A diferencia de muchas ciudades hispanoamericanas, Montevideo no nació de un impulso colonizador temprano, sino de una urgencia geopolítica. Durante los siglos XVII y XVIII, la Banda Oriental (el actual Uruguay) era una tierra de frontera disputada entre las coronas de España y Portugal. Los portugueses habían fundado en 1680 la Colonia do Sacramento, justo enfrente de Buenos Aires, y desde allí presionaban sobre el estuario del Río de la Plata, una de las llaves del comercio del Atlántico Sur. España necesitaba frenar ese avance.
La bahía de Montevideo ofrecía uno de los mejores puertos naturales de la región, abrigado y profundo. Por eso, cuando en 1723 los portugueses intentaron instalarse allí, el gobernador de Buenos Aires, Bruno Mauricio de Zabala, reaccionó: los expulsó y dio inicio a la fundación de una plaza fuerte española en el lugar. El proceso fundacional se desarrolló entre 1724 y 1730. En 1726 comenzó el reparto de solares y la llegada de las primeras familias pobladoras —vecinos traídos de Buenos Aires y, sobre todo, familias de las Islas Canarias, los 'canarios' que tanto marcaron la identidad montevideana— y en 1730 se constituyó el primer Cabildo, considerado el acto que completa la fundación.
La ciudad nació con el nombre de San Felipe y Santiago de Montevideo y como una urbe planificada y militar: amurallada, con su ciudadela, su plaza, su iglesia matriz y un trazado en cuadrícula. Su razón de ser era, ante todo, defensiva: ser el bastión español frente a la amenaza portuguesa y un puerto rival del de Buenos Aires en el estuario.
Pocos nombres de ciudad han dado lugar a tantas teorías y leyendas como el de Montevideo. El origen exacto del topónimo es objeto de debate entre historiadores y lingüistas, y conviven varias explicaciones, ninguna definitivamente probada.
La versión más popular y difundida —más leyenda que historia comprobada— cuenta que un marinero de la expedición de Magallanes, al avistar el cerro que domina la bahía, habría exclamado en portugués '¡Monte vide eu!' ('¡Monte vi yo!'). Otra explicación muy repetida sostiene que el nombre proviene de una anotación en los mapas y portulanos antiguos: 'Monte VI de Este a Oeste' (es decir, el sexto monte u accidente contado en esa dirección a lo largo de la costa), donde el numeral romano VI y la abreviatura habrían terminado fundiéndose en 'Montevideo'. Esta hipótesis del 'Monte VI D[e] E[ste] [a] O[este]' es una de las más citadas, aunque también discutida.
Una tercera línea, defendida por varios estudiosos, considera que el nombre deriva simplemente de una descripción geográfica en portugués o en castellano antiguo, algo así como 'monte que se ve' (un 'Monte-vide-eu' o 'Monte vi') aplicado al cerro que servía de referencia a los navegantes que entraban al Río de la Plata. Lo que casi todas las teorías comparten es que el nombre está ligado al Cerro de Montevideo, ese morro que corona la bahía y que fue durante siglos el faro natural de la ciudad. El misterio del nombre forma parte del encanto y la identidad montevideana.
Durante el siglo XVIII, Montevideo creció a la sombra de su función militar y portuaria. Era una ciudad amurallada, con su ciudadela y sus baterías defensivas, pensada para resistir. Pero su excelente puerto natural pronto la convirtió también en un activo centro comercial, rival del de Buenos Aires al otro lado del estuario, una rivalidad que marcaría la historia rioplatense durante siglos.
La importancia estratégica de Montevideo quedó consagrada en 1776, cuando fue designada sede del Real Apostadero de Marina, la base naval española en el Atlántico Sur, encargada de controlar y proteger la navegación en toda la región. Esto reforzó su carácter de plaza fuerte y le dio un peso militar y administrativo notable dentro del recién creado Virreinato del Río de la Plata. La ciudad se llenó de funcionarios, marinos, comerciantes y una sociedad colonial cada vez más diversa, que incluía a una numerosa población africana esclavizada cuya impronta cultural —sobre todo en el candombe— sería decisiva.
A comienzos del siglo XIX, Montevideo fue escenario directo de los conflictos del fin del período colonial. Durante las Invasiones Inglesas, las tropas británicas tomaron y ocuparon la ciudad en 1807, antes de ser expulsadas del Río de la Plata. Pocos años después, con el estallido de los movimientos independentistas a partir de 1810, la ciudad se convirtió en un bastión realista (leal a España) frente a la revolución que avanzaba desde Buenos Aires y desde la campaña oriental, anticipando las grandes luchas que vendrían.
La primera mitad del siglo XIX fue, para Montevideo y para toda la Banda Oriental, una época de guerras casi continuas. De esta tierra surgió la figura máxima de la nacionalidad uruguaya: José Gervasio Artigas, el caudillo que lideró la lucha de los orientales y que es venerado como prócer fundamental del país, con su ideario federal y su defensa de los más humildes. La región pasó por sucesivas dominaciones —española, la breve experiencia artiguista, la ocupación portuguesa y luego la anexión al Imperio del Brasil como Provincia Cisplatina—, en una disputa constante entre los grandes poderes vecinos.
