En 1606, la Corona española convirtió al tabaco de un remoto rincón de los Llanos venezolanos en un producto de lujo europeo: el 'tabaco de Barinas' llegó a ser sinónimo de calidad en las cortes del Viejo Mundo, tanto que su nombre viajó más lejos que casi cualquier otra cosa producida en la Venezuela colonial. Pero antes de esa fama, hubo que fundar la ciudad, y hacerlo dos veces en lugares equivocados.
Barinas fue fundada el 25 de mayo de 1577 por el capitán español Juan Andrés Varela, por orden del gobernador Francisco de Cáceres, con el nombre de Altamira de Cáceres, en el piedemonte andino (en el actual pueblo de Altamira), en una zona de clima más templado cerca de las montañas. Varela trazó la ciudad al modo español, con plaza central, solares para los vecinos y espacios para la iglesia y el cabildo. La fundación se enmarcaba en la expansión española hacia los Llanos y en la necesidad de asegurar una ruta y un centro poblado entre los Andes y la inmensa llanura del Orinoco.
Con el tiempo, la ciudad fue trasladada dos veces: en 1628 a la Mesa de Moromoy y, finalmente, en 1759, a su ubicación actual en el llano (traslado aprobado por Real Cédula en 1762), buscando una posición más favorable para el comercio y la actividad agropecuaria. Ese traslado consolidó su carácter de ciudad de transición, a caballo entre la montaña y la sabana, una condición geográfica que ha marcado toda su historia y su identidad.
La región se pobló de hatos ganaderos y de cultivos, y Barinas se convirtió en el centro administrativo y comercial de un vasto territorio. Su nombre, de probable origen indígena, quedó asociado para siempre a los Llanos occidentales y a una de las cunas de la cultura llanera venezolana.
Durante los siglos XVII y XVIII, Barinas vivió una notable prosperidad gracias al cultivo y comercio del tabaco. En 1606 se estableció un monopolio del tabaco de gran calidad, y el llamado 'tabaco de Barinas' alcanzó fama internacional: se exportaba a Europa por el remoto puerto fluvial de Gibraltar, sobre el lago de Maracaibo, un enclave que fue destruido cuatro veces por piratas antes de 1647. El tabaco barinés llegó a ser tan apreciado que se lo mencionaba en la propia Europa como sinónimo de calidad. Ese auge convirtió a la ciudad en uno de los centros económicos importantes de la provincia y atrajo comerciantes, hacendados y una vida urbana próspera.
A la riqueza del tabaco se sumó la ganadería de la sabana, base permanente de la economía llanera, y el comercio que articulaba la ciudad como punto de paso entre los Andes y el llano. De esa época de bonanza quedan testimonios en el casco histórico, con casonas señoriales y edificaciones coloniales que recuerdan el esplendor de la villa.
La prosperidad tabacalera y ganadera dio a Barinas una élite local y un peso político y económico que la prepararían para los convulsos años de la Independencia. La ciudad se afirmó como capital de un territorio extenso y estratégico, llave entre la montaña y la llanura.
Como buena parte de los Llanos, Barinas y su región fueron escenario de las luchas de Independencia a comienzos del siglo XIX. La guerra, con sus campañas y la movilización de los llaneros, afectó duramente a la ciudad y a su economía tabacalera, que no recuperó del todo su antiguo esplendor. Aun así, Barinas mantuvo su papel de centro regional del llano occidental.
A lo largo de los siglos XIX y XX, la ciudad se reafirmó como capital de su estado y como gran centro agropecuario, con la ganadería y la agricultura como pilares. El piedemonte y los llanos circundantes sostuvieron una economía de hatos, cultivos y comercio, mientras la ciudad crecía en población y servicios.
En lo cultural, Barinas se consolidó como uno de los grandes bastiones de la música llanera de Venezuela: cuna de arpistas, cantautores y cultores del joropo y las coplas, y tierra de coleo y ferias. Esa identidad llanera, unida a su condición de puerta entre los Andes y la sabana, define a la Barinas actual: una ciudad cálida, musical y estratégica en el mapa del occidente venezolano.
Ningún relato de la Barinas contemporánea puede eludir el hecho de que el estado fue cuna de Hugo Chávez Frías, nacido en 1954 en Sabaneta, un pueblo llanero del sur de Barinas. Antes de convertirse en presidente de Venezuela en 1999 y en una de las figuras políticas más influyentes y polarizantes de la historia latinoamericana reciente, Chávez fue un niño llanero criado entre las coplas, el joropo y las historias de los caudillos de la sabana. Esa raíz barinesa quedó grabada en su discurso, plagado de referencias al llano, a Ezequiel Zamora —el general federalista del siglo XIX, también ligado a la región— y a la identidad del hombre de a caballo.
Durante casi dos décadas, el estado Barinas estuvo gobernado por miembros de la familia Chávez, lo que le dio a esta capital agropecuaria una visibilidad mediática nacional e internacional que contrastaba con su tradicional perfil de ciudad ganadera y provinciana. Las elecciones regionales de Barinas se volvieron, en distintos momentos, un termómetro político seguido en todo el país, y el nombre de la ciudad empezó a aparecer en titulares mucho más allá de las ferias de coleo y los festivales de música llanera.
Más allá de la política, esa proyección reforzó paradójicamente el orgullo por lo llanero: el arpa, el cuatro y las maracas, el contrapunteo de coplas y las faenas de sabana siguieron siendo el corazón cultural de Barinas, transmitidos con fuerza a las nuevas generaciones. Hoy la ciudad combina ese pasado tabacalero y ganadero, su peso en la política venezolana reciente y una identidad musical vibrante, en una mezcla que la hace única entre las capitales del occidente del país.
En la segunda mitad del siglo XX, la economía de Barinas se diversificó más allá de la ganadería y la agricultura tradicionales: la actividad petrolera, con yacimientos en el estado, sumó un nuevo pilar económico a la región, aunque sin desplazar la identidad agropecuaria que sigue definiendo el paisaje y la vida cotidiana fuera del casco urbano. La ciudad creció en población e infraestructura, consolidándose como uno de los centros urbanos más importantes del occidente llanero.
Barinas también ocupó un lugar destacado en la política venezolana reciente: fue el estado natal de figuras de peso nacional en las últimas décadas, lo que le dio una proyección mediática que trascendió su tradicional perfil de capital agropecuaria. Esa visibilidad convivió con el fortalecimiento continuo de su identidad cultural llanera, expresada en la enorme popularidad que mantienen el joropo, las coplas y el coleo entre generaciones más jóvenes.
Hoy Barinas combina ese pasado ganadero y tabacalero con una vida urbana activa, universidades, comercio y una posición estratégica como bisagra entre los Andes merideños y los llanos profundos de Apure. Es una ciudad que sigue mirando al campo —sus ferias agropecuarias son un termómetro de la economía regional— sin dejar de ser un centro urbano dinámico del occidente venezolano.