El 4 de diciembre de 1762, un coronel portugués llamado Tomás Luis Osorio colocó la primera piedra de una fortaleza sobre un punto agreste de la costa de lo que hoy es Rocha. No llegó a terminarla: apenas cuatro meses después, en abril de 1763, el general español Pedro de Cevallos se la arrebató por capitulación y la completó para el bando contrario. Esa fortaleza que nadie terminó de construir para quien la empezó es hoy el corazón de uno de los parques más queridos del Uruguay, y su historia es, antes que nada, una historia de frontera.
Durante los siglos XVII y XVIII, la costa atlántica del actual departamento de Rocha fue una zona de tensión y disputa entre los dos grandes imperios ibéricos: Portugal y España. Ambas coronas pugnaban por el control de estos territorios fronterizos del Río de la Plata, estratégicos para dominar el acceso al continente y las rutas del Atlántico Sur.
Los portugueses, desde su base en la Colonia del Sacramento y en el sur de Brasil, buscaban expandir su influencia hacia el sur y el este; los españoles, por su parte, intentaban frenar ese avance y asegurar la frontera. En ese contexto de pujas, avances y retrocesos, la costa de Rocha —con sus playas, montes y dunas— se convirtió en un escenario clave, donde fundar fuertes y fortalezas era una cuestión de soberanía.
Es en ese marco que surge la Fortaleza de Santa Teresa: como una pieza de la larga partida de ajedrez colonial por el dominio de la frontera atlántica. Su historia está, por eso, indisolublemente ligada a la disputa luso-española que terminaría definiendo, en buena medida, los límites del futuro Uruguay.
La Fortaleza de Santa Teresa fue comenzada por los portugueses en 1762, en el marco de su avance sobre la costa atlántica, como una fortificación destinada a asegurar el dominio del territorio y a controlar el paso de la Angostura, entre la laguna y el mar. El coronel Tomás Luis Osorio puso la primera piedra el 4 de diciembre de 1762 sobre un plano del ingeniero militar Juan Gómez de Mello, y guarneció el punto con unos 400 soldados. Aquellas obras iniciales, sin embargo, eran modestas: poco más que terraplenes con escaso trabajo de piedra.
La fortaleza no quedaría en manos portuguesas. En abril de 1763, el avance del gobernador de Buenos Aires, Pedro de Cevallos, cambió el rumbo: las fuerzas españolas tomaron Santa Teresa por capitulación el 19 de abril de 1763, capturaron a Osorio y trasladaron a la guarnición a Maldonado. Fueron los españoles quienes continuaron y completaron la construcción, dándole su forma definitiva de pentágono irregular con cinco baluartes y un perímetro de unos 642 metros de murallas. Esa alternancia —obra iniciada por Portugal y completada por España— es uno de los rasgos que definen la historia de Santa Teresa. El Tratado de San Ildefonso (1777) confirmaría la posesión española de la fortaleza y de la vecina San Miguel.
Durante el período colonial, la fortaleza cumplió funciones militares y de control de la frontera, en una zona alejada y agreste. Con el tiempo, las disputas territoriales se fueron resolviendo y la fortaleza perdió su rol militar activo, quedando como un imponente testimonio de piedra de aquella época de pujas imperiales. Hoy es uno de los monumentos coloniales más importantes y mejor conservados del Uruguay, declarado Monumento Histórico Nacional.
Tras perder su función militar activa con la resolución de las disputas coloniales y, más tarde, con la independencia del Uruguay, la Fortaleza de Santa Teresa entró en un largo período de abandono. Durante muchas décadas, la imponente construcción de piedra quedó a merced del tiempo, la intemperie y la vegetación, en una zona costera alejada y poco poblada, deteriorándose progresivamente.
El rescate llegó en el siglo XX, cuando el Estado uruguayo reconoció el valor histórico y patrimonial de la fortaleza y emprendió su restauración. Se trabajó en recuperar sus muros, baluartes y dependencias, devolviéndole su imponencia original y convirtiéndola en un monumento histórico nacional visitable. La restauración de Santa Teresa —junto con la de la cercana Fortaleza de San Miguel— fue parte de un esfuerzo por preservar el patrimonio colonial del este uruguayo.
Ese trabajo de recuperación permitió que las nuevas generaciones pudieran conocer y recorrer la fortaleza, asomándose a la historia de la frontera disputada entre portugueses y españoles. La restauración fue el primer paso de una transformación mayor: la del entorno de la fortaleza en un gran parque nacional.
El gran salto en la historia de Santa Teresa fue la creación, en el siglo XX, de un extenso parque nacional alrededor de la fortaleza restaurada. El Estado uruguayo desarrolló en el entorno —originalmente un paisaje de dunas y monte costero— un ambicioso proyecto de forestación, paisajismo y creación de áreas de uso público, transformando la zona en uno de los parques más importantes y completos del país.
Se plantaron grandes extensiones de árboles, se crearon jardines, un rosedal, un vivero e invernáculos con rica variedad botánica, y se habilitaron áreas para el disfrute del público, incluido uno de los campings más grandes y tradicionales del Uruguay. Así, la fortaleza histórica quedó integrada a un entorno natural cuidado y a un espacio de recreación popular, combinando patrimonio, naturaleza y descanso.
La gestión del parque y la fortaleza quedó a cargo del Ejército uruguayo, a través del Servicio de Parques (SEPAE), que administra el área hasta hoy. Esa combinación singular —una fortaleza colonial restaurada, un parque forestado con jardines y vivero, playas oceánicas agrestes y un gran camping— convirtió a Santa Teresa en un destino único, donde generaciones de uruguayos pasaron sus veranos.
Con el correr de las décadas, el Parque Nacional Santa Teresa se ganó un lugar entrañable en la cultura y la memoria de los uruguayos. Para muchas familias, acampar en Santa Teresa, recorrer la fortaleza, jugar entre los montes y bañarse en sus playas agrestes forma parte de los recuerdos más queridos del verano. El parque se transformó en un símbolo del veraneo popular y del contacto con la naturaleza y la historia.
Su combinación de atractivos —patrimonio colonial, playas oceánicas, montes forestados, jardines, rosedal, vivero, lagunas y camping— lo convirtió en uno de los parques más visitados y queridos del país, un destino completo donde se puede pasar del paisaje salvaje de la costa a la serenidad de un jardín, y de la historia de la frontera disputada al descanso al aire libre.
Hoy, Santa Teresa se inscribe en el rico corredor natural e histórico de la costa de Rocha, junto a vecinos como Punta del Diablo, La Esmeralda, Barra de Valizas y Cabo Polonio. Su historia —de fortaleza de frontera disputada por imperios a parque nacional de disfrute popular— resume bien el camino del este uruguayo: el de un territorio agreste y estratégico que supo conservar y poner en valor su patrimonio natural e histórico.