Úzhgorod nació donde el río Uzh sale de los Cárpatos hacia la llanura panónica, un paso natural entre Europa central y las estepas del este que la condenó —o la bendijo— a ser siempre tierra de frontera. En la Alta Edad Media, la zona formó parte de la órbita eslava de la Gran Moravia, y la tradición local liga los orígenes de la ciudad a un caudillo eslavo llamado Laborec, señor de una fortaleza en el Uzh que habría caído hacia el año 900 ante los magiares que llegaban desde el este.
Con la llegada y el asentamiento de los húngaros en la cuenca de los Cárpatos, Transcarpatia —la vertiente sur de las montañas— quedó incorporada al naciente Reino de Hungría, del que formaría parte durante casi mil años. Úzhgorod (en húngaro Ungvár, 'el castillo del Ung') se convirtió en un centro comarcal del condado de Ung. Su población era una mezcla de rusinos (rutenos) eslavos en el campo y de húngaros, alemanes y otros pobladores en la villa y en torno al castillo.
La colina sobre el río fue desde temprano un punto fortificado. Los castillos de la región vigilaban los pasos y las rutas de la sal y del comercio a través de los Cárpatos. Durante los siglos medievales, Úzhgorod fue una posesión que pasó por manos de distintas familias nobles húngaras, entre ellas los Drugeth, de origen italiano-francés, que llegaron a la región en el siglo XIV y marcarían su historia durante generaciones.
El castillo de Úzhgorod que hoy vemos tomó forma sobre todo entre los siglos XVI y XVII, cuando la familia Drugeth reforzó la vieja fortaleza medieval y la transformó en un bastión moderno, con gruesos muros y bastiones angulares de estilo italiano pensados para resistir la artillería. Eran tiempos convulsos: el Reino de Hungría había quedado partido tras la catástrofe de Mohács (1526) frente a los otomanos, y esta esquina del noreste quedó en la zona de fricción entre los Habsburgo, el principado de Transilvania y la amenaza turca.
En ese contexto se produjo uno de los hechos más importantes de la historia religiosa de la región. En 1646, en la capilla del castillo de Úzhgorod, se firmó la Unión de Úzhgorod, por la cual un grupo de sacerdotes ortodoxos rutenos de la zona aceptó la comunión con Roma reconociendo al Papa, pero conservando el rito bizantino y sus costumbres litúrgicas. Nacía así la Iglesia greco-católica rutena, que sería durante siglos un pilar de la identidad de los rusinos de Transcarpatia y que todavía hoy tiene en Úzhgorod y Múkachevo su corazón.
A lo largo del siglo XVII, la región se vio sacudida por las guerras y rebeliones antihabsbúrgicas de la nobleza húngara, en las que el castillo cambió de manos. En 1691, tras la extinción de la línea principal de los Drugeth, la fortaleza y sus dominios pasaron a la familia Bercsényi, muy ligada a la gran insurrección de Rákóczi de comienzos del siglo XVIII. Con el tiempo, perdida su función militar, el castillo fue cedido y llegó a albergar un seminario greco-católico.
Tras la derrota del Imperio austrohúngaro en la Primera Guerra Mundial y su desmembramiento, el destino de Transcarpatia se decidió en las mesas de la posguerra. Por los tratados de paz de 1919-1920, la región —llamada entonces Rutenia subcarpática— fue incorporada a la nueva Checoslovaquia, con la promesa de una amplia autonomía. Úzhgorod se convirtió en su capital administrativa.
Estos años de entreguerras fueron, en muchos sentidos, una época dorada para la ciudad. La República Checoslovaca, una de las democracias más sólidas de la Europa de entreguerras, invirtió en la región y transformó Úzhgorod: se levantó un moderno barrio gubernamental y residencial —el llamado 'barrio checo' o Malé Galago—, con edificios funcionalistas, oficinas, escuelas y viviendas planificadas que aún hoy dan carácter a la ciudad. Se plantaron los tilos y los cerezos que la harían famosa, se ordenaron las orillas del Uzh y floreció una vida cultural plural, con población rutena, húngara, checa, eslovaca, judía y de otras comunidades conviviendo en la ciudad.
Esa Úzhgorod cosmopolita de entreguerras dejó una impronta arquitectónica y sentimental que la distingue del resto de Ucrania. Fue también un período de despertar de la conciencia nacional entre los rusinos y ucranianos de la región, con debates sobre su identidad que se prolongarían durante décadas.
La crisis de 1938-1939 rompió aquel equilibrio. Tras el Primer Arbitraje de Viena (noviembre de 1938), la Alemania nazi y la Italia fascista adjudicaron Úzhgorod y la franja sur de Transcarpatia a Hungría. En marzo de 1939, cuando se desmoronaba Checoslovaquia, Hungría ocupó el resto de la región, aplastando la efímera proclamación de una Ucrania Carpática independiente. Úzhgorod (Ungvár) volvía a ser húngara.
Los años de la Segunda Guerra Mundial trajeron el capítulo más sombrío. Transcarpatia tenía una numerosa y antiquísima comunidad judía, muy presente en Úzhgorod. En 1944, tras la ocupación alemana de Hungría, los judíos de la región fueron confinados en guetos y deportados masivamente a Auschwitz, donde la inmensa mayoría fue asesinada. La comunidad judía de Úzhgorod, que había sido parte esencial de la vida de la ciudad durante siglos, quedó prácticamente aniquilada en el Holocausto. Es una memoria que hay que nombrar con precisión y sin eufemismos.
Al final de la guerra, el Ejército Rojo tomó la región en el otoño de 1944. En 1945, un tratado entre Checoslovaquia y la URSS transfirió Transcarpatia a la Unión Soviética, y quedó incorporada como óblast de Transcarpatia a la RSS de Ucrania. Comenzaron décadas de vida soviética: sovietización, industrialización, la fundación de la Universidad de Úzhgorod en 1945 y la llegada de nuevos pobladores, mientras se reprimía a la Iglesia greco-católica, prohibida por el régimen. Úzhgorod pasó a ser una tranquila capital regional soviética en la esquina más occidental del país.
Con la disolución de la Unión Soviética, Ucrania declaró su independencia en 1991, y Úzhgorod se convirtió en la capital del óblast de Transcarpatia dentro del nuevo Estado. Renacieron la Iglesia greco-católica y la vida religiosa y cultural plural de la región. La ciudad, en el punto de contacto con Eslovaquia y Hungría, se transformó en un importante paso fronterizo, más aún cuando esos vecinos ingresaron en la Unión Europea: Úzhgorod quedó, literalmente, en el borde exterior de la UE.
Su carácter siguió siendo el de una ciudad tranquila, verde y mestiza, orgullosa de sus tilos, sus sakura, su castillo y su mezcla de lenguas y cocinas. La cercanía con Europa central la hizo también un punto de contacto cultural y económico con el otro lado de la frontera.
Desde la invasión rusa a gran escala de febrero de 2022, la historia de Úzhgorod dio un giro doloroso pero singular. Por ser la ciudad ucraniana más alejada del frente, se convirtió en uno de los grandes refugios del país: cientos de miles de personas desplazadas de las regiones del este y del sur pasaron por Transcarpatia, y muchas se instalaron en Úzhgorod. La ciudad acogió familias, instituciones, empresas y organizaciones humanitarias trasladadas desde las zonas en guerra. Aunque geográficamente protegida, no ha estado del todo a salvo de las alertas aéreas y de la amenaza de ataques de largo alcance que pesa sobre todo el país. Hoy Úzhgorod vive esa doble condición: la de rincón sereno y centroeuropeo, y la de retaguardia solidaria de un país en guerra.