A comienzos de los 2000, Pueblo Garzón tenía menos de doscientos habitantes, calles de tierra y un puñado de casas que se caían a pedazos. Era uno de esos pueblos fantasma del interior uruguayo que el ferrocarril había hecho nacer y que el fin del tren había condenado al olvido. Hoy, en cambio, viajeros de Nueva York, Londres y Buenos Aires reservan con meses de anticipación para almorzar junto a su plaza y catar Tannat con vista a los viñedos. La historia de cómo esta aldea moribunda se convirtió en uno de los destinos gastronómicos más codiciados de Sudamérica es una de las más asombrosas del turismo uruguayo, y empieza mucho antes de que llegaran el vino y las brasas.
Pueblo Garzón nació como una pequeña localidad rural del interior del departamento de Maldonado, muy cerca del límite con Rocha, en el corazón del este uruguayo. Como tantos otros pueblos del país, su origen y su primer crecimiento estuvieron ligados al avance del ferrocarril y a la actividad agropecuaria de la región: el campo, la ganadería y la producción agrícola fueron, durante mucho tiempo, el sustento de sus pobladores.
La llegada de las vías férreas, que conectaban el interior con la capital y los puertos, dio impulso a la formación de la aldea, con su estación, su plaza, su iglesia y su almacén de ramos generales como centro de la vida comunitaria. Era un pueblo de campo típico, de calles de tierra, casas bajas de adobe y piedra, y un ritmo de vida pausado marcado por las tareas rurales y el paso del tren.
Durante buena parte del siglo XX, Garzón fue una de esas localidades del interior profundo que, lejos de los grandes circuitos, vivían de espaldas al turismo y al bullicio de la costa cercana. Su identidad era plenamente campesina, y nada hacía prever la espectacular reinvención que viviría décadas más tarde.
Como les ocurrió a muchos pueblos del interior uruguayo, la suerte de Garzón quedó atada a la del ferrocarril. A lo largo del siglo XX, el progresivo declive del transporte ferroviario de pasajeros y de carga —desplazado por el camión y el automóvil— golpeó con dureza a las localidades que habían crecido alrededor de las estaciones. Garzón no fue la excepción: con el tren en retirada, el pueblo fue perdiendo movimiento, actividad económica y población.
Durante décadas, la aldea pareció quedar suspendida en el tiempo. Las casas bajas, la plaza, la iglesia y el viejo almacén seguían en pie, pero el ritmo de vida se apagaba y muchos jóvenes emigraban en busca de oportunidades en la costa o en Montevideo. Garzón se convirtió en uno de esos pueblos casi olvidados, de pocos habitantes, donde el tiempo parecía haberse detenido y el silencio reinaba en las calles de tierra.
Paradójicamente, ese aire de aldea detenida en el tiempo —que en su momento fue síntoma de decadencia— terminaría siendo, años después, uno de sus mayores encantos y el atractivo que enamoraría a quienes lo redescubrieron. La quietud, las construcciones antiguas y el paisaje rural intacto guardaron, sin saberlo, el escenario perfecto para una reinvención.
El gran giro en la historia de Garzón llegó a fines del siglo XX y comienzos del XXI, cuando el pueblo fue redescubierto por una nueva ola de visitantes e inversores atraídos justamente por su autenticidad y su quietud. La figura clave de esa transformación fue el célebre chef argentino Francis Mallmann, maestro de la cocina al fuego y a las brasas, que eligió este pueblo perdido del interior maldonadense para instalar un restaurante y un pequeño hotel boutique en torno a la plaza.
La apuesta de Mallmann —cocina de campo sofisticada en un entorno rústico y elegante— atrajo a foodies, viajeros y figuras del mundo del arte y la moda de todo el planeta, y puso a Garzón en el mapa gastronómico internacional. De pronto, aquel pueblo casi olvidado empezó a aparecer en revistas de viajes y gastronomía como uno de los secretos mejor guardados del Uruguay, un destino de culto para quienes buscaban buena mesa y autenticidad rural lejos del glamour de Punta del Este.
La llegada de Mallmann funcionó como catalizador: detrás vinieron otras propuestas gastronómicas, hoteleras y de servicios de alta gama, que respetaron la estética de aldea y revalorizaron las viejas construcciones. Garzón comenzó así a renacer, manteniendo su escala diminuta y su carácter de pueblo de campo, pero con una nueva vida cultural y económica girando en torno a la cocina y la hospitalidad de excelencia.
Al renacer gastronómico se sumó, de forma decisiva, el desarrollo de la vitivinicultura y la olivicultura en la región de Garzón. Los suelos ondulados de balasto y el clima atemperado por la cercanía del océano resultaron especialmente propicios para el cultivo de la vid y del olivo, y eso atrajo inversiones que apostaron por convertir la zona en un polo agrícola de alta gama.
Entre los emprendimientos pioneros y más reconocidos figuran Bodega Garzón —un complejo de gran escala dedicado al vino y al aceite de oliva, con una sofisticada propuesta de enoturismo— y Colinas de Garzón, pionera en la producción de aceite de oliva extra virgen premiado internacionalmente. Estos proyectos demostraron el potencial de la región y la posicionaron entre las zonas vitivinícolas y olivícolas más prestigiosas del Uruguay y de Sudamérica.
En los viñedos de Garzón se destacan el Tannat —la cepa emblemática del Uruguay— y el Albariño, un blanco que encontró en estos suelos una expresión notable, junto con otras variedades. El olivo, por su parte, dio aceites que cosecharon premios en certámenes internacionales. Las visitas a bodegas y almazaras, con degustaciones y catas, se sumaron a la oferta gastronómica del pueblo, completando un verdadero circuito de enoturismo y olivoturismo que hoy es uno de los grandes atractivos del este uruguayo.
La transformación de Garzón se inscribe en un proceso más amplio de valorización del este uruguayo, que en las últimas décadas combinó el desarrollo de la costa (con José Ignacio y la zona de Punta del Este a la cabeza) con el redescubrimiento del campo y la naturaleza del interior. Una de las obras que simbolizó ese nuevo dinamismo fue el Puente Laguna Garzón, inaugurado en 2015.
El puente cruza la Laguna Garzón, que separa los departamentos de Maldonado y Rocha, y se distingue por un diseño totalmente original: en lugar de un cruce recto, describe un anillo circular sobre el agua. La forma de aro obliga a los conductores a reducir la velocidad y, a la vez, regala una vista panorámica de 360 grados sobre la laguna. El concepto, asociado al reconocido arquitecto uruguayo Rafael Viñoly, convirtió a la obra en un ícono arquitectónico y en una atracción turística por derecho propio.
Hoy, Pueblo Garzón es un caso emblemático de reinvención: una aldea que pasó del casi olvido a ser un destino de prestigio internacional, sin perder del todo su alma de pueblo de campo. La convivencia entre los vecinos de toda la vida y las propuestas gastronómicas y enoturísticas de alta gama, en un paisaje de viñedos, olivares y sierras suaves, define la identidad actual de esta pequeña localidad del este uruguayo.