Guárico ocupa buena parte de los Llanos centrales de Venezuela —el cuarto estado más extenso del país—, un mar de sabanas atravesado por ríos y salpicado de morichales, los palmares que crecen junto al agua. Antes de la conquista lo habitaban pueblos caribes tamanacos, palenques y cumanagotos, junto a grupos guamos y otomacos, que se disputaban las riberas de los ríos.
La colonización llegó tarde, entre los siglos XVII y XVIII, de la mano de misioneros capuchinos y encomenderos que fundaron sus pueblos: Altagracia de Orituco (1676), Calabozo (1724), Chaguaramas (1728), Tucupido (1760) y San Juan de los Morros. Su capital, San Juan de los Morros —capital del estado desde 1934—, es célebre por los Morros, enormes cerros de roca caliza que se alzan sobre la ciudad como dientes de piedra, y por sus aguas termales sulfurosas. Ciudades como Calabozo, Valle de la Pascua y Zaraza completan la geografía humana de este estado profundamente llanero.
Las llanuras guariqueñas fueron escenario de algunas de las acciones más duras del siglo XIX venezolano. Por aquí pasó la sangrienta caballería realista de José Tomás Boves, que en la Batalla de La Puerta (3 de febrero de 1814) derrotó a los patriotas; y aquí combatieron también los republicanos, como en Quebrada Honda (1816). El llano fue cantera de jinetes para uno y otro bando y, más tarde, base de la caballería de Páez.
Durante la Guerra Federal (1859-1863), Guárico volvió a arder: la Batalla de Coplé (17 de febrero de 1860), en sus sabanas, enfrentó a federalistas y centralistas. De estas tierras salió también el caudillo Joaquín Crespo, que desde su hato guariqueño lanzó la revolución de 1892. La memoria de aquellos ejércitos a caballo impregna la historia del estado.
Las llanuras guariqueñas inspiraron la gran novela de la literatura venezolana, 'Doña Bárbara' (1929) de Rómulo Gallegos —que llegaría a ser presidente de la República—, que retrata la lucha entre la civilización y la barbarie en el llano, entre la ley y la fuerza, con la 'devoradora de hombres' como protagonista mítica. La obra fijó para siempre la imagen del llano guariqueño en el imaginario nacional.
Guárico conserva una fuerte identidad llanera, cuna del joropo, el arpa, el cuatro y las maracas, y de una cultura de coplas, contrapunteos, velorios de cruz y comparsas como la burriquita y el pájaro guarandol. Su gastronomía, con el emblemático pisillo guariqueño de carne o venado seco, es parte del alma de la Venezuela profunda.
En el siglo XX, la construcción de grandes sistemas de riego —sobre todo el del río Guárico, en torno a Calabozo, con la presa Generoso Campilongo inaugurada en 1956, que embalsa más de 200 km²— convirtió al estado en una de las principales zonas productoras de arroz, maíz y sorgo del país, además de un importante centro ganadero.
Ese desarrollo agroindustrial, unido a la tradición ganadera de sus hatos —Guárico figura entre los mayores productores de bovinos de Venezuela— y a las reservas de la Faja Petrolífera del Orinoco que se extienden por el sur del estado, hace de Guárico una pieza clave del abastecimiento del país. Ciudades como Calabozo, Valle de la Pascua y Zaraza articulan esa economía agroalimentaria.
El patrimonio natural de Guárico es notable. Los Morros de San Juan, protegidos como Monumento Natural Arístides Rojas desde 1949 —de los primeros del país—, son formaciones cársticas espectaculares que dominan la capital; cerca están las termas de San Juan y de Gurumen. Alexander von Humboldt y Aimé Bonpland recorrieron estas sabanas en 1800.
El Parque Nacional Aguaro-Guariquito, creado en 1974 con casi 600.000 hectáreas de sabanas, morichales y bosques de galería, protege una fauna llanera extraordinaria: chigüires, caimanes, babas, venados, garzas, corocoras y toda clase de aves acuáticas. Guárico ofrece así un turismo de naturaleza y rural en el corazón geográfico de Venezuela, entre morros, termas y el infinito horizonte de la sabana.