Pocas ciudades cargan con un peso fundacional como Kiev. La leyenda dice que la ciudad fue fundada por tres hermanos —Kiy, Schek y Joriv— y su hermana Lybid, a orillas del Dniéper, y que de Kiy tomó su nombre. Más allá del mito, hacia los siglos IX y X Kiev se convirtió en el centro de la Rus de Kiev, el primer gran estado de los eslavos orientales, un poder que se extendía por vastas llanuras y comerciaba desde el Báltico hasta Constantinopla por la 'ruta de los varegos a los griegos'.
El momento decisivo llegó en el año 988. El príncipe Vladímir (Volodímir) el Grande, tras sopesar —según la crónica— distintas religiones, adoptó el cristianismo ortodoxo de Bizancio y ordenó el bautismo masivo de su pueblo en las aguas del Dniéper. Aquel acto, la 'Cristianización de la Rus', ató para siempre a los eslavos orientales al mundo cultural y religioso bizantino y es celebrado hoy como un hito fundacional tanto por ucranianos como por otros pueblos eslavos.
El esplendor culminó bajo su hijo Yaroslav el Sabio (Yaroslav Múdri), en el siglo XI. Kiev llegó a ser una de las mayores y más brillantes ciudades de Europa, con cientos de iglesias y un intenso comercio. Yaroslav mandó levantar la catedral de Santa Sofía, inspirada en la de Constantinopla, promulgó el primer código legal eslavo (la 'Rúskaya Pravda') y casó a sus hijas con reyes de media Europa. La 'Crónica de Néstor' (Relato de los años pasados), escrita en Kiev, es la principal fuente sobre aquel mundo.
El apogeo de la Rus de Kiev no duró. Las luchas entre príncipes fragmentaron el estado y, en 1240, la invasión mongola dirigida por Batú Kan arrasó Kiev, que fue saqueada e incendiada, con gran parte de su población masacrada. La ciudad quedó reducida a la sombra de lo que había sido y perdió durante siglos su papel de gran capital.
En los siglos siguientes, Kiev y las tierras ucranianas pasaron a órbitas ajenas. A mediados del siglo XIV fueron incorporadas al Gran Ducado de Lituania y, tras la Unión de Lublin de 1569, al vasto reino unido de Polonia-Lituania (la Rzeczpospolita). Bajo dominio polaco-lituano, la ciudad recuperó cierta vida —la Academia Mohyla, fundada en el siglo XVII, la convirtió en un centro intelectual ortodoxo—, pero la presión religiosa y social sobre la población ortodoxa alimentó tensiones.
De esas tensiones nació el mundo cosaco: en las estepas del bajo Dniéper se formó la Sich de Zaporiyia, una comunidad guerrera de hombres libres. En 1648, el hetman Bohdán Jmelnitski encabezó un gran levantamiento cosaco contra Polonia que dio origen a un estado cosaco (el Hetmanato). El Tratado de Pereyáslav de 1654, por el que Jmelnitski buscó la protección del zar de Moscú, marcó el comienzo de la larga y conflictiva relación entre Ucrania y Rusia: Kiev y la orilla izquierda del Dniéper acabarían bajo dominio ruso.
Integrada en el Imperio ruso, Kiev vivió en los siglos XVIII y XIX un lento resurgir como gran ciudad regional. En el siglo XIX se convirtió en un importante centro industrial, comercial y universitario, con una notable comunidad judía y una vida cultural en la que germinaba el renacer de la conciencia nacional ucraniana, pese a la política de rusificación y a las prohibiciones del idioma ucraniano por parte del zarismo.
El derrumbe del Imperio ruso en 1917 abrió una ventana de independencia: en Kiev se proclamó la República Popular Ucraniana, un efímero estado nacional que, tras una guerra civil brutal y varias ocupaciones (alemana, bolchevique, polaca), fue finalmente absorbido por la Rusia soviética. Ucrania quedó integrada, en 1922, en la Unión Soviética, y en 1934 Kiev volvió a ser su capital.
Los años treinta trajeron una de las mayores tragedias de la historia ucraniana: el Holodomor, la hambruna provocada por la política de colectivización forzosa y las requisas de grano ordenadas por Stalin entre 1932 y 1933, que causó la muerte por inanición de millones de campesinos ucranianos. Ucrania y numerosos países lo reconocen hoy como un genocidio del pueblo ucraniano. A ello siguieron las purgas del Gran Terror, que diezmaron a la intelectualidad y a los dirigentes ucranianos.
La Segunda Guerra Mundial golpeó a Kiev con extrema dureza. En septiembre de 1941, tras una de las mayores batallas de cerco de la historia, la Alemania nazi ocupó la ciudad. La ocupación fue devastadora: hambre, represión, deportaciones de trabajadores forzados y la destrucción de amplias zonas del centro, incluida la voladura del Jreschátik.
El episodio más atroz ocurrió en el barranco de Babi Yar (Babyn Yar), a las afueras de la ciudad. Allí, los días 29 y 30 de septiembre de 1941, las SS y sus colaboradores asesinaron a tiros a cerca de 33.771 judíos de Kiev en apenas dos jornadas, en una de las mayores masacres individuales del Holocausto. En los meses siguientes, Babi Yar siguió siendo lugar de ejecución de judíos, romaníes, prisioneros soviéticos, pacientes psiquiátricos y nacionalistas ucranianos: se calcula que allí fueron asesinadas en total unas 100.000 personas.
Kiev fue liberada por el Ejército Rojo en noviembre de 1943, tras dos años de terror, y quedó en gran parte en ruinas. La reconstrucción de posguerra rehízo el centro con la monumental arquitectura estalinista que aún define el Jreschátik y buena parte de la ciudad. Durante décadas, la memoria de Babi Yar fue silenciada por las autoridades soviéticas, que se resistían a reconocer el carácter específicamente judío de la matanza; solo tras la independencia se erigieron memoriales acordes a la magnitud de la tragedia.
Con el colapso de la Unión Soviética, Ucrania declaró su independencia en agosto de 1991, ratificada por un abrumador referéndum en diciembre, y Kiev pasó a ser la capital de un estado soberano. Las primeras décadas fueron difíciles, marcadas por la transición económica, la corrupción y el tira y afloja geopolítico entre Occidente y Rusia.
Dos veces la ciudadanía tomó las calles de Kiev para decidir su rumbo. En 2004, la Revolución Naranja, tras unas elecciones fraudulentas, llenó el Maidán de protestas pacíficas. Y en el invierno de 2013-2014, la Revolución de la Dignidad (Euromaidán) estalló cuando el gobierno prorruso frenó el acuerdo de asociación con la Unión Europea: meses de manifestaciones en la plaza de la Independencia terminaron con más de un centenar de manifestantes muertos —los llamados 'Cien Celestiales' (Nebesna Sótnia)— y con la huida del presidente Yanukóvich. La respuesta de Rusia fue la anexión de Crimea y el inicio de la guerra en el Donbás, en 2014.
El 24 de febrero de 2022, Rusia lanzó una invasión a gran escala y sus columnas intentaron tomar Kiev en pocos días. La capital resistió: tras semanas de asedio en sus afueras y de crímenes atroces en localidades vecinas como Bucha e Irpín, el ejército ruso se retiró del norte a comienzos de abril de 2022. Desde entonces, Kiev vive bajo ley marcial, con toque de queda y bajo la amenaza constante de misiles y drones, pero mantiene funcionando su vida cotidiana, sus museos, su metro-refugio y su cultura, convertida en símbolo de la resistencia de todo un país. Esta guía se ofrece con ese respeto: como un homenaje cultural a una ciudad milenaria que hoy defiende su existencia.