Antes de convertirse en la ciudad densamente poblada que es hoy, la franja costera del suroeste de Canelones, al este del arroyo Carrasco, era un paisaje muy distinto: campos, médanos, montes ribereños y una costa baja y arenosa sobre el Río de la Plata, escasamente habitada. La región forma parte del departamento de Canelones, uno de los más antiguos y poblados del Uruguay, tradicionalmente vinculado a la producción agrícola, vitivinícola y granjera que abastecía a la cercana Montevideo.
Durante buena parte de su historia, esta costa fue una zona rural y de paso, atravesada por los caminos que unían Montevideo con el este del país. El Río de la Plata, ese estuario inmenso que baña toda la costa sur uruguaya, marcaba el límite natural de la región. La cercanía con la capital —apenas cruzando el arroyo Carrasco— sería, con el tiempo, el factor decisivo que transformaría por completo este territorio.
A comienzos del siglo XX, mientras Montevideo vivía su gran expansión y modernización, el balneario de Carrasco, en el extremo este de la capital, se consolidaba como zona residencial y de veraneo elegante. Ese impulso veraniego, que ya había 'descubierto' el valor de la costa, no tardaría en saltar el arroyo Carrasco y avanzar hacia el este, sobre los campos y médanos de Canelones, dando origen a los primeros loteos costeros que serían la semilla de Ciudad de la Costa.
El verdadero origen de lo que hoy es Ciudad de la Costa está en los loteos y fraccionamientos costeros impulsados a partir de mediados del siglo XX. Empresas y emprendedores inmobiliarios dividieron en lotes los campos y médanos de la costa canaria, al este de Montevideo, para venderlos como terrenos de veraneo y segunda residencia, aprovechando el atractivo de la playa y la cercanía con la capital.
Para fijar las arenas y dar sombra a aquellos médanos desnudos, gran parte de la zona fue forestada con pinos y eucaliptos, que con el tiempo se convirtieron en el sello paisajístico de la región: balnearios arbolados, de calles entre los pinos, muy distintos del campo abierto original. Así fueron naciendo, uno tras otro, los balnearios que componen la actual ciudad, cada uno con su nombre, su impronta y su propio fraccionamiento: Solymar, Lagomar, El Pinar, Shangrilá, Parque del Plata, Lomas de Solymar, San José de Carrasco y otros.
En sus primeras décadas, estos balnearios tuvieron una vida marcadamente estacional: se llenaban en el verano, cuando las familias montevideanas venían a pasar la temporada en sus casas de veraneo, y quedaban casi vacíos el resto del año. Eran lugares de descanso, de playa y de pinares, pensados para el ocio veraniego más que para la vida permanente. Pero esa naturaleza estacional empezaría a cambiar de manera profunda a medida que mejoraban las comunicaciones con Montevideo y crecía el atractivo de vivir todo el año junto al río y el verde.
A partir de las últimas décadas del siglo XX, la franja costera canaria al este de Montevideo vivió una transformación acelerada. Lo que habían sido balnearios de veraneo empezaron a poblarse de forma permanente: cada vez más familias montevideanas eligieron mudarse allí de manera estable, atraídas por la posibilidad de vivir cerca del río, entre el verde y los pinos, con casa propia y a la vez a pocos minutos de la capital y sus fuentes de trabajo.
Varios factores impulsaron ese crecimiento. La mejora y consolidación de las vías de comunicación —la Avenida Giannattasio, la Rambla Costanera y, sobre todo, la Ruta Interbalnearia, que conecta rápidamente con Montevideo— acortó las distancias y volvió viable el ir y venir diario. La cercanía con el Aeropuerto Internacional de Carrasco y con el balneario de Carrasco, sumada a precios de tierra más accesibles que en la capital, hizo el resto. Los balnearios fueron creciendo y, literalmente, uniéndose entre sí, hasta borrar las fronteras que los separaban.
Ese proceso de fusión y crecimiento llevó a que el conjunto de balnearios se reconociera como una sola entidad urbana: Ciudad de la Costa, oficializada como ciudad ya entrado el período moderno y convertida en una de las localidades más pobladas y de más rápido crecimiento del Uruguay. De aquel sueño veraniego de loteos junto al río surgió, así, una ciudad-dormitorio y residencial de gran tamaño, plenamente integrada al área metropolitana de Montevideo, cuya historia es, en buena medida, la historia de la expansión de la capital sobre la costa.
La Ciudad de la Costa de hoy es una urbe joven, extensa y peculiar: no tiene un centro histórico ni un casco fundacional clásico, sino que se estructura como una sucesión de balnearios a lo largo de la costa y de la Avenida Giannattasio. Esa morfología dispersa, de baja densidad y mucho verde, le da una identidad distinta a la de las ciudades tradicionales uruguayas: es una ciudad de casas con jardín entre pinos, de calles arboladas y de una fuerte relación con la playa y el Río de la Plata.
Su vida está profundamente integrada a la del área metropolitana de Montevideo. Muchos de sus habitantes trabajan o estudian en la capital y vuelven a la costa para vivir y descansar, en un flujo diario constante. A la vez, la ciudad mantiene su vocación veraniega: en verano recibe a quienes vienen a disfrutar de sus playas de aguas calmas, recuperando algo del espíritu de balneario que le dio origen. Es, en cierto modo, dos cosas a la vez: zona residencial permanente y destino de descanso costero.
Sin grandes monumentos ni atracciones turísticas espectaculares, el atractivo de Ciudad de la Costa es el de la vida tranquila junto al río: la rambla costanera para caminar y andar en bici, los atardeceres amplios sobre el Río de la Plata, el ritual del mate, los pinares y las playas familiares. Su historia reciente —la de unos balnearios de veraneo que se transformaron en ciudad— resume bien el modo en que el Uruguay metropolitano creció sobre su costa, convirtiendo el sueño de la casa frente al mar en un lugar para vivir todo el año.