La historia de Piriápolis no se puede contar sin la de su creador, una de las figuras más extraordinarias y enigmáticas del Uruguay: Francisco Piria (1847-1933). De ascendencia italiana, Piria fue un hombre de múltiples talentos y obsesiones: empresario y rematador exitosísimo (revolucionó el negocio inmobiliario en Montevideo con sus famosos remates), escritor, periodista y, sobre todo, un apasionado estudioso de la alquimia, la masonería y el esoterismo, disciplinas que marcarían profundamente su obra más ambiciosa.
Piria amasó una gran fortuna con sus negocios, especialmente con el loteo y la venta de tierras. Pero su sueño iba más allá del dinero: quería crear, de la nada, una ciudad balnearia ideal, una obra total que combinara la belleza natural, el lujo, la salud y sus propias concepciones simbólicas y energéticas del mundo. Para ello, a fines del siglo XIX, puso sus ojos en una zona de cerros, sierras y costa en el departamento de Maldonado, sobre el Río de la Plata, donde la geografía de mar y montaña le pareció el escenario perfecto para su proyecto.
A partir de la última década del siglo XIX, Piria fue comprando enormes extensiones de tierra en la región y comenzó la titánica empresa de construir su ciudad. No se trataba de un balneario más: era el proyecto personal de un hombre que se veía a sí mismo casi como un demiurgo capaz de moldear un territorio entero según su visión. Esa impronta de creación individual y total es lo que hace de Piriápolis un lugar absolutamente único.
La construcción de Piriápolis fue una obra colosal y de largo aliento. Todo empezó en el Carnaval de 1889, cuando Piria visitó la zona y quedó prendado del paisaje entre cerros y mar; un mes después firmaba la escritura de compra de una propiedad de unas 2.700 hectáreas. En 1890 fundó allí su 'Establecimiento Agronómico', primer paso de un proyecto que crecería durante más de cuatro décadas. A diferencia de las ciudades que crecen de manera espontánea, Piriápolis fue planificada y edificada como un proyecto integral: Piria diseñó su trazado, sus avenidas, su rambla, su puerto y forestó los cerros antes desnudos, transformando por completo el paisaje.
Uno de sus primeros grandes emprendimientos fue su propia residencia, el Castillo de Piria, un palacio ecléctico al pie de los cerros —diseñado por el ingeniero Aquiles Monzani y terminado el 17 de agosto de 1897— que le servía de hogar y centro de operaciones. Levantó también monumentos y obras como la Fuente del Toro, en el cerro homónimo, alimentada por manantiales de la sierra, en sintonía con la idea de un balneario asociado a las aguas y la salud. El primer alojamiento turístico, el Gran Hotel Piriápolis, abrió en 1904; la rambla se inauguró en 1916 y el puerto se construyó por esos mismos años, dando a la ciudad su perfil marítimo.
La coronación de su obra fue el majestuoso Hotel Argentino: su piedra fundamental se colocó en 1920 y se inauguró diez años después, en 1930, con diseño del arquitecto francés Pierre Guichot. Concebido como uno de los hoteles más grandes y lujosos de Sudamérica de su tiempo, era un coloso frente a la rambla pensado para atraer al turismo de elite. Con el hotel, la rambla, el puerto, los cerros forestados y su trazado completo, Piria había logrado lo impensable: hacer surgir, de un territorio casi virgen, una ciudad balnearia entera nacida de la voluntad de un solo hombre.
Si algo distingue a Piriápolis de cualquier otro balneario, es la fama de ser una 'ciudad esotérica' o 'alquímica'. Esta reputación se basa en la conocida afición de Francisco Piria por la alquimia, la masonería y las ciencias ocultas, y en la creencia, muy difundida, de que Piria no diseñó su ciudad al azar, sino que la concibió según criterios simbólicos, energéticos y esotéricos cuidadosamente calculados.
Según esta tradición —mezcla de hechos, interpretaciones y leyendas—, Piria habría ubicado los principales hitos de la ciudad (el Castillo, el Hotel Argentino, los cerros San Antonio, del Toro y Pan de Azúcar, las fuentes, los monumentos) siguiendo alineaciones, formas geométricas y significados alquímicos. Se habla de que el conjunto representaría un 'recorrido' iniciático o simbólico, de la presencia de símbolos masónicos y alquímicos en sus construcciones, y de la elección de los emplazamientos por sus supuestas propiedades energéticas. La idea del balneario como lugar de salud y bienestar, ligado a las aguas, encaja en esa visión casi 'sanadora'.
Hay que tomar estas interpretaciones con la prudencia que merece toda materia esotérica: muchas son especulaciones o leyendas, difíciles de comprobar, alimentadas por la fascinante personalidad de Piria. Pero, sea cuanto haya de cierto, lo indudable es que esta aura de misterio forma parte esencial de la identidad de Piriápolis y es hoy uno de sus mayores atractivos: visitarla es recorrer no solo un balneario clásico, sino la obra enigmática de un hombre que quiso impregnar de sentido oculto cada rincón de su ciudad soñada.
Tras la muerte de Francisco Piria en 1933, su ciudad siguió su propio camino. A lo largo del siglo XX, Piriápolis fue evolucionando desde el balneario de elite que Piria había imaginado hacia un destino más popular y familiar, uno de los lugares de veraneo más queridos y tradicionales del Uruguay. Generaciones de familias uruguayas y argentinas eligieron Piriápolis para sus vacaciones, atraídas por sus playas, su rambla, sus cerros y su ambiente tranquilo y accesible.
Mientras la vecina Punta del Este se desarrollaba como destino de lujo y glamour internacional, Piriápolis conservó un perfil distinto: más clásico, más económico, más familiar, con su encanto de balneario de otra época intacto. El Hotel Argentino, símbolo de su esplendor original, continuó funcionando (hoy como hotel termal), y el conjunto de la ciudad mantuvo el sello inconfundible que le había dado su creador, sin la urbanización agresiva de otros balnearios.
La Piriápolis de hoy combina, así, varios atractivos: el de un balneario tradicional y familiar de la costa uruguaya, ideal para unas vacaciones tranquilas y accesibles; el de un destino de naturaleza, gracias a sus cerros y sierras (San Antonio, del Toro, Pan de Azúcar) y a la cercanía con reservas y paisajes serranos; y el del misterio, por su condición de obra esotérica de Francisco Piria. Su historia —la de la ciudad soñada y construida por un alquimista visionario— sigue viva en cada uno de sus rincones, y hace de Piriápolis un lugar con un alma propia, distinto a cualquier otro de la costa.