El turista que hoy busca en Maldonado solo la antesala de Punta del Este suele ignorar un dato incómodo para el glamour vecino: cuando la península de Punta del Este no era más que un médano con faros, Maldonado ya llevaba casi un siglo de existencia como plaza fuerte del imperio español, con su cuartel, su torre de vigilancia y sus cañones apuntando al mar. La ciudad 'de servicio' es, en realidad, la ciudad madre; el balneario famoso es el recién llegado. Para entender esa paradoja hay que remontarse muy atrás, a mucho antes de que existiera ciudad alguna.
Antes de que existiera ciudad alguna, las tierras del actual departamento de Maldonado, entre el Río de la Plata y el océano Atlántico, estaban habitadas por pueblos cazadores-recolectores. Los charrúas y, sobre todo en la zona costera y serrana, grupos emparentados como los minuanes recorrían estas sierras, arroyos y playas siguiendo la caza y la pesca. Eran pueblos seminómades, de gran movilidad, que dejaron su huella en cerritos, paraderos y herramientas de piedra repartidos por toda la región. La llegada de los europeos, primero como exploradores y más tarde como colonizadores, alteró para siempre ese mundo originario.
El nombre 'Maldonado' es anterior a la ciudad y proviene del propio accidente geográfico: la Punta del Este y el entorno costero figuraban en las cartas náuticas como tierras 'de Maldonado' desde los tiempos tempranos de la exploración del Río de la Plata. La tradición más difundida atribuye el topónimo a un tal Francisco Maldonado, un poblador, marinero o capitán vinculado a las primeras expediciones españolas que recorrieron estas costas en el siglo XVI, en tiempos de la exploración del estuario. Su apellido habría quedado fijado en la punta, el cerro y luego en la ciudad y el departamento.
Más allá de la anécdota del nombre, lo cierto es que la región de Maldonado fue, durante más de dos siglos, una zona de paso y de disputa: punto de referencia para los navegantes que entraban al Río de la Plata, escala de aguada y, sobre todo, frontera caliente entre los dominios que España y Portugal se disputaban en la Banda Oriental. Esa condición de frontera explica por qué, cuando finalmente nació una ciudad, lo hizo con vocación militar.
La fundación de Maldonado se entiende dentro de la larga pulseada entre España y Portugal por el dominio de la Banda Oriental. Los portugueses habían fundado Colonia del Sacramento en 1680 sobre el Río de la Plata, y la Corona española respondió fortaleciendo su presencia: fundó Montevideo (1724-1730) como gran plaza fuerte y, pocas décadas después, decidió afianzar también el flanco oriental, en la entrada del estuario, donde la Punta del Este y la bahía de Maldonado ofrecían un punto estratégico para vigilar y defender el acceso al Río de la Plata.
La tarea recayó en José Joaquín de Viana, primer gobernador de Montevideo, quien impulsó la instalación de pobladores y de una guarnición militar en el paraje de Maldonado hacia mediados de la década de 1750. Las fuentes sitúan la fundación de la villa de San Fernando de Maldonado en torno a 1755-1757 (con poblamiento que se fue consolidando en esos años), bajo la advocación de San Fernando, de donde toma su nombre la plaza principal, la Plaza San Fernando. Nació, así, como una villa de frontera, con vocación defensiva y de control del territorio.
La impronta militar quedó grabada en su trazado y en sus edificios. Se levantaron baterías y fortificaciones para proteger la costa, una torre de vigilancia —la Torre del Vigía— desde la que se oteaba el horizonte en busca de barcos, y un cuartel para alojar a las tropas: el Cuartel de Dragones, destinado a los regimientos de caballería (los dragones) que custodiaban la región. Estos edificios, hoy joyas patrimoniales del casco histórico, recuerdan que Maldonado fue, antes que ciudad turística, un bastión de la presencia española en el extremo oriental del imperio.
A comienzos del siglo XIX, en el marco de las guerras napoleónicas y de la rivalidad entre Gran Bretaña y España, el Río de la Plata se convirtió en objetivo de las fuerzas británicas. Tras la primera invasión a Buenos Aires en 1806, las tropas inglesas pusieron sus ojos en la costa oriental, y Maldonado, por su posición estratégica en la entrada del estuario, fue uno de los primeros puntos atacados.
En octubre-noviembre de 1806, una fuerza británica desembarcó en la zona y tomó la villa de Maldonado y la isla de Gorriti, frente a la costa, que utilizaron como base de operaciones. La plaza fuerte española, pese a sus fortificaciones, no pudo resistir el empuje de la flota y el ejército británicos. Maldonado quedó bajo ocupación inglesa durante un tiempo, hasta que el grueso de las fuerzas se trasladó para concentrar el ataque sobre Montevideo, la gran plaza fuerte de la Banda Oriental, que cayó en febrero de 1807.