El punto de inflexión llegó tras la guerra entre las Provincias Unidas (Argentina) y el Imperio del Brasil por el control de la Banda Oriental. La 'Cruzada Libertadora' de los Treinta y Tres Orientales, liderados por Juan Antonio Lavalleja en 1825, reavivó la lucha por la independencia. El conflicto se resolvió, con mediación británica, en la Convención Preliminar de Paz de 1828, que reconoció la creación de un Estado independiente como zona de amortiguación entre las dos potencias. En 1830 se juró la primera Constitución del Estado Oriental del Uruguay, y Montevideo quedó consagrada como su capital.
La joven república nació, sin embargo, en medio de profundas divisiones internas entre dos bandos que marcarían su historia: los blancos y los colorados. Esas tensiones desembocaron en la Guerra Grande (1839-1851), durante la cual Montevideo soportó el llamado Sitio Grande: un asedio que duró casi nueve años (1843-1851), en el que la ciudad, defendida por los colorados y apoyada por extranjeros, resistió el cerco de las fuerzas del caudillo blanco Manuel Oribe, aliado del argentino Juan Manuel de Rosas. Por su heroica resistencia, Montevideo fue comparada con una 'nueva Troya'.
Tras las décadas convulsas del siglo XIX, Montevideo vivió su gran transformación entre fines de ese siglo y las primeras décadas del XX. La ciudad derribó sus viejas murallas coloniales, se expandió más allá de la Ciudad Vieja y se modernizó a un ritmo vertiginoso, alimentada por una enorme ola de inmigración europea —española e italiana sobre todo— que cambió su rostro, su acento y su cultura, dándole ese aire profundamente rioplatense que comparte con Buenos Aires.
El período está indisolublemente ligado a la figura de José Batlle y Ordóñez, presidente en dos ocasiones a comienzos del siglo XX y arquitecto del llamado 'Uruguay batllista'. Bajo su impulso, el país y su capital se convirtieron en pioneros de un Estado de bienestar avanzado para la época: legislación social, separación de la Iglesia y el Estado, educación pública, jornada laboral de ocho horas y una vocación democrática que le valieron al Uruguay el apodo de 'la Suiza de América'. Montevideo era la vidriera de esa modernidad.
La ciudad se llenó de obras públicas, parques, ramblas, teatros y edificios monumentales de estilo ecléctico, art nouveau y, más tarde, art déco. La rambla costanera, los grandes parques como el Prado y el Parque Rodó, el Palacio Legislativo, el Estadio Centenario (construido en 1930 para el primer Mundial de fútbol, que Uruguay organizó y ganó) y el Palacio Salvo son hijos de esa época de prosperidad y optimismo. Montevideo se consolidó así como una capital culta, europeizada y orgullosa, cuya identidad —la del mate y la rambla, el fútbol y el candombe, el tango y la murga— sigue viva hasta hoy.
Si la historia política explica cómo se construyó Montevideo, su cultura explica cómo se siente. Y en el corazón de esa identidad late el candombe, el ritmo afrouruguayo nacido del legado de los africanos esclavizados que llegaron al puerto durante la época colonial. El candombe se toca con tres tambores —chico, repique y piano—, y sus cuerdas de tamboriles recorren las calles de barrios como Sur y Palermo en las 'llamadas', haciendo vibrar la ciudad. En 2009, la Unesco inscribió 'el candombe y su espacio sociocultural' en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.
Ese candombe es uno de los pilares del Carnaval de Montevideo, considerado el más largo del mundo: se extiende por unos cuarenta días, entre enero y marzo. Su gran fiesta es el Desfile de Llamadas, donde decenas de comparsas de candombe desfilan por las calles del barrio Sur con sus tamboriles, sus bailarinas, sus personajes tradicionales (la mama vieja, el gramillero, el escobero) y un despliegue de color y energía contagiosos. La otra gran cara del Carnaval son las murgas, conjuntos corales y satíricos que, desde los tablados (escenarios barriales), hacen crítica social y política con humor, en un género muy propio del Uruguay.
A esta riqueza se suman otras expresiones que hacen a la identidad montevideana: el tango y la milonga, que comparte con Buenos Aires (Montevideo reclama incluso ser cuna de 'La Cumparsita', el tango más famoso del mundo); la cultura del mate, omnipresente en la rambla y en cada rincón; el fútbol como pasión nacional; y una vida literaria y artística intensa. Toda esa mezcla —española, italiana, africana, criolla— hace de Montevideo una capital de escala humana pero de alma honda, donde la historia se vive en sus plazas, su música suena en sus calles y su gente la habita con una calidez tranquila y orgullosa.