Antes de que existiera la ciudad, estas tierras a orillas del bajo Dniéper eran el corazón del mundo cosaco. Aguas abajo, más allá de los grandes rápidos del río, se extendía la Zaporiyia, dominio de la Sich cosaca, la célebre república militar de los cosacos de Zaporiyia que durante siglos fue símbolo de la libertad ucraniana frente a imperios y kanatos. La región del futuro Dnipro estaba salpicada de asentamientos cosacos y campesinos.
El destino de estas tierras cambió con la expansión del Imperio ruso hacia el mar Negro bajo Catalina la Grande. En 1775, tras la última guerra ruso-turca, la emperatriz ordenó la destrucción definitiva de la Sich de Zaporiyia, poniendo fin a la autonomía cosaca. Al año siguiente, en 1776, se fundó oficialmente una nueva ciudad imperial en la región, bautizada Ekaterinoslav, 'la gloria de Catalina', concebida por la emperatriz y su favorito, el príncipe Grigori Potemkin, como una gran capital de las tierras recién anexionadas de Nueva Rusia.
Los planes eran grandiosos: Potemkin y Catalina soñaban con una metrópoli monumental que rivalizara con las grandes capitales de Europa, con una catedral colosal, universidad y grandes avenidas. La realidad fue más modesta —la ciudad tardó en despegar y hasta cambió de emplazamiento en sus primeros años—, pero quedó fundado el núcleo de la futura gran urbe del Dniéper.
Durante buena parte de la primera mitad del siglo XIX, Ekaterinoslav fue una tranquila capital provincial. Su gran transformación llegó en la segunda mitad del siglo, con la revolución industrial que sacudió esta parte del imperio. El factor decisivo fue la conjunción de dos recursos cercanos: el mineral de hierro de la cuenca de Kryvyi Rih, al oeste, y el carbón del Donbás, al este. Ekaterinoslav, a orillas del Dniéper y en el punto de encuentro de esos recursos, estaba en el lugar perfecto.
La llegada del ferrocarril en la década de 1880 —con el puente sobre el Dniéper y la línea que conectaba el hierro y el carbón— desató un boom. Se instalaron grandes fábricas metalúrgicas y siderúrgicas, y la ciudad se convirtió en pocas décadas en una de las mayores potencias industriales del Imperio ruso, un centro del hierro y el acero comparable a las grandes ciudades fabriles de Europa. La población se multiplicó, atraída por el trabajo en las fábricas, y llegaron obreros, ingenieros y empresarios de muchos orígenes.
Ese crecimiento explosivo dio también forma a una importante comunidad judía, que fue una de las mayores y más dinámicas de la región y desempeñó un papel destacado en el comercio, la industria y la vida cultural. Ekaterinoslav entró en el siglo XX como una gran ciudad moderna, industrial y multicultural.
El siglo XX trajo convulsiones extremas. Tras la Revolución de 1917 y la guerra civil, Ekaterinoslav pasó de mano en mano entre distintos bandos —fuerzas ucranianas, bolcheviques, ejércitos blancos, anarquistas— antes de quedar integrada en la Ucrania soviética. En 1926, la ciudad fue rebautizada Dnipropetrovsk, un nombre que combinaba el del río Dniéper con el del dirigente bolchevique Grigori Petrovski. La ciudad y su región sufrieron, como toda Ucrania, la tragedia del Holodomor, la gran hambruna provocada por las políticas de colectivización soviéticas en 1932-1933, que causó millones de muertos.
La Segunda Guerra Mundial golpeó a la ciudad con dureza. Dnipropetrovsk fue ocupada por la Alemania nazi en 1941. Durante la ocupación se desató el Holocausto: la numerosa comunidad judía de la ciudad fue objeto de persecución y exterminio, y decenas de miles de judíos de Dnipropetrovsk y su región fueron asesinados en fusilamientos masivos. Es una memoria que debe nombrarse con precisión y sin eufemismos.
El gran río Dniéper se convirtió en 1943 en una de las líneas de frente más disputadas de toda la guerra: la batalla del Dniéper, con el forzamiento del río por el Ejército Rojo, fue una de las operaciones más sangrientas del conflicto. La ciudad fue liberada en octubre de 1943, tras haber sufrido enormes daños y pérdidas humanas.
La posguerra transformó de nuevo a Dnipropetrovsk. Junto a la reconstrucción de su poderosa industria metalúrgica, la ciudad adquirió un papel estratégico secreto y decisivo: se convirtió en el centro de la industria soviética de cohetes y misiles. Allí se instalaron la enorme fábrica Yuzhmash (Pivdenmash) y el buró de diseño Yuzhnoye (Pivdenne), donde se desarrollaban y fabricaban misiles balísticos intercontinentales, cohetes espaciales y satélites, componentes clave del arsenal y del programa espacial soviéticos.
Por su importancia militar, Dnipropetrovsk fue declarada 'ciudad cerrada': durante décadas estuvo prohibida a los extranjeros y su nombre apenas aparecía en los mapas y la prensa internacional en relación con estas actividades. Miles de ingenieros, científicos y obreros altamente cualificados trabajaban en el complejo aeroespacial, lo que dio a la ciudad un perfil técnico y educativo muy elevado. De sus fábricas salieron algunos de los misiles y cohetes más importantes de la Guerra Fría.
La ciudad fue también un importante centro político del sistema soviético: de Dnipropetrovsk salió toda una generación de dirigentes —el llamado 'clan de Dnipropetrovsk'—, entre ellos Leonid Brézhnev, que lideró la URSS durante casi dos décadas. Ese doble carácter, de gran centro industrial-espacial y de cantera de poder, marcó la identidad de la ciudad en la segunda mitad del siglo XX.
Con la independencia de Ucrania en 1991, Dnipropetrovsk se abrió al mundo tras décadas de aislamiento y siguió siendo uno de los grandes motores económicos del país: centro de la industria pesada, la metalurgia, la banca y la actividad aeroespacial. En 2016, en el marco de las leyes de 'descomunización' que retiraron los nombres de origen soviético, la ciudad cambió oficialmente su nombre por el de Dnipro, en referencia al río Dniéper a cuyas orillas se asienta, desligándose así del dirigente bolchevique al que aludía el antiguo