La aventura británica en el Plata terminó en fracaso: tras la dura derrota en la segunda invasión a Buenos Aires en 1807, los ingleses negociaron su retirada de toda la región, incluida Montevideo. Para Maldonado, aquellos episodios dejaron la memoria de haber sido una de las primeras plazas tomadas y un testimonio de su valor estratégico. Las fortificaciones, baterías y la propia isla de Gorriti, escenario de combates, quedaron asociadas a este capítulo de la historia rioplatense.
A lo largo del proceso de independencia de la Banda Oriental, Maldonado fue escenario y partícipe de los grandes acontecimientos que dieron nacimiento al Uruguay. La región vivió el paso de los ejércitos durante el ciclo artiguista, las luchas contra el dominio español primero y portugués después, y la posterior guerra contra el Imperio del Brasil, en un territorio que cambió de manos y de banderas varias veces antes de la consolidación definitiva del país.
Con la creación del Estado Oriental del Uruguay, tras la independencia jurada en 1830, el país se organizó en departamentos, y Maldonado pasó a ser la capital de uno de ellos: el departamento de Maldonado, que abarcaba un extenso territorio del este (del que más tarde se desprendería el departamento de Rocha, creado en 1880). La ciudad consolidó así su rol administrativo y se convirtió en el centro político de una región predominantemente ganadera y agrícola, de estancias, campos y pequeños poblados.
Durante buena parte del siglo XIX y comienzos del XX, Maldonado fue una tranquila capital del interior, alejada todavía del bullicio que vendría con el turismo. Su economía giraba en torno al campo, al puerto y a su función de cabecera departamental. El gran cambio —el que transformaría a toda la región y proyectaría a Maldonado al mapa del mundo— estaba por llegar de la mano de una península vecina, hasta entonces poco más que un cabo de médanos y faros: Punta del Este.
El siglo XX trajo para Maldonado la transformación más profunda de su historia, y no por su propio casco histórico, sino por lo que ocurría a pocos kilómetros, en la península. A fines del siglo XIX y comienzos del XX, la vecina Punta del Este empezó a desarrollarse como balneario: se forestaron los médanos, se trazaron calles, se construyeron las primeras casas de veraneo y hoteles, y la antigua punta de faros comenzó a recibir a las familias acomodadas de Montevideo y Buenos Aires que buscaban el mar.
A medida que Punta del Este crecía hasta convertirse, ya en la segunda mitad del siglo XX, en uno de los balnearios más famosos de América del Sur —destino de la alta sociedad, las celebridades y el turismo internacional—, Maldonado fue asumiendo un rol complementario y decisivo: el de ciudad de servicios de todo ese polo turístico. Mientras Punta del Este concentraba el glamour, las playas y la temporada, Maldonado aportaba la población estable, los hospitales, los comercios, la administración y la mano de obra que hacían funcionar a la región durante todo el año.
Así, Maldonado y Punta del Este terminaron prácticamente conurbadas, formando un único gran polo urbano y turístico que es hoy el motor económico del este uruguayo. La ciudad creció aceleradamente al ritmo del turismo, multiplicando su población y sus servicios. Sin perder su casco histórico colonial —su plaza, su catedral, su torre y su cuartel—, Maldonado pasó de ser una tranquila capital ganadera a ser la ciudad que sostiene, todo el año, a uno de los destinos de playa más reconocidos del continente.
El gran legado de aquellos siglos de historia es el casco histórico de Maldonado, uno de los conjuntos patrimoniales más interesantes del Uruguay y una sorpresa para quienes solo conocen la cara playera de la región. En su corazón está la Plaza San Fernando, la plaza fundacional, rodeada de edificios que cuentan el pasado colonial e independentista de la ciudad y dominada por la Catedral de Maldonado, levantada a lo largo de décadas y uno de los templos históricos del país.
Entre sus monumentos más emblemáticos se destacan dos testigos de su vocación militar. La Torre del Vigía, una torre de vigilancia desde la que se oteaba el horizonte en busca de barcos —fueran amigos o enemigos—, recuerda los tiempos en que Maldonado era una plaza fuerte expuesta a las amenazas del mar. Y el Cuartel de Dragones, un amplio cuartel construido para alojar a los regimientos de caballería (los dragones) que custodiaban la región, hoy convertido en uno de los principales atractivos patrimoniales y culturales de la ciudad, sede de actividades y museos.
A estos se suman museos, casonas, capillas y la propia trama de calles del casco antiguo, que permiten recorrer la historia de la ciudad a pie. Frente a la costa, la isla de Gorriti —escenario de los combates de las Invasiones Inglesas— y la isla de Lobos completan el patrimonio natural e histórico de la zona. Visitar Maldonado es, en definitiva, asomarse al Uruguay profundo y verdadero que late detrás del glamour de Punta del Este: una ciudad con alma, memoria y más de dos siglos y medio de historia.