Odesa es una ciudad joven, y esa juventud explica buena parte de su carácter. Donde hoy se levanta la ciudad hubo antes asentamientos y, en tiempos recientes a su fundación, una pequeña fortaleza otomana llamada Hacibey (Hocabey), en la costa noroeste del mar Negro. Tras las guerras ruso-turcas del siglo XVIII, el Imperio ruso se hizo con esta franja de costa, la llamada Nueva Rusia, y decidió construir allí un gran puerto que le diera salida al mar Negro y al comercio mundial.
La fundación oficial de Odesa se fija en 1794, por orden de la emperatriz Catalina la Grande. En el proyecto participaron figuras notables, como el militar de origen español y napolitano José de Ribas (que da nombre a la calle Deribasivska) y el ingeniero Franz de Volland, autor del trazado ortogonal de calles anchas que aún define el casco histórico. El nombre 'Odesa' se inspiró, según la tradición, en la antigua colonia griega de Odessos, en un gesto de evocación clásica muy propio de la época.
Desde el principio, Odesa fue concebida como una ciudad moderna, planificada, abierta al mar y al comercio. Su crecimiento fue vertiginoso: en pocas décadas pasó de un puñado de casas a una de las ciudades más importantes del imperio, atrayendo a comerciantes y pobladores de toda Europa y del Mediterráneo.
El siglo XIX fue la gran época de Odesa. Dos administradores marcaron su despegue: el Duque de Richelieu —noble francés emigrado que fue su primer gobernador y a quien se dedicó la famosa estatua al pie de la escalinata— y, más tarde, el conde Mijaíl Vorontsov. Pero el factor decisivo fue económico: en 1819, Odesa recibió el estatus de puerto franco, que eximía de aranceles al comercio y convirtió a la ciudad en un imán para mercaderes de todo el mundo.
Por su puerto salía el trigo de las fértiles estepas de Ucrania —el 'granero de Europa'— hacia todo el Mediterráneo y más allá, y entraban mercancías, ideas y gentes. Odesa se llenó de comerciantes ucranianos, rusos, judíos, griegos, italianos, franceses, alemanes, armenios y de muchos otros orígenes. Esa mezcla dio a la ciudad un carácter cosmopolita, plurilingüe y singular, con una enorme y floreciente comunidad judía que llegaría a ser una de las mayores de Europa y una de las más influyentes en la cultura, el comercio y la vida intelectual.
La riqueza se plasmó en una arquitectura espléndida: los palacios y edificios neoclásicos y eclécticos del casco, el bulevar Prymorsky, la monumental escalinata que baja al puerto (terminada hacia 1841), el Teatro de la Ópera. Odesa se convirtió también en un gran centro cultural: por ella pasaron o en ella vivieron escritores como Pushkin (desterrado allí un tiempo) y, más tarde, toda una pléyade de autores, músicos y humoristas que crearon el inconfundible 'espíritu odesita', irónico, vital y mestizo.
El convulso siglo XX golpeó a Odesa con fuerza. En 1905, durante la revolución que sacudió al Imperio ruso, la ciudad fue escenario de una célebre sublevación: la tripulación del acorazado Potemkin se amotinó y buscó refugio en el puerto de Odesa, y la represión posterior dejó numerosas víctimas. Dos décadas después, el cineasta Serguéi Eisenstein inmortalizó aquellos hechos en su película 'El acorazado Potemkin' (1925), cuya famosa escena de la escalinata —una masacre de civiles filmada con genio— dio a la escalera de Odesa fama mundial, hasta el punto de que hoy se la conoce como la escalinata Potemkin.
Tras la Revolución de 1917 y la guerra civil, Odesa quedó integrada en la Ucrania soviética. Pero la mayor tragedia llegó con la Segunda Guerra Mundial. En 1941, tras una larga y dura defensa, la ciudad fue ocupada por las fuerzas del Eje, quedando bajo administración rumana (aliada de la Alemania nazi) en la región llamada Transnistria. Durante la ocupación se desató el Holocausto: la inmensa y antiquísima comunidad judía de Odesa, una de las más importantes de Europa, fue objeto de masacres, deportaciones y exterminio. Decenas de miles de judíos de Odesa y de la región fueron asesinados. Es una memoria que hay que nombrar con precisión y sin eufemismos: la ciudad perdió en esos años a una parte esencial de su población y de su alma cosmopolita.
Odesa fue liberada en 1944 y, por la resistencia de sus habitantes y sus partisanos —que combatieron en parte desde las catacumbas—, recibió el título soviético de 'Ciudad Heroica'. Pero la Odesa de posguerra ya no sería la misma que la deslumbrante ciudad multicultural de antes de la catástrofe.
En las décadas de posguerra, Odesa siguió siendo el gran puerto del sur soviético y un importante centro industrial, naval, científico y cultural, además de un destino de veraneo en el mar Negro. Conservó su fama de ciudad ingeniosa y bohemia, cuna de humoristas, músicos y escritores, y mantuvo viva —pese a todo— una parte de su identidad plurilingüe y mestiza. Las playas de Arcadia, el ambiente del casco y el humor odesita eran parte del imaginario de toda la Unión Soviética.
Con la independencia de Ucrania en 1991, Odesa pasó a ser el principal puerto marítimo del nuevo Estado y una de sus mayores ciudades. Su condición de gran puerto exportador de grano la mantuvo en el centro de la economía ucraniana y del comercio mundial de alimentos. La ciudad siguió cultivando su carácter propio, su patrimonio decimonónico y su vida cultural, y trabajando en la restauración de su casco histórico.
El reconocimiento culminó en enero de 2023, cuando la Unesco inscribió el centro histórico de Odesa en la Lista del Patrimonio Mundial —y, a la vez, en la de Patrimonio en Peligro—, en un gesto excepcional realizado en plena guerra para reconocer su valor universal y reforzar su protección.
La invasión rusa a gran escala de febrero de 2022 puso a Odesa en el centro de la guerra. Como principal puerto del mar Negro y salida del grano ucraniano hacia el mundo, la ciudad y su región adquirieron un enorme valor estratégico, tanto militar como económico. Odesa se preparó para una posible ofensiva por mar y tierra que finalmente no llegó a producirse sobre la ciudad, pero quedó expuesta de forma permanente a los ataques de largo alcance.
Desde entonces, Odesa ha sufrido de manera recurrente ataques con misiles y drones dirigidos sobre todo contra su infraestructura portuaria y energética, en el marco de la disputa por las exportaciones de grano y del bloqueo y desbloqueo del mar Negro. Algunos de esos ataques han causado víctimas y han dañado edificios del casco histórico protegido por la Unesco, incluida la zona en torno a la catedral de la Transfiguración, uno de los templos emblemáticos de la ciudad, alcanzado en 2023. La destrucción de patrimonio en una ciudad Patrimonio Mundial generó condena internacional.
Pese a todo, Odesa ha seguido viva y resistiendo. El Teatro de la Ópera reabrió en junio de 2022 como símbolo de continuidad cultural; los odesitas protegieron sus monumentos con sacos de arena y estructuras, y la ciudad mantuvo, en lo posible, su pulso. Hoy Odesa vive esa doble condición: la de gran ciudad histórica y cosmopolita del mar Negro, y la de objetivo de guerra sometido a alertas, toques de queda y ataques. Por eso, con toda sobriedad, no es hoy un destino turístico: es una ciudad en guerra cuyo patrimonio, admirable, aguarda tiempos de paz para volver a mostrarse al mundo.