Villa Serrana nació a mediados de la década de 1940 como una idea ambiciosa: crear, en pleno corazón de las sierras de Lavalleja, un emprendimiento turístico que aprovechara la belleza del paisaje serrano del este uruguayo. En un país caracterizado por sus llanuras y su costa, los valles de los cerros Penitente y Marmarajá, cerca de la ciudad de Minas, ofrecían un escenario distinto —cerros, montes nativos, arroyos— ideal para un complejo de descanso de montaña, algo poco común en Uruguay.
El proyecto surgió por iniciativa de un grupo de inversores nucleados en la sociedad Villa Serrana S.A., constituida el 16 de abril de 1945 por figuras como Eduardo Acevedo, Antonio Rubio, Felipe Gil, Federico Crocker, Ángel Ugarte, Gonzalo Cortinas y Joel Petit de la Villón, con el objetivo de convertir aquel rincón de las sierras en un centro turístico. Poco después encargaron el diseño de la urbanización a un arquitecto de renombre. La idea era clara: levantar una villa turística de estilo europeo que no arrasara con el entorno natural, sino que se integrara a él, manteniendo la baja densidad y el respeto por el relieve y la vegetación original.
Desde el principio, Villa Serrana se concibió como un sitio para el reposo, el contacto con la naturaleza y el disfrute del paisaje, muy distinto a los balnearios masivos que por entonces crecían en la costa uruguaya. Esa vocación de refugio tranquilo, lejos del bullicio, se mantuvo a lo largo de las décadas y constituye hasta hoy su mayor atractivo.
El encargado de dar forma a Villa Serrana fue el arquitecto uruguayo Julio Vilamajó (1894-1948), una de las figuras más importantes de la arquitectura moderna del Río de la Plata, reconocido internacionalmente por su participación en el diseño del edificio de las Naciones Unidas en Nueva York. Vilamajó visitó el lugar en 1946 y de inmediato quedó cautivado por la fuerza del paisaje, que decidió preservar casi intacto.
Su propuesta fue radical para la época: en vez de imponer una traza urbana rígida, trazó calles sinuosas que seguían la topografía natural, y proyectó los edificios con materiales autóctonos —piedra, madera y paja de la zona— buscando una relación casi mimética entre arquitectura y entorno. De ese trabajo nacieron sus dos obras más célebres en la villa: el Ventorrillo de la Buena Vista, terminado en 1946, un mirador-restaurante emplazado en un punto panorámico privilegiado; y el Mesón de las Cañas, de 1947, una posada de techo característico cubierto de cañas y paja.
Este fue el último gran proyecto de Julio Vilamajó: murió en 1948, poco después de concluir el Mesón de las Cañas, con la colaboración del joven arquitecto Miguel Ángel Odriozola. Ambos edificios fueron declarados Monumento Histórico Nacional —el Ventorrillo en 1979— y hoy se consideran piezas fundamentales del patrimonio arquitectónico moderno de Uruguay, estudiadas en universidades de la región por su temprana sensibilidad ambiental.
Durante buena parte de la segunda mitad del siglo XX, Villa Serrana vivió etapas de esplendor y de abandono. El Ventorrillo de la Buena Vista, en particular, sufrió un fuerte deterioro por el paso del tiempo, la falta de mantenimiento y episodios de vandalismo, al punto de que su recuperación se volvió una preocupación pública para las autoridades departamentales y los organismos de patrimonio.
Con los años, distintas gestiones privadas y el reconocimiento oficial como Monumento Histórico Nacional permitieron encarar procesos de restauración tanto en el Ventorrillo como en el Mesón de las Cañas, devolviéndoles su función original de hospedaje y gastronomía sin perder el espíritu con el que Vilamajó los concibió: la piedra, la madera y los techos de paja siguen siendo el sello distintivo de ambos edificios.
Este ida y vuelta entre deterioro y recuperación forma parte de la propia historia de Villa Serrana, y explica por qué hoy se la valora no solo como destino turístico sino como caso de estudio de conservación del patrimonio arquitectónico moderno en un entorno natural protegido.
Lo que hace única a Villa Serrana no es solo su ubicación, sino la manera en que Julio Vilamajó pensó cada construcción como una prolongación del terreno. En una época en la que buena parte de la arquitectura moderna uruguaya miraba hacia el racionalismo de hormigón y líneas rectas, Vilamajó tomó el camino inverso: en las sierras de Lavalleja apostó por la piedra local, la madera y los techos de caña y paja, materiales que envejecen con el paisaje en lugar de contrastar con él. El resultado es lo que hoy se estudia como un caso temprano de arquitectura orgánica en el Río de la Plata, una obra que anticipó por décadas la preocupación ambiental que recién se volvería central en el siglo XXI.
El Mesón de las Cañas, terminado en 1947, es el mejor ejemplo de esa filosofía. Su gran techo de cañas y paja, sus muros de piedra y su enorme estufa a leña central no son un capricho pintoresquista: responden a una idea precisa de cómo debía habitarse la sierra, con calor de hogar en invierno y sombra fresca en verano. El Ventorrillo de la Buena Vista, un año anterior, fue emplazado en un punto alto elegido por Vilamajó justamente por sus vistas, de modo que el edificio no compite con el panorama sino que lo enmarca. En ambos casos, el arquitecto trabajó con el joven Miguel Ángel Odriozola, que sería una pieza clave para completar las obras tras la muerte de Vilamajó en 1948.
Ese temprano final —Vilamajó murió a los 54 años, poco después de concluir el Mesón— cargó de simbolismo a Villa Serrana: se trata, literalmente, de su testamento arquitectónico. Quizá por eso el reconocimiento patrimonial llegó con fuerza. El Ventorrillo de la Buena Vista fue declarado Monumento Histórico Nacional en 1979, y el conjunto pasó a ser objeto de estudio en escuelas de arquitectura de Uruguay y de la región. Investigaciones académicas recientes, como la tesis 'Villa Serrana. Concepción y vigencia de un paisaje lejano', analizan cómo estas ideas de integración entre arquitectura y naturaleza siguen vigentes casi ochenta años después, y por qué Villa Serrana es mucho más que un balneario de sierra: es un manifiesto construido sobre cómo habitar un paisaje sin destruirlo.
Con el correr de las décadas, Villa Serrana se consolidó como uno de los destinos de descanso y naturaleza más apreciados del interior uruguayo. Su perfil de baja densidad, su entorno serrano y su tranquilidad la convirtieron en un lugar ideal para escapadas de pareja, de familia o para quienes buscan paz y desconexión, lejos del ritmo de las ciudades y de la masividad de la costa.
La villa forma parte del circuito turístico de las sierras de Lavalleja, cuyo centro es la ciudad de Minas, a unos 25 km. Esto permite combinar la estadía en Villa Serrana con la visita a otros atractivos de la región, como el Cerro Arequita, con sus grutas y senderos, o el Salto del Penitente, una cascada de 60 metros convertida en parque de deporte aventura, en un mismo viaje por las sierras del este uruguayo.
Hoy Villa Serrana mantiene su identidad original: un refugio de cabañas y casas entre el monte, con la arquitectura de Julio Vilamajó como corazón simbólico, sus senderos y sus miradores, y una atmósfera de calma que es, en sí misma, su principal propuesta. Es un ejemplo de turismo de naturaleza y descanso que ha sabido conservar el espíritu con el que fue concebido hace más de tres cuartos de siglo.