La historia del Chuy es, ante todo, la historia de una frontera. Durante los siglos coloniales, todo el extremo este de lo que hoy es Uruguay fue una franja indefinida y en permanente disputa entre los imperios español y portugués, que se peleaban el dominio de la cuenca del Plata y del litoral atlántico. Esta era una de las llamadas tierras de nadie o 'campos neutrales', donde el límite entre ambas coronas cambiaba al ritmo de las guerras y los tratados.
El propio nombre Chuy proviene del arroyo homónimo, de raíz indígena, que corre por la zona y que con el tiempo terminaría sirviendo como referencia para el trazado de la frontera entre los dos países. La región estaba habitada por pueblos originarios y recorrida por estancieros, contrabandistas y militares de ambos bandos, en un escenario de baqueanos, ganado cimarrón y movimientos de tropas.
Para afianzar sus posiciones, tanto portugueses como españoles levantaron fortificaciones en esta franja estratégica. De ahí nacieron las dos grandes fortalezas que todavía hoy dominan el paisaje cercano a Chuy: la Fortaleza de Santa Teresa y el Fuerte San Miguel, testigos de piedra de aquella larga pulseada imperial por el control del sur del continente.
El siglo XVIII fue el momento de mayor tensión militar en la zona del Chuy, y dejó como herencia las dos fortalezas que hoy son sus mayores atractivos históricos. La Fortaleza de Santa Teresa comenzó a construirse en 1762 por iniciativa de los portugueses, que buscaban afianzar su presencia en esta frontera. Sin embargo, poco después fue tomada por las fuerzas españolas, que continuaron y modificaron su construcción. La fortaleza, de imponentes muros de piedra, baluartes y foso, quedó como una de las obras militares coloniales más notables del actual Uruguay.
A pocos kilómetros, el Fuerte San Miguel respondía a la misma lógica defensiva. Levantado también en el siglo XVIII en el marco de la disputa hispano-portuguesa, se ubicó sobre una elevación que domina los bañados que se extienden hacia la Laguna Merín. Su planta en forma de estrella, con baluartes y foso, es típica de la fortificación de la época.
Ambas construcciones cambiaron de manos según el vaivén de las guerras y los tratados entre las coronas. Con el tiempo perdieron su función militar y cayeron en abandono, hasta que en el siglo XX fueron restauradas y convertidas en monumentos históricos y atractivos turísticos. Hoy permiten al visitante imaginar la dureza de la vida de frontera y el valor estratégico que tuvo esta esquina del continente.
Con la independencia de Uruguay en 1828 y la consolidación del Imperio del Brasil, la vieja frontera colonial debió convertirse en un límite internacional preciso entre dos Estados. A lo largo del siglo XIX, mediante tratados de límites, se fue fijando la línea divisoria entre ambos países en esta región del este, tomando como referencias el arroyo Chuy, la Laguna Merín y otros accidentes geográficos.
Fue en este proceso donde quedó establecida la peculiaridad que define a Chuy hasta hoy: el límite pasa por el medio de lo que luego sería la zona urbana, dejando una localidad partida en dos. Del lado uruguayo creció Chuy; del lado brasileño, Chuí. Ambas se desarrollaron pegadas, separadas apenas por una avenida cuyo cantero central marca la frontera, sin accidentes naturales de por medio en ese tramo.
La Laguna Merín, en tanto, quedó como una gran laguna binacional compartida por ambos países, con un régimen especial de uso de sus aguas y costas. El trazado del siglo XIX selló así el destino de una región que pasó de ser tierra disputada entre imperios a frontera estable entre dos naciones vecinas, pero conservando una porosidad y una convivencia cotidiana únicas.
Pocos lugares del mundo encarnan la idea de frontera como la doble ciudad de Chuy (Uruguay) y Chuí (Brasil). Las dos localidades crecieron una contra la otra hasta formar un único tejido urbano, separado solamente por una avenida: la Avenida Internacional, que del lado uruguayo se llama Avenida Brasil y del brasileño, Avenida Uruguai. El cantero central de esa calle es, literalmente, la línea fronteriza: cruzar de vereda es cambiar de país.
Esta peculiaridad creó una convivencia cotidiana intensa. Los habitantes de ambos lados se mezclan a diario para trabajar, comprar y estudiar; circulan dos monedas (el peso uruguayo y el real brasileño, además del dólar) y se habla un 'portuñol' fronterizo que combina ambos idiomas. La frontera 'abierta' de la avenida es para ese movimiento local; los controles migratorios y aduaneros oficiales, en cambio, están unos kilómetros afuera, sobre la ruta, para quienes siguen viaje hacia el interior de cada país.
Esa permeabilidad convirtió a Chuy en un caso de estudio sobre las regiones de frontera, donde la línea política no impide una vida social y económica profundamente integrada. La doble ciudad funciona, en muchos sentidos, como una sola comunidad bicultural y bilingüe repartida entre dos Estados.
Durante el siglo XX, Chuy fue construyendo su identidad económica en torno al comercio de frontera. La diferencia de precios, impuestos y regulaciones entre Uruguay y Brasil convirtió a la zona en un imán para el intercambio, primero de manera informal y luego a través de un régimen formal de tiendas libres de impuestos: los free shops.
Estos comercios, instalados del lado uruguayo, ofrecen perfumes, bebidas, electrónica, chocolates, cosmética y artículos importados a precios atractivos, sobre todo para los compradores brasileños que cruzan desde Chuí y el sur de Río Grande do Sul. El régimen de free shops fronterizos, regulado por el Estado uruguayo, dinamizó la economía local y consolidó a Chuy como el gran centro de compras del este del país.
A la par del comercio, el desarrollo turístico de la costa de Rocha —con las playas de Punta del Diablo, La Coronilla y el Parque Nacional Santa Teresa— sumó a Chuy un rol de paso y base para los viajeros que recorren el litoral atlántico. Así, la antigua tierra de fortalezas y fronteras disputadas se transformó en una ciudad que vive del cruce: del comercio, del turismo y de la convivencia diaria entre dos países que comparten una misma avenida.