Imaginá un pueblo de campo, perdido en el norte de Uruguay, donde no pasaba casi nada: casas bajas, una plaza, el ganado, el río al costado. Y de golpe, dos veces en menos de un siglo, ese pueblo cambió por completo. Primero le regalaron un mar de agua dulce; después lo convirtieron en la galería de arte al aire libre más grande del país. San Gregorio de Polanco es eso: un lugar que se reinventó dos veces y que hoy no se parece a casi ningún otro rincón de Uruguay.
San Gregorio surgió como un pueblo del norte uruguayo, en el departamento de Tacuarembó, a orillas del Río Negro, el principal curso de agua interno del país. Como tantas localidades del interior, creció ligado a la vida rural y al río, en una región de campo, ganadería y comunicaciones fluviales y terrestres que articulaban el norte del territorio. La vida del pueblo estuvo siempre marcada por su relación con el agua: el Río Negro era una vía de comunicación y un recurso, y las costas, un espacio de la vida cotidiana. Esa cercanía con el río definió la identidad del lugar mucho antes de que se transformara en el destino turístico que es hoy.
El topónimo, San Gregorio de Polanco, combina la advocación religiosa con el nombre de la zona, en la tradición de los pueblos del interior uruguayo. Durante mucho tiempo fue una localidad tranquila y poco conocida fuera de su región, hasta que dos hitos —la represa de mediados del siglo XX y, décadas después, los murales— le darían proyección nacional y lo convertirían en un caso único, capaz de ofrecer al viajero playas de arena, arte urbano y la calma del norte profundo en un mismo lugar.
El gran punto de inflexión en la historia de San Gregorio fue la construcción de la represa de Rincón del Bonete, sobre el Río Negro. Las obras comenzaron en 1937 y la central se inauguró el 21 de diciembre de 1945: fue la primera gran central hidroeléctrica de Sudamérica y, durante décadas, la principal fuente de energía renovable de Uruguay, hasta la llegada de Salto Grande. Durante muchos años se la conoció oficialmente como central hidroeléctrica Gabriel Terra —por el presidente de la época—, hasta que en 2019 el Parlamento aprobó una ley (19.795) que le devolvió su nombre popular: Rincón del Bonete.
Esa obra, diseñada originalmente por el ingeniero alemán Adolf Ludin y concebida décadas antes por el uruguayo Víctor Sudriers, formó un embalse descomunal: unos 1.240 km² de superficie, el mayor lago artificial del país. El embalse anegó vastas extensiones y modificó las orillas, pero al mismo tiempo dio origen a uno de los mayores activos turísticos de San Gregorio: sus playas de agua dulce. La gran masa de agua del lago, de aguas tranquilas y sin oleaje fuerte, creó extensas playas de arena que con el tiempo convirtieron al pueblo en un balneario fluvial, un caso singular en un país cuyo turismo de playa se concentra en la costa oceánica.
Así, una obra concebida para generar energía hidroeléctrica terminó dando a San Gregorio de Polanco una nueva vocación. Las playas del embalse atrajeron a veraneantes del interior norte, que encontraron en este rincón de Tacuarembó una alternativa de sol, arena y agua dulce, lejos del mar pero con el encanto de un balneario propio. Buena parte del pueblo que vemos hoy —con su costanera, sus accesos a la playa y su vida de verano— se explica por aquel lago que nació de la represa.
El gran hito en la historia reciente de San Gregorio llegó el 10 de abril de 1993, cuando el pueblo se convirtió en el primer Museo Abierto de Artes Visuales de Uruguay y de América. La idea era tan simple como audaz: si el pueblo no tenía dinero para levantar un museo, entonces el pueblo entero sería el museo. En vez de colgar cuadros en una sala, se pintarían las paredes de las casas, los muros, las fachadas, y la obra quedaría a la intemperie, a la vista de todos, gratis, para siempre.
La iniciativa surgió de la Comisión de Amigos del Arte y la Cultura de San Gregorio, con el respaldo de la Junta Local, los vecinos y, más adelante, de la Intendencia Departamental de Tacuarembó, tomando como referencia una experiencia similar desarrollada en España. Fue clave el compromiso de los propios vecinos, que cedieron sus paredes para que los artistas las intervinieran: sin ese permiso casa por casa, el museo no habría existido.
Una semana antes de la inauguración se convocó en el pueblo a numerosos artistas plásticos, que registraron su arte directamente en las paredes y calles de San Gregorio. Entre los nombres destacados de esa etapa fundacional figuran Gustavo Alamón, Cléver Lara, Tomás Blezio, Luis Scarpa y Luis Muro. Para el día de la inauguración ya se contaba con más de 30 obras terminadas, un número que crecería año a año. Desde entonces, caminar San Gregorio es toparse con arte a cada paso: un retrato en la pared de un almacén, un paisaje abstracto en el costado de una casa, una escena que dialoga con el pueblo y con el río. El museo no tiene puertas ni horarios ni entrada, y esa es justamente su gracia.
Con el correr de los años, el proyecto tomó el nombre de MAAIS (Museo a Cielo Abierto de Arte de Latinoamérica de San Gregorio de Polanco) y se consolidó como un museo vivo: hoy reúne un promedio de 150 murales, una cifra que varía constantemente porque las obras están expuestas al clima y se van renovando o repintando con el tiempo. Cada verano suelen sumarse nuevas intervenciones, muchas veces realizadas durante encuentros y talleres con artistas invitados de Uruguay y del exterior.
En 2023 se celebraron los 30 años del museo, con actividades conmemorativas que reunieron a artistas, vecinos y autoridades departamentales y nacionales, reafirmando el rol del MAAIS como un antecedente pionero del arte urbano y el muralismo en la región. El proyecto es hoy gestionado en conjunto por el Municipio de San Gregorio de Polanco, la Intendencia de Tacuarembó y organismos de cultura y turismo.
Así, San Gregorio combinó dos identidades complementarias: la de balneario fluvial, nacida de la represa de la década de 1940, y la de pueblo museo, nacida del arte en 1993. Esa singular fusión de naturaleza y cultura es la que define hoy a la localidad y la distingue dentro del mapa turístico uruguayo, ofreciendo al viajero una experiencia tan inesperada como memorable en el norte profundo del país.