Uman nació como lo que fueron tantas ciudades de esta parte de Ucrania: un enclave fortificado en una tierra de frontera, disputada durante siglos entre poderes rivales. Mencionada desde el siglo XVII, se encontraba en la región histórica de Podolia, en los confines orientales de la Mancomunidad polaco-lituana, una zona expuesta a las incursiones de tártaros, cosacos y otomanos. Su condición de frontera marcó su destino: fue una y otra vez escenario de guerras y levantamientos.
En el siglo XVIII, Uman y sus vastas tierras pasaron a manos de una de las familias más poderosas de la nobleza polaca: los Potocki, magnates que poseían latifundios inmensos y ejercían un poder casi soberano sobre sus dominios. Bajo su señorío, la ciudad creció como centro administrativo y comercial de una región agrícola rica, poblada por campesinos ucranianos ortodoxos, administradores y nobles polacos católicos, y una numerosa comunidad judía dedicada al comercio y la artesanía.
Esa composición social —una mayoría campesina ucraniana y ortodoxa sometida a una élite polaca y católica, con los judíos a menudo en el papel intermedio de arrendatarios y administradores— generaba tensiones profundas. Esas tensiones, alimentadas por conflictos religiosos y sociales, estallarían en 1768 en uno de los episodios más sangrientos de la historia de la región.
En 1768, la acumulación de tensiones sociales, religiosas y nacionales estalló en la Koliívschyna, un violento levantamiento de campesinos ortodoxos ucranianos y cosacos (los 'haidamaки') contra el dominio de la nobleza polaca católica y sus estructuras. La revuelta, alimentada por agravios reales y por conflictos religiosos entre ortodoxos, católicos y uniatas, se propagó por la región con una brutalidad extrema.
Uman, como bastión de los Potocki y refugio de la población polaca y judía de los alrededores, se convirtió en el escenario del episodio más trágico. Cuando los rebeldes, liderados por Maksym Zaliznyak e Ivan Gonta, tomaron la ciudad, se produjo una matanza atroz: miles de personas —polacos y judíos, incluidos mujeres y niños que se habían refugiado allí— fueron asesinadas en pocos días. Es recordada como la masacre de Uman, uno de los episodios más sangrientos de la historia de la Ucrania de la época.
El levantamiento fue finalmente aplastado con dureza por las tropas rusas y polacas, y sus líderes, ejecutados de forma cruel. La Koliívschyna dejó una herida profunda y una memoria conflictiva: mientras la tradición nacional ucraniana la ha leído a veces como una revuelta de liberación campesina, para las comunidades polaca y judía fue una catástrofe. La ciudad quedó marcada por aquel derramamiento de sangre.
Apenas unas décadas después de la tragedia de 1768, Uman vio nacer su gran obra maestra. Hacia 1796, el conde Stanisław Szczęsny Potocki, uno de los aristócratas más ricos de la región, ordenó crear un fastuoso parque paisajístico a las afueras de la ciudad, en un valle atravesado por un río. Lo concibió como un monumental regalo de amor para su esposa, la bella Zofia (Sofía) de Witt, de origen griego, en cuyo honor recibió el nombre de Sofíyivka.
El diseño se encargó al ingeniero militar Ludwik Metzel, que transformó el terreno accidentado en un paisaje de ensueño según los cánones del jardín romántico 'inglés' de la época, impregnado de referencias a la mitología griega. Se movieron tierras, se represaron aguas para crear lagos y cascadas, se excavaron grutas y un río subterráneo, y se levantaron templetes, columnas, obeliscos y una isla del Amor. El resultado fue uno de los jardines más admirados de Europa oriental, un poema hecho de agua, piedra y vegetación.
El parque cambió de manos con el tiempo —pasó al Estado ruso, que lo rebautizó por un tiempo—, pero sobrevivió a guerras y regímenes y llegó hasta hoy como el gran símbolo de Uman. Convertido en jardín botánico nacional de la Academia de Ciencias de Ucrania, es uno de los parques más visitados del país y un testimonio del refinamiento artístico de finales del siglo XVIII.
Al mismo tiempo que Uman se embellecía con Sofíyivka, la ciudad se convertía en un lugar central para el mundo judío por una razón muy distinta. En 1810 llegó a Uman, gravemente enfermo de tuberculosis, el rabino Najman de Breslov (Najman de Bratslav), una de las figuras más originales y carismáticas del jasidismo. Bisnieto del Baal Shem Tov —el fundador del movimiento jasídico—, Najman había desarrollado una enseñanza propia, centrada en la alegría, la fe sencilla, la oración personal e íntima (el 'hitbodedut') y la superación de la desesperación.
Najman eligió Uman conscientemente para morir. La ciudad guardaba la memoria de los judíos masacrados en 1768, y él quiso ser enterrado junto a esos mártires. Falleció ese mismo año 1810, a los 38 años, y fue sepultado en el viejo cementerio judío. Antes de morir, según la tradición de sus seguidores, prometió interceder por quienes fueran a rezar junto a su tumba, y pidió especialmente que se reunieran allí en Rosh Hashaná, el Año Nuevo judío.
De esa promesa nació una de las tradiciones religiosas más singulares del mundo. Ya desde el año siguiente a su muerte, sus discípulos —los jasidim de Breslov, un movimiento particular por no haber nombrado un sucesor al frente, manteniendo al propio Najman como su 'rebe' eterno— comenzaron a peregrinar a Uman cada Rosh Hashaná. Con los años, esa peregrinación creció hasta convertirse, ya en el siglo XXI, en un fenómeno de decenas de miles de personas.
Tras las particiones de Polonia de finales del siglo XVIII, Uman quedó integrada en el Imperio ruso, dentro de la 'Zona de Residencia' donde se obligaba a vivir a los judíos. La ciudad siguió teniendo una comunidad judía numerosa y vibrante, que convivía con la mayoría ucraniana y una minoría polaca y rusa. El siglo XX, sin embargo, trajo una sucesión de catástrofes.
La Revolución rusa y la guerra civil (1917-1921) desataron una ola de violencia y pogromos en toda la región, que golpearon duramente a las comunidades judías de Ucrania, Uman incluida. Luego llegaron los años soviéticos, con la colectivización forzosa y el Holodomor, la hambruna de 1932-1933 que asoló el campo ucraniano. Y con la Segunda Guerra Mundial se abatió sobre Uman la mayor tragedia de su comunidad judía: tras la ocupación alemana en 1941, prácticamente toda la población judía de la ciudad fue asesinada en fusilamientos masivos, como parte del genocidio del Holocausto en Ucrania. Siglos de vida judía en Uman quedaron aniquilados.
Durante la época soviética, la peregrinación a la tumba del rabino Najman se volvió casi imposible: las fronteras estaban cerradas, la religión, reprimida, y solo unos pocos judíos lograban llegar clandestinamente hasta el lugar, que las autoridades llegaron a alterar. El régimen convirtió a Uman en una ciudad provincial soviética más, con su industria y sus barrios de bloques, mientras su doble herencia —el parque romántico y el santuario jasídico— sobrevivía a la espera de tiempos mejores.
La independencia de Ucrania en 1991 transformó de nuevo a Uman. Con las fronteras abiertas y la libertad religiosa restablecida, la peregrinación a la tumba del rabino Najman resurgió y creció año tras año hasta convertirse en un fenómeno masivo: de unos pocos valientes en época soviética se pasó a decenas de miles de peregrinos cada Rosh Hashaná, llegados sobre todo de Israel y Estados Unidos. En torno al santuario se construyó una gran sinagoga y surgió incluso una comunidad judía permanente, con comercios y servicios kósher, que revitalizó de manera inédita la vida judía de la ciudad.
Paralelamente, el parque Sofíyivka se consolidó como uno de los destinos turísticos más queridos de Ucrania, atrayendo a familias, escolares y viajeros de todo el país. Uman vivía así una doble vida: ciudad de peregrinación religiosa mundial y perla del turismo paisajístico ucraniano, unidas por la misma historia.
La invasión rusa a gran escala de febrero de 2022 golpeó también a Uman. Pese a estar lejos del frente, la ciudad ha sufrido ataques con misiles: en abril de 2023, un bombardeo ruso destruyó un edificio residencial y causó decenas de víctimas civiles, entre ellas niños, uno de los ataques más letales de ese período. Aun así, y desafiando las advertencias oficiales y los riesgos, miles de peregrinos han seguido acudiendo a Uman para Rosh Hashaná también en tiempos de guerra, en un testimonio extraordinario de fe. Esta guía se ofrece con respeto por esa devoción y por una ciudad que, entre la belleza de su parque y la memoria de sus tragedias, encarna como pocas la historia entrelazada de Ucrania y el pueblo judío.