Durante siglos, cualquier embarcación que remontara el río Uruguay chocaba, a la altura de la actual ciudad, con un obstáculo que no perdonaba: una sucesión de rápidos y desniveles de aguas turbulentas que rompían la navegación en seco. Había que detenerse, bajar las cargas, sortear las piedras a fuerza de brazo. Ese accidente terco de la geografía —los saltos del río— fue lo que le dio nombre a Salto. Y hay una ironía perfecta en la historia: el mismo desnivel que durante siglos frenó a los barcos es el que, en el siglo XX, se convirtió en el motor de la represa de Salto Grande. El estorbo terminó siendo la fuente de energía.
En esta parte de su curso, entonces, el río presentaba históricamente esa serie de saltos o rápidos que dificultaban e interrumpían la navegación. Las embarcaciones que remontaban o descendían el río encontraban en este punto un obstáculo natural que obligaba a detenerse, transbordar las cargas o sortear los rápidos, lo que convirtió al lugar en un punto de paso y de actividad fluvial. De esos saltos del río proviene el nombre de la ciudad y del departamento.
Antes de la llegada de los europeos, la región estaba habitada por pueblos indígenas, principalmente charrúas y grupos de origen guaraní, que vivían de la caza, la pesca y la recolección a orillas del gran río. Para ellos, el río Uruguay y sus recursos eran la base de la vida, y la zona de los saltos era un punto reconocible del territorio.
Curiosamente, aquellos saltos que dieron nombre a la ciudad fueron en buena medida transformados en el siglo XX por la construcción de la represa de Salto Grande, que aprovechó justamente ese desnivel del río para generar energía hidroeléctrica y, al hacerlo, modificó el paisaje original creando un gran embalse. Así, el accidente natural que bautizó a Salto terminó siendo el mismo que, siglos después, dio origen a la gran obra de ingeniería que marca su perfil moderno.
Durante el período colonial, la región del litoral del río Uruguay fue una zona de frontera entre los dominios de las coronas española y portuguesa, y un territorio recorrido por las misiones jesuíticas, las estancias ganaderas y los movimientos de población vinculados al río. La posición de Salto, sobre el gran río que servía de vía de comunicación y de límite, le otorgó desde temprano un valor estratégico y comercial.
A lo largo del siglo XIX, ya en el marco del Uruguay independiente, la ciudad de Salto se fue consolidando como un importante puerto fluvial y centro comercial del litoral. El río Uruguay era una arteria fundamental para el transporte de mercaderías y personas, y Salto, ubicada en un punto clave de ese eje, se benefició del tráfico fluvial, del comercio y de la actividad económica de la región. La llegada de inmigrantes —europeos de distintos orígenes— aportó mano de obra, oficios y dinamismo, y contribuyó al crecimiento de la ciudad.
Ese período de prosperidad dejó su huella en el patrimonio urbano de Salto: edificios señoriales, casonas, plazas y construcciones de fines del siglo XIX y comienzos del XX dan testimonio de aquella época de auge ligada al puerto y al comercio. La ciudad fue creciendo en población e importancia hasta convertirse en una de las principales del país, y desarrolló una vida social, cultural y educativa que la distinguió en el interior uruguayo. Sobre esa base se construyó la Salto moderna, que sumaría más tarde el turismo termal y la gran represa.
A medida que crecía, Salto fue forjando una identidad propia ligada tanto a su producción agrícola como a su vida cultural. En el plano económico, el departamento se convirtió en el gran centro citrícola del Uruguay: el cultivo de naranjas, mandarinas y otros cítricos encontró en el clima y los suelos de la región condiciones ideales, y los naranjales se extendieron por la campaña salteña, transformándose en un emblema productivo e identitario que perdura hasta hoy. La citricultura dio trabajo, riqueza y fama a la zona, y es parte central de la economía y la imagen de Salto.
En el plano cultural, Salto destacó como una ciudad de fuerte vida intelectual y artística, y fue cuna de figuras importantes de la literatura uruguaya. Esa tradición se reflejó en sus instituciones culturales, sus bibliotecas, sus teatros y sus museos, y contribuyó a darle a la ciudad un perfil de centro cultural del interior, más allá de su importancia económica. El patrimonio arquitectónico del período de auge y las instituciones culturales conforman un legado que la ciudad valora y muestra a sus visitantes.
Esta doble identidad —tierra de cítricos y ciudad de cultura— convive con el atractivo turístico que la haría famosa en el siglo XX: el termalismo. La combinación de una ciudad histórica y culta, una rica producción agrícola, un río protagonista y, sobre todo, las aguas termales, configuró el perfil diverso de la Salto contemporánea, capaz de ofrecer al viajero bienestar, naturaleza, historia y cultura en un mismo destino del litoral uruguayo.
Uno de los capítulos más singulares de la historia moderna de Salto es el del descubrimiento y desarrollo de sus aguas termales, que transformaron a la región en uno de los principales destinos de turismo de bienestar del Uruguay. Según la historia más difundida, las aguas termales del litoral surgieron a partir de perforaciones profundas realizadas en la búsqueda de petróleo: en lugar del hidrocarburo, lo que brotó fue agua caliente, mineromedicinal, proveniente de capas subterráneas a gran profundidad.
Lejos de ser una decepción, aquel hallazgo abrió la puerta a un nuevo y próspero rumbo para la región. Las aguas, que brotaban a alta temperatura y con propiedades minerales valoradas por sus efectos relajantes y terapéuticos, fueron aprovechadas para crear complejos termales. Así nacieron destinos como las Termas del Daymán, cerca de la ciudad, y las Termas del Arapey, más al norte, que con el tiempo se convirtieron en algunos de los centros termales más visitados del país.
El turismo termal dio a Salto y a todo el litoral un atractivo turístico de primer orden, especialmente potente en los meses de invierno, cuando el contraste entre el frío y el agua caliente resulta más placentero. En torno a las termas creció una infraestructura de hoteles, posadas, parques acuáticos y servicios de spa que hizo del bienestar una de las grandes industrias de la región. De esta manera, lo que comenzó como una búsqueda fallida de petróleo terminó regalando a Salto un recurso natural que redefinió su identidad turística y la posicionó como la capital termal del Uruguay.
El otro gran hito de la historia moderna de Salto es la construcción de la represa de Salto Grande, una de las obras de ingeniería más importantes del Uruguay y un ejemplo notable de cooperación internacional. Construida sobre el río Uruguay e inaugurada en la década de 1980, es una central hidroeléctrica binacional, gestionada de manera conjunta por Uruguay y Argentina a través de un organismo común, que aprovecha el caudal y el desnivel del río —justamente la zona de los antiguos saltos— para generar energía eléctrica para ambos países.
La magnitud de la obra transformó profundamente la región. La construcción de la represa implicó la creación de un enorme embalse o lago artificial, el Lago de Salto Grande, que se extiende río arriba e inundó tierras y modificó por completo el paisaje fluvial. Ese lago se convirtió, con el tiempo, en un espacio para la pesca, los deportes náuticos y la recreación, sumando un nuevo atractivo natural a la zona. Sobre la coronación de la represa se tendió además un puente internacional que une Salto con la ciudad argentina de Concordia, facilitando el paso fronterizo y la integración entre ambas orillas.
La represa de Salto Grande representa la entrada de Salto en la era de las grandes obras y de la energía, y simboliza la histórica integración entre Uruguay y Argentina en torno al río que comparten. Junto con el termalismo, la citricultura y su patrimonio cultural, la represa completa el perfil de una ciudad y una región que supieron combinar naturaleza, producción, energía y bienestar para convertirse en uno de los grandes polos del litoral uruguayo.