Montevideo nació como plaza militar. El 22 de enero de 1724, el gobernador de Buenos Aires Bruno Mauricio de Zabala mandó levantar un fuerte —el de San José, trazado por el ingeniero Domingo Petrarca— para frenar el avance portugués desde Colonia del Sacramento y controlar el acceso al Río de la Plata. Entre 1726 y 1730 se completó la fundación de la ciudad de San Felipe y Santiago de Montevideo, poblándola con familias de Buenos Aires y con inmigrantes de Galicia y de las Islas Canarias, cuyo aporte marcó el habla y las costumbres locales.
Su excepcional bahía —de las mejores del Atlántico sur— la convirtió pronto en el gran puerto militar español de la región y en rival comercial de Buenos Aires. El cerro que la corona y que, según la tradición, le habría dado nombre ('monte vide eu', 'vi un monte'), coronado por su fortaleza y su faro, sigue siendo su símbolo.
Durante casi todo el período colonial Montevideo fue una ciudad amurallada. Una imponente Ciudadela de piedra, con altas murallas, torres romboidales, un ancho foso que podía inundarse desde el mar y un puente levadizo, protegía el casco urbano; su construcción se prolongó durante décadas del siglo XVIII. La Puerta de la Ciudadela, hoy reconstruida en la Plaza Independencia, es memoria de aquella época.
Ser plaza fuerte y puerto le dio a Montevideo un carácter estratégico que los ingleses reconocieron cuando la ocuparon brevemente en 1807, durante las Invasiones Inglesas. Las murallas fueron finalmente demolidas hacia 1829, tras la independencia, para permitir el crecimiento de la ciudad más allá del casco antiguo, dando origen a la Ciudad Nueva.
Montevideo fue el escenario central de la historia nacional. Durante la Guerra Grande (1839-1851) resistió el Sitio Grande impuesto por Manuel Oribe y sus aliados: desde febrero de 1843 y por ocho años y medio, la ciudad amurallada, poblada de inmigrantes italianos, españoles y franceses, sostuvo el 'Gobierno de la Defensa' mientras el 'Gobierno del Cerrito' dominaba la campaña.
Aquel largo asedio, con su legión extranjera y hasta con Giuseppe Garibaldi entre sus defensores, hizo de Montevideo la 'nueva Troya' de la época. La resistencia forjó una identidad cosmopolita y un espíritu urbano que distinguiría para siempre a la capital del resto del país.
A comienzos del siglo XX la capital fue el laboratorio del reformismo de José Batlle y Ordóñez. Allí se concentraron la industria, el puerto, la Universidad de la República, la banca estatal y el aparato de un Estado de bienestar que hizo del Uruguay la 'Suiza de América'. Los conventillos y los sindicatos convivían con las avenidas nuevas, los cafés y una intensa vida política y cultural.
En su Estadio Centenario, inaugurado en 1930 para conmemorar el centenario de la Constitución, Uruguay ganó el primer Mundial de fútbol de la historia, venciendo a la Argentina en la final. La capital se consolidó como el centro indiscutido de la vida nacional, donde late buena parte de la economía, la política y la cultura del país.
Hoy Montevideo concentra cerca de la mitad de la población del país junto a su área metropolitana, y es su centro político, económico y cultural. La Ciudad Vieja conserva el trazado colonial, la Plaza Independencia con el mausoleo de Artigas y la Torre Ejecutiva, el Teatro Solís, la Puerta de la Ciudadela y el bullicioso Mercado del Puerto, templo del asado uruguayo.
La Rambla costanera, de más de veinte kilómetros a lo largo del Río de la Plata, es su gran espacio público y seña de identidad: por ella caminan, corren, pescan y matean los montevideanos frente al río 'ancho como mar'. Barrios como el Prado, Pocitos, Punta Carretas o el Cordón completan una ciudad de escala amable y fuerte tradición cívica.
Montevideo es cuna de dos músicas rioplatenses. El tango, que comparte con Buenos Aires, tiene aquí una historia propia: es montevideano Gerardo Matos Rodríguez, autor de 'La Cumparsita' (1917), considerada el himno del género. El candombe, de raíz afrouruguaya, nació del tamboril de los descendientes de esclavos y late en los barrios Sur, Palermo y Cordón.
Cada febrero, las 'llamadas' de candombe —desfiles de comparsas con sus tambores chico, repique y piano— recorren las calles en un estallido de ritmo y color. En 2009 la Unesco declaró el candombe y su espacio sociocultural Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, reconocimiento de una tradición que es marca profunda de la identidad montevideana.