En lo más alto del Cerro Pan de Azúcar, a más de 380 metros sobre las sierras del sureste, hay una cruz de cemento de 35 metros por cuyo interior se puede trepar hasta la altura de los brazos. Se inauguró en 1938, y para entender por qué está ahí hay que remontarse al cerro mismo: fue él, y no el pueblo, el que dio nombre e identidad a toda esta comarca de Maldonado. El Cerro Pan de Azúcar se cita habitualmente entre los puntos más altos del Uruguay —fuentes distintas le asignan entre 389 y 423 metros—, y su silueta cónica y aislada lo vuelve un hito visible desde grandes distancias, una referencia natural en un país de relieve suave.
El nombre responde justamente a esa forma. 'Pan de azúcar' era la denominación que recibían los moldes cónicos en los que, hasta el siglo XIX, se vendía el azúcar refinado: bloques con la base ancha y la punta redondeada. Por su parecido con esos moldes, la toponimia colonial y poscolonial bautizó así a numerosos cerros y morros de forma cónica en distintas partes del mundo —el caso más famoso es el Pão de Açúcar de Río de Janeiro—, y el cerro uruguayo se sumó a esa tradición.
Mucho antes de que existiera un pueblo, el cerro fue un punto de orientación para los pueblos originarios que recorrían estas sierras y, más tarde, para los viajeros, arrieros y tropas que cruzaban la región en tiempos coloniales y de las luchas de la independencia. Su entorno de monte serrano, pastizales y afloramientos rocosos forma parte del paisaje característico del sureste uruguayo, hoy valorado como refugio de biodiversidad.
El pueblo de Pan de Azúcar nació y creció al pie del cerro, en el departamento de Maldonado, vinculado al avance del ferrocarril y a la explotación de las canteras de piedra de la región durante la segunda mitad del siglo XIX y comienzos del XX. La llegada de las vías férreas, que unían el sureste con Montevideo y otras zonas del país, fue decisiva para dar forma a la localidad y para impulsar su economía.
La actividad de cantera —la extracción de piedra de las sierras cercanas— marcó buena parte de la vida laboral del lugar, junto con la producción agropecuaria del entorno rural. Esa combinación de ferrocarril, cantera y campo le dio al pueblo una identidad de localidad de trabajo, distinta del perfil balneario de la costa cercana. Con el tiempo, Pan de Azúcar fue consolidándose como una pequeña ciudad del interior maldonadense, con su plaza, su iglesia, sus comercios y su trama urbana asentada.
La cercanía de la naciente Piriápolis —fundada por el empresario Francisco Piria a comienzos del siglo XX, a pocos kilómetros sobre la costa— vinculó a toda la comarca con un mismo impulso de desarrollo. La región del sureste serrano combinó así el crecimiento del balneario costero con la vida de los pueblos del interior como Pan de Azúcar, ligados a la tierra, la piedra y el riel.
Ninguna historia del entorno de Pan de Azúcar puede ignorar la figura de Francisco Piria (1847-1933), el empresario, rematador y visionario que, a comienzos del siglo XX, fundó y construyó la cercana ciudad balnearia de Piriápolis, a pocos kilómetros sobre la costa. Piria fue un personaje fascinante —comerciante, escritor, alquimista aficionado— que imaginó y levantó un balneario completo con su rambla, su gran hotel y un trazado pensado con minuciosidad, dejando una marca profunda en toda la región.
La proximidad de Piriápolis ligó la suerte de Pan de Azúcar a la de la comarca. Mientras Piria desarrollaba su balneario y atraía visitantes y obras a la costa, los pueblos del interior cercano, como Pan de Azúcar, formaban parte del mismo paisaje de sierras y campos en transformación. Diversas obras y emprendimientos de la época vincularon el desarrollo costero con el interior serrano del sureste maldonadense.
Al Cerro Pan de Azúcar se asocia, además, la gran cruz de hormigón armado erigida en su cima, uno de los monumentos más visibles de la zona y un punto de referencia que corona el paisaje. La combinación del cerro, su cruz y el entorno de sierras consolidó a la comarca como un lugar reconocible dentro del mapa turístico y natural del Uruguay.
El elemento más reconocible de la cima del Cerro Pan de Azúcar es la enorme cruz de cemento que se levanta en lo más alto: 35 metros de altura, visible desde muchos kilómetros a la redonda. Su origen es concreto y documentado. En 1933, al cumplirse 1900 años de la muerte de Cristo, el papa Pío XI proclamó un 'Año Santo de la Redención', y ese fue el impulso para que la Iglesia promoviera la construcción del monumento en la cumbre. La cruz fue diseñada en colaboración por el arquitecto Guillermo Armas O'Shanahan, el escultor José Luis Zorrilla de San Martín —hijo del poeta Juan Zorrilla de San Martín— y el padre Engels Walters, y la levantó la empresa constructora de los arquitectos Ísola y Armas. Se inauguró en 1938, con una misa oficiada por el presbítero Juan Carlos Zorrilla de San Martín.
Por dentro, la cruz tiene una escalera que permite subir hasta la altura de los brazos, donde se abre una vista panorámica de 360 grados sobre las sierras, los campos, Piriápolis y la franja costera del Río de la Plata. Se inscribe en una tradición —común en muchas montañas y cerros del mundo— de coronar las cumbres con monumentos religiosos o conmemorativos, pero le sumó al cerro uruguayo un atractivo extra: la posibilidad de trepar al interior del monumento y asomarse a la región desde uno de los puntos más altos del país. Para muchos visitantes, alcanzar la cruz es la recompensa de la caminata. Su valor patrimonial es tal que asociaciones civiles de Piriápolis han propuesto que se la declare Monumento Histórico Nacional.
Con el correr de las décadas, el conjunto del cerro, la cruz y su entorno fue ganando valor como destino de senderismo y naturaleza. La protección del área en torno a la base del cerro como reserva de fauna autóctona reforzó ese rol, convirtiendo al Cerro Pan de Azúcar en un punto clásico del turismo de naturaleza del sureste, accesible para familias y caminantes.
En la base del Cerro Pan de Azúcar funciona la Reserva de Fauna Autóctona, un espacio dedicado a la conservación y exhibición de especies de la fauna uruguaya y de la región. Su creación respondió al interés por proteger la biodiversidad del entorno serrano y por acercar al público al conocimiento de los animales nativos, en un predio natural al pie del cerro.
La reserva se sumó a la valoración creciente del sureste uruguayo como una región de relevancia natural. Las sierras de Maldonado y Lavalleja, con su monte nativo, sus pastizales y sus afloramientos rocosos, son refugio de numerosas especies y forman parte de los paisajes serranos más característicos del país. En ese marco, el Cerro Pan de Azúcar y su reserva cumplen un doble papel: conservación y educación ambiental, por un lado, y atractivo turístico de naturaleza, por otro.
Hoy, la combinación del cerro, su cruz, su sendero y la reserva de fauna hace de Pan de Azúcar un punto clásico del turismo de naturaleza del sureste, muy elegido por familias y por quienes buscan caminatas accesibles con buenas vistas. El pueblo, apacible y de raíces ferroviarias, funciona como puerta de entrada a esta porción del Uruguay serrano, a un paso de la costa de Piriápolis.