El este de Rocha fue durante el siglo XVIII la frontera caliente entre España y Portugal por el control de la costa atlántica. Ambas coronas levantaron allí fortificaciones para disputarse la región: los españoles, al mando de Esteban del Castillo, erigieron el Fuerte San Miguel en 1734; los portugueses iniciaron en 1762 la Fortaleza de Santa Teresa, que poco después cayó en manos españolas.
Estas moles de piedra, hoy declaradas monumentos históricos nacionales y rodeadas de extensos parques forestados con millones de árboles, son testigos de aquellas guerras de límites que definieron el futuro del Uruguay. El territorio perteneció originalmente a Maldonado y se constituyó como departamento propio de Rocha por ley de 1880, con separación efectiva en 1881.
La costa de Rocha es la más agreste y natural del país. Las lagunas costeras —de Rocha, de Castillos, Negra, Garzón— y los bañados del Este forman un mosaico de humedales, esteros y estuarios paralelos al Atlántico, reconocido por la Unesco como Reserva de Biosfera Bañados del Este, la mayor reserva genética de aves del país.
Allí anidan y descansan garzas, flamencos, cisnes de cuello negro, cigüeñas y aves migratorias, junto a una fauna que incluye lobos marinos y una biodiversidad excepcional. Esa riqueza natural, con áreas protegidas como la Laguna de Rocha, hizo del departamento un destino de ecoturismo y observación de naturaleza.
Dentro de un parque nacional se encuentra Cabo Polonio, uno de los lugares más singulares del Uruguay: un caserío entre dunas gigantes al que no llegan las rutas asfaltadas ni la red eléctrica convencional, y al que solo se accede en vehículos 4x4 autorizados o caminando por la arena. Junto a su faro conviven una de las mayores loberías de lobos marinos del país.
Sin calles ni tendido eléctrico, iluminado de noche por generadores, velas y estrellas, Cabo Polonio es refugio de un turismo rústico, bohemio y ambientalista, muy distinto del lujo de la vecina Punta del Este, y símbolo de la Rocha profunda y natural.
La costa rochense enhebra una sucesión de balnearios de fuerte carácter: La Paloma y su faro del Cabo Santa María, La Pedrera con sus barrancas, Punta del Diablo —antiguo pueblo de pescadores vuelto meca del verano joven—, La Esmeralda, Aguas Dulces y Barra de Valizas, con sus enormes dunas móviles que son de las mayores de Sudamérica.
A diferencia de la costa esteña más urbanizada, estos balnearios conservan casas bajas, calles de arena y un espíritu simple y natural. Rocha combina así playas oceánicas de mar abierto, montes de palmeras butiá, fortalezas históricas y una arraigada cultura de campo y de pesca.
En el extremo este, la ciudad de Chuy forma un curioso continuo urbano con la brasileña Chuí, separadas apenas por el cantero central de una avenida internacional: de un lado se habla español y se paga en pesos, del otro portugués y reales, y se cruza de un país al otro simplemente atravesando la calle.
Esa condición fronteriza, con su comercio de free shops y su mezcla de lenguas y monedas, da al Chuy un ambiente único. Cerca, la Fortaleza de Santa Teresa y las playas de La Coronilla completan un extremo del país donde la historia de la frontera y la naturaleza del litoral atlántico se dan la mano.