Botes de colores varados en la arena, redes tendidas al sol y el olor a mar y a pescado: así empezó Punta del Diablo, y esa estampa sigue siendo su corazón. El pueblo nació a comienzos del siglo XX como un pequeño y aislado caserío de pescadores en la costa atlántica del departamento de Rocha, en el extremo este de Uruguay. A diferencia de otros balnearios planificados, no surgió de un proyecto inmobiliario ni de la voluntad de un fundador, sino del trabajo y la vida cotidiana de las familias de pescadores que se asentaron en esta punta del litoral atlántico. Construyeron con sus propias manos casas sencillas de madera, caña y materiales de la zona, y organizaron su existencia en torno al mar.
La actividad central, durante décadas, fue la pesca artesanal de tiburón, especialmente del cazón. De estos escualos se aprovechaba la carne y, sobre todo, el hígado, rico en aceite, que tenía valor comercial. Era una vida dura, marcada por las salidas al mar en pequeñas embarcaciones, las inclemencias del Atlántico y el aislamiento de un pueblo lejano, sin caminos buenos ni servicios. Esa identidad pescadora dejó una marca que todavía se respira en el 'puerto' —la caleta donde varan los botes de colores— y en la Playa de los Pescadores.
El propio nombre del lugar está rodeado de explicaciones e historias. Las versiones más difundidas lo asocian a una punta rocosa peligrosa para la navegación o a leyendas locales en torno a la figura del 'diablo', habituales en pueblos costeros donde el mar y sus peligros alimentan el imaginario popular. Sea cual sea el origen exacto, el nombre quedó fijado y hoy es parte del aura singular y un poco mítica del lugar.
Para entender la historia de Punta del Diablo hay que mirar el contexto más amplio de la región de Rocha, una zona de frontera disputada entre los imperios portugués y español durante el período colonial. Esta franja del litoral atlántico, cercana a lo que hoy es la frontera con Brasil, fue durante el siglo XVIII un territorio en pugna, donde ambas coronas buscaban afirmar su dominio sobre los límites meridionales de sus posesiones americanas.
El testimonio más imponente de esa disputa es la Fortaleza de Santa Teresa, hoy a pocos kilómetros de Punta del Diablo, dentro del Parque Nacional homónimo. Los portugueses comenzaron a levantarla en octubre de 1762, bajo el mando de Osorio, para frenar el avance español tras la conquista de Colonia del Sacramento por Pedro de Cevallos. Duraría poco en sus manos: el 19 de abril de 1763, el propio general español Pedro de Cevallos la tomó por capitulación, apresando a Osorio y a algo más de cien hombres de la guarnición. A partir de entonces fueron los españoles quienes ampliaron y terminaron la fortaleza —una obra mayor construida entre 1765 y 1775, con diseño del ingeniero Bartolomé Howel y trabajo de indígenas guaraníes— y el Tratado de San Ildefonso (1777) confirmó su posesión española. De planta poligonal, con gruesos muros de piedra, baluartes y fosos, controlaba el paso costero entre los territorios en disputa junto al mar y las lagunas.
Esta historia militar y fronteriza forma parte del paisaje y la identidad de toda la zona. Cuando, mucho después, surgió el caserío de pescadores de Punta del Diablo, lo hizo en un territorio cargado de ese pasado colonial. Hoy la fortaleza, declarada Monumento Histórico Nacional y restaurada, es una de las visitas obligadas de la región, y permite imaginar aquellos tiempos en que esta costa, hoy tranquila y bohemia, era escenario de tensiones entre imperios por el control de la frontera sur del continente.
Durante la mayor parte del siglo XX, Punta del Diablo siguió siendo una aldea de pescadores apartada, conocida solo por algunos viajeros que se aventuraban hasta este rincón de la costa de Rocha. Su aislamiento, la falta de grandes desarrollos y la belleza agreste de sus playas, sus médanos y su mar bravío fueron, paradójicamente, lo que terminó por atraer a un nuevo tipo de visitante.
Hacia las décadas finales del siglo XX, artistas, surfistas, mochileros y viajeros en busca de naturaleza y autenticidad empezaron a descubrir el lugar. El pueblo, con sus casas de madera, sus calles de arena y su ambiente libre y descalzo, se fue convirtiendo en un refugio bohemio, una alternativa a los balnearios más urbanizados y exclusivos de la costa uruguaya como Punta del Este. Llegaron artesanos que montaron sus ferias, se abrieron hostels, posadas y comedores de pescado, y se fue forjando esa identidad alternativa que hoy lo caracteriza.
Ese crecimiento trajo, con el tiempo, un aumento notable del turismo, sobre todo en verano, cuando la población del pueblo se multiplica de manera espectacular. El desafío de Punta del Diablo ha sido, desde entonces, crecer como destino turístico sin perder el alma que lo hizo famoso: ese carácter rústico, artístico y relajado de antiguo pueblo de pescadores. Hoy conviven la efervescencia bohemia y multitudinaria del verano con la calma profunda y melancólica de la temporada baja, cuando el pueblo casi se vacía y vuelve a quedar a solas con su mar.
La historia de Punta del Diablo no se entiende sin su entorno natural, uno de los más ricos y mejor conservados del Uruguay. El departamento de Rocha alberga un conjunto de lagunas costeras, bañados, palmares, médanos y montes que constituyen ecosistemas de enorme valor ecológico, reconocidos a nivel internacional por su biodiversidad y su importancia para las aves migratorias.
Cerca del pueblo se encuentra la Laguna Negra, llamada así por el color oscuro de sus aguas, que forma parte de este sistema de lagunas y humedales. Junto a otros cuerpos de agua de la región, conforma áreas protegidas que resguardan una fauna abundante: aves acuáticas y migratorias, mamíferos, reptiles y una flora característica de los ambientes de transición entre la costa atlántica y el interior. El propio Parque Nacional Santa Teresa, con sus bosques plantados, sus playas vírgenes y su fortaleza, combina patrimonio histórico y natural en un mismo espacio.
Esta riqueza natural es hoy uno de los grandes atractivos de la zona y un componente esencial de su identidad. El turismo de naturaleza —avistaje de aves, cabalgatas, caminatas, visitas a estancias— convive con el turismo de playa y de surf. La conservación de estos ambientes es también un tema central para el futuro de la región, que busca un equilibrio entre el desarrollo turístico y la protección de un patrimonio natural que, junto con el alma de pueblo de pescadores, define el carácter único de Punta del Diablo y de toda la costa de Rocha.