas, entre los que destacan los guaiqueríes (o guaiqueries). Este pueblo, de origen y filiación lingüística discutidos por los estudiosos, vivía principalmente de la pesca y del aprovechamiento de los ricos recursos del mar que rodea la isla. Eran excelentes pescadores y navegantes, conocedores profundos de las aguas, las corrientes y los bancos de perlas de la región.
Los guaiqueríes ocupaban sobre todo la zona oriental de la isla y mantenían una relación estrecha con el mar y con las islas vecinas de Coche y Cubagua. Su nombre quedó asociado para siempre a la historia de Margarita, y aún hoy es parte de la identidad cultural de Nueva Esparta. A diferencia de lo ocurrido con otros pueblos del continente, los guaiqueríes establecieron con los españoles una relación particular: las crónicas relatan acuerdos y un estatus relativamente favorable, ligado a su papel en la economía de las perlas.
El mar de Margarita, Coche y Cubagua escondía un tesoro que cambiaría el destino de la región: enormes bancos de ostras perlíferas. Los pueblos originarios ya conocían y aprovechaban las perlas antes de la llegada de los europeos. Cuando los españoles descubrieron esa riqueza, la suerte de la isla y de sus habitantes quedó marcada para siempre por la fiebre de las perlas.
El encuentro de Margarita con la historia europea ocurrió en 1498, cuando Cristóbal Colón, en su tercer viaje, navegó por estas aguas y avistó la isla y la costa de tierra firme. Los españoles quedaron deslumbrados al descubrir la enorme riqueza perlífera de la región: los indígenas lucían y comerciaban perlas, y los bancos de ostras de Margarita, Coche y, sobre todo, Cubagua resultaron ser de los más ricos conocidos hasta entonces. Comenzó así la primera gran fiebre de riqueza del Nuevo Mundo.
El epicentro de esa explotación no fue al principio la propia Margarita, sino la pequeña y árida isla de Cubagua, situada al sur. Allí, atraídos por las perlas, los españoles fundaron una de las primeras ciudades europeas de toda América: Nueva Cádiz, que recibió título de ciudad hacia 1528. Nueva Cádiz vivió un auge frenético gracias al comercio de perlas, llegando a tener edificios de piedra, una intensa actividad mercantil y una población considerable, en medio de un entorno sin agua dulce ni recursos, que había que traer de fuera.
La bonanza fue tan intensa como efímera. La sobreexplotación agotó los bancos de ostras, y la suerte de Nueva Cádiz quedó sellada por un desastre natural: hacia 1541, un terremoto seguido de un maremoto (o tsunami) arrasó la ciudad, que fue abandonada. Hoy las ruinas de Nueva Cádiz, en Cubagua, son un importante yacimiento arqueológico que recuerda aquel primer y trágico capítulo de la presencia europea en el continente. La explotación de las perlas dejó también una huella oscura: el trabajo forzado y mortífero de buzos indígenas y, más tarde, esclavizados, en condiciones brutales.
La fama de la riqueza de Margarita —las perlas primero, su posición estratégica después— la convirtió en un blanco codiciado por piratas, corsarios y potencias rivales de España durante toda la época colonial. La isla sufrió numerosos ataques y saqueos a lo largo de los siglos XVI, XVII y XVIII, protagonizados por filibusteros de distintas banderas que asolaban el Caribe en busca de botín.
Uno de los episodios más recordados es el ataque del cruel pirata Lope de Aguirre, el 'loco' rebelde que en 1561, en plena travesía delirante por el continente, desembarcó en Margarita y sembró el terror entre sus habitantes. A lo largo de los siglos, otros corsarios ingleses, franceses y holandeses también pusieron la mira en la isla, lo que obligó a la Corona española a defenderla.
Para proteger Margarita de estas amenazas se construyó un sistema de fortificaciones que aún hoy se conserva y constituye uno de sus mayores atractivos históricos. En la bahía de Pampatar —uno de los principales puertos— se levantó el Castillo de San Carlos de Borromeo, en el siglo XVII. En el interior, en lo alto de una colina sobre el valle de La Asunción (la capital, situada tierra adentro justamente para protegerla de los ataques desde el mar), se construyó el Castillo de Santa Rosa. A estos se sumaron otros fortines menores. Estos castillos, con sus murallas, cañones y baluartes, son el testimonio en piedra de los siglos en que Margarita vivió en guardia permanente frente al mar.
La Isla de Margarita tuvo un papel destacado y heroico en las guerras de independencia de Venezuela. Fue una de las primeras regiones del país en sumarse a la causa patriota tras los movimientos de 1810, y a lo largo de la guerra resistió con tenacidad los embates de las fuerzas realistas, convirtiéndose en un bastión clave de la lucha por la libertad.
La valentía y la resistencia de los margariteños fueron tan notables que se ganaron el reconocimiento del propio Simón Bolívar. En honor a ese heroísmo, la provincia de Margarita recibió el nombre de 'Nueva Esparta', en alusión a la antigua Esparta griega, símbolo de valor guerrero y de pueblo dispuesto a luchar hasta el final por su libertad. Ese nombre, Nueva Esparta, es el que lleva hasta hoy el estado venezolano que conforman Margarita y las islas vecinas.
Entre las figuras de la independencia ligadas a la isla destaca el general Juan Bautista Arismendi, líder patriota margariteño, y especialmente su esposa, Luisa Cáceres de Arismendi, convertida en una de las grandes heroínas de la independencia venezolana. Apresada por los realistas siendo muy joven y embarazada, Luisa fue encerrada —entre otros lugares— en el Castillo de Santa Rosa, en La Asunción, donde sufrió cautiverio y la pérdida de su bebé sin renunciar jamás a la causa patriota ni delatar a su esposo. Su celda en el castillo se conserva como sitio de memoria, y su figura simboliza el sacrificio y la entereza de los margariteños en la lucha por la libertad.
Durante buena parte de su historia posterior a la independencia, Margarita fue una isla de economía modesta, basada en la pesca, la actividad perlífera (que tuvo repuntes y declives) y una agricultura limitada por la aridez de buena parte del territorio. La vida giraba en torno a sus pueblos de pescadores y a su capital interior, La Asunción. Todo cambiaría con dos factores en el siglo XX: la condición de zona libre y el turismo.
La declaración de Margarita como puerto libre (zona franca) transformó su economía. La isla se convirtió en un destino de compras muy atractivo, con mercancías importadas —ropa, electrónica, perfumes, licores, joyería— a precios más bajos que en el resto del país. Porlamar, su principal ciudad, creció enormemente como centro comercial, atrayendo a venezolanos de todas partes que viajaban a la isla tanto por sus playas como por sus tiendas.
Al mismo tiempo, el auge del turismo de sol y playa convirtió a Margarita en el principal destino vacacional de Venezuela, la 'Perla del Caribe' por antonomasia. Se construyeron hoteles, resorts, urbanizaciones turísticas y toda una infraestructura orientada al visitante, sobre todo en la franja oriental de la isla. Las playas, los castillos coloniales, la Laguna de la Restinga y la cultura local se sumaron a las compras como atractivos. Aunque la isla ha vivido los vaivenes económicos del país, conserva intacto su patrimonio: el legado de las perlas y los piratas, los castillos de la defensa colonial, la memoria heroica de la independencia y la belleza de su mar caribeño, que la mantienen como uno de los grandes íconos turísticos de Venezuela.