Hay un dato que casi nadie fuera de Uruguay conoce y que a los duraznenses les encanta recordar: durante un año, entre octubre de 1827 y octubre de 1828, Durazno fue la capital de la República. Es la única ciudad del interior uruguayo que ostentó ese título antes de que Montevideo se afianzara definitivamente como sede del gobierno. Que una pequeña villa recién fundada en medio del campo llegara a ser, aunque fuera brevemente, el centro político del país naciente, dice mucho de la época convulsa en que le tocó nacer y del peso estratégico de su ubicación en el centro geográfico del territorio.
La villa había sido fundada el 12 de octubre de 1821 por el entonces coronel Fructuoso Rivera —más tarde primer presidente constitucional del Uruguay—, con el nombre de San Pedro del Durazno, a orillas del río Yí. El objetivo era poblar y organizar el interior, juntando a la gente dispersa por la campaña después de años de guerra, en una región de vocación agropecuaria donde la ganadería mandaba desde la época colonial. Su emplazamiento, prácticamente en el corazón del país, respondía a esa lógica de control y articulación del territorio.
El nombre original combinaba la advocación religiosa habitual en las fundaciones de la época con una referencia al entorno natural: la abundancia de duraznos —árboles frutales asilvestrados, herencia de las primeras estancias coloniales— que crecían junto al río Yí. Con el tiempo, el uso popular fue simplificando el nombre hasta quedar solamente en 'Durazno', tal como se conoce hoy a la ciudad y al departamento.
La ubicación central de Durazno resultó estratégica desde el principio. Con el desarrollo de los caminos y, más tarde, del ferrocarril, la ciudad se consolidó como un nudo de comunicaciones del interior uruguayo, punto de paso y de servicios para una vasta región rural. Esa condición de encrucijada caminera, sobre lo que hoy es la ruta 5, marcó su crecimiento y su papel dentro del país a lo largo de dos siglos.
El río Yí ha sido, desde siempre, un elemento central en la vida de Durazno. Sus aguas y sus costas marcaron el desarrollo de la ciudad, ofreciendo recursos, un entorno natural y, con el tiempo, un espacio de recreación. Las playas de río —como la hoy popular Playa El Sauzal—, la costanera y las riberas arboladas de monte indígena se convirtieron en lugares de encuentro y de disfrute para la población, especialmente en los veranos.
El departamento de Durazno se desarrolló en torno a la actividad agropecuaria, con la ganadería y la agricultura como pilares de su economía desde el período colonial y a lo largo de los siglos XIX y XX. La ciudad creció como centro de servicios de esa vasta región rural, con sus comercios, su feria y su vínculo estrecho con el campo. La cultura local refleja esa raíz: el trato cercano, las tradiciones criollas y la valoración de la vida rural, que con el tiempo darían lugar al Encuentro Gaucho que hoy acompaña al Festival de Folclore.
A comienzos del siglo XX, el vínculo de la ciudad con su río se plasmó en obras de ingeniería como el llamado Puente Viejo, un puente carretero sumergible inaugurado en 1903 bajo la dirección del ingeniero Federico Capurro, y el cercano puente del ferrocarril, testimonios de cómo la infraestructura buscó dominar y aprovechar las crecidas del Yí. Esa identidad ribereña y campera es la que da a Durazno su carácter de ciudad del interior profundo, tranquila y auténtica.
A lo largo del siglo XX, Durazno consolidó su papel como uno de los grandes nudos de comunicaciones del interior uruguayo. Su posición prácticamente en el centro geográfico del país, sobre lo que se convertiría en la ruta 5 —el principal eje vial que conecta Montevideo con el norte del territorio—, la transformó en punto de paso obligado para el transporte de personas y de la producción agropecuaria de una vasta región.
El desarrollo del ferrocarril reforzó ese rol: Durazno se convirtió en una estación clave de la red ferroviaria del interior, con el histórico puente del ferrocarril sobre el río Yí como uno de sus símbolos más visibles. Esa combinación de rutas y vías férreas hizo de la ciudad un centro de servicios, comercio y administración para toda la región agropecuaria circundante, consolidando su estatus de capital departamental de peso dentro del país.
Esta condición de encrucijada caminera y ferroviaria explica por qué, hasta hoy, Durazno funciona como una parada natural y una base cómoda para quienes recorren el interior uruguayo, con conexiones directas hacia Tacuarembó al norte, y hacia Florida, Trinidad y Montevideo hacia el sur.
Si hay algo que dio a Durazno proyección nacional en las últimas décadas, es su Festival Nacional e Internacional de Folclore, uno de los acontecimientos de música popular más importantes de Uruguay. Nacido para celebrar y difundir el folclore y la música criolla, el festival se convirtió en una cita anual ineludible que, cada verano —generalmente a comienzos de febrero, en el Parque de la Hispanidad—, reúne en la ciudad a artistas y público de todo el país y de la región, alcanzando en años recientes su quincuagésima edición y superándola.
Durante las jornadas del festival, Durazno se transforma en la capital del folclore uruguayo: la música, las payadas, las danzas tradicionales y el encuentro de la comunidad folclórica colman la ciudad de visitantes y de espíritu festivo. Al espectáculo musical se suma el tradicional Encuentro Gaucho, con desfiles, jineteadas y la puesta en valor de las tradiciones camperas del centro del país, que profundiza el vínculo entre el festival y la identidad rural de Durazno.
El festival simboliza el lugar de Durazno en la cultura popular uruguaya: una ciudad del centro del país, de raíz campera y ribereña, que abre sus puertas a la tradición y a la música. Junto con los atractivos del río Yí y el turismo rural del entorno, esta vocación cultural ha consolidado a Durazno como un destino del interior con identidad propia, donde lo natural, lo histórico y lo cultural se dan la mano.