Durante las dos guerras mundiales, millones de soldados en las trincheras de Europa comieron carne enlatada que venía de un solo lugar del planeta: una fábrica a orillas del río Uruguay, en una pequeña ciudad del litoral llamada Fray Bentos. El nombre de este rincón sudamericano llegó a ser, para varias generaciones de británicos, sinónimo de comida en lata —tanto que 'Fray Bentos' es hoy una marca de alimentos en el Reino Unido—. Esa historia asombrosa, la de un pueblo que alimentó al mundo, es la que convirtió a Fray Bentos en Patrimonio de la Humanidad. Pero antes de la fábrica, hubo apenas un paraje ganadero sobre el río.
Fray Bentos se asienta sobre la margen oriental del río Uruguay, en una zona que durante la época colonial fue de poca población, dedicada a la ganadería y al aprovechamiento del río. El nombre de la localidad, según la tradición más difundida, proviene de un personaje o ermitaño conocido como 'Fray Bentos' que habría habitado o frecuentado la zona, dando origen al topónimo que con el tiempo identificó al paraje y luego a la ciudad.
La población fue consolidándose a mediados del siglo XIX, en un contexto de crecimiento del litoral uruguayo ligado al comercio fluvial y a la ganadería. El río Uruguay era una vía de comunicación clave, y los puertos ribereños cobraban importancia para el embarque de productos de la región. Fray Bentos se fue perfilando como uno de esos puntos estratégicos sobre el río.
La localidad obtuvo su estatus formal de ciudad y se convirtió en capital del departamento de Río Negro, creado en la organización político-administrativa del país. Pero lo que realmente catapultó a Fray Bentos —y lo que explica su fama mundial— no fue su fundación, sino lo que ocurrió pocos años después: la instalación, en 1863, de una innovadora planta industrial que cambiaría para siempre el destino de la ciudad.
El acontecimiento que transformó a Fray Bentos para siempre ocurrió en 1863, cuando se instaló en la ciudad una planta para producir extracto de carne según el método desarrollado por el célebre químico alemán Justus von Liebig. La idea era aprovechar la enorme abundancia de ganado del Río de la Plata —donde la carne era barata y a menudo se desaprovechaba— para elaborar un concentrado nutritivo y exportable: el extracto de carne.
Así nació la Liebig's Extract of Meat Company, que convirtió a Fray Bentos en un polo industrial pionero. La fábrica procesaba grandes cantidades de ganado para producir el extracto, que se exportaba a Europa como alimento concentrado, fácil de transportar y conservar. Era una aplicación temprana y exitosa de la industria a la producción de alimentos, en plena revolución industrial.
El complejo industrial creció rápidamente y atrajo a trabajadores de decenas de nacionalidades, transformándose en una verdadera 'company town': una ciudad organizada en torno a la fábrica, con su propio barrio de viviendas, servicios y jerarquías. Fray Bentos pasó de ser un apacible puerto ribereño a un centro industrial conocido internacionalmente, con un producto —el extracto de carne Liebig— que llevaba el nombre de la ciudad a las mesas de Europa.
En 1924, el complejo industrial de Fray Bentos pasó a manos británicas y se transformó en el frigorífico Anglo (vinculado a capitales ingleses). Bajo esta nueva etapa, la producción se amplió y diversificó: además del histórico extracto de carne, la fábrica se especializó en el corned beef, la carne en conserva enlatada que se volvería el producto emblemático asociado al nombre 'Fray Bentos' en buena parte del mundo, especialmente en el mundo anglosajón.
El frigorífico vivió su época de mayor esplendor en relación con las dos guerras mundiales. La carne enlatada era un alimento ideal para las tropas y las poblaciones en tiempos de guerra: nutritiva, duradera y fácil de transportar. Desde Fray Bentos salieron millones de latas rumbo a Europa para alimentar a soldados y civiles, lo que dio a la pequeña ciudad uruguaya un papel sorprendente en la historia global del siglo XX.
El Anglo fue, durante décadas, el corazón económico y social de Fray Bentos. Empleaba a miles de personas, organizaba la vida del barrio obrero y marcaba el ritmo de la ciudad. La fábrica funcionaba casi como un mundo autónomo, con su puerto, sus talleres, su sala de máquinas y su comunidad multinacional de trabajadores. La marca 'Fray Bentos' quedó asociada para siempre, sobre todo en el Reino Unido, a las latas de carne.
Más allá de la producción, lo que hace excepcional a Fray Bentos es que el frigorífico no fue solo una fábrica, sino que dio forma a toda una sociedad. Se desarrolló alrededor de la planta un modelo de 'company town' o ciudad de empresa: la fábrica organizaba la vivienda, los servicios, la vida social y hasta el ocio de la población vinculada a ella.
El Barrio Anglo, contiguo a la fábrica, reflejaba esa organización. Las viviendas se distribuían según las jerarquías de la empresa: casas sencillas para los obreros, otras para los técnicos y empleados, y residencias más amplias para los directivos, muchos de ellos británicos. Esa arquitectura social, todavía legible en el trazado del barrio, muestra cómo la industria estructuraba la vida cotidiana de miles de personas.
Uno de los rasgos más fascinantes fue el carácter multinacional de su población. El trabajo en el frigorífico atrajo a personas de decenas de nacionalidades, que convivieron en Fray Bentos formando una comunidad cosmopolita poco habitual para una ciudad de su tamaño. Esa mezcla de orígenes, sumada a la presencia británica en la dirección, dejó una huella cultural particular. La vida en torno al Anglo —el trabajo, el barrio, la comunidad— es parte esencial del valor patrimonial que más tarde reconocería la Unesco.
Tras un siglo de actividad, el gran frigorífico de Fray Bentos entró en declive en la segunda mitad del siglo XX, en un contexto de cambios en la industria de la carne, en los mercados internacionales y en la economía uruguaya. El Anglo terminó cerrando sus puertas, lo que significó un golpe profundo para la ciudad, que durante generaciones había girado en torno a la fábrica.
Sin embargo, en lugar de dejar que el enorme complejo se perdiera, se optó por preservarlo. Las instalaciones, con su sala de máquinas, sus galpones y su barrio, se conservaron y dieron lugar al Museo de la Revolución Industrial, que abrió las puertas del pasado fabril a los visitantes y mantuvo viva la memoria del trabajo y la comunidad del Anglo.
El reconocimiento mayor llegó en 2015, cuando la Unesco inscribió el sitio en la Lista del Patrimonio Mundial bajo el nombre 'Paisaje Industrial Fray Bentos'. La distinción valoró la integridad y autenticidad del conjunto —la fábrica, el puerto, las viviendas y todo el sistema que articulaba producción, trabajo y exportación— como testimonio excepcional de la historia industrial mundial y de los procesos de globalización de la producción de alimentos. Con ello, Fray Bentos se sumó a Colonia del Sacramento entre los sitios uruguayos de Patrimonio Mundial, transformando su legado industrial en su mayor tesoro turístico y cultural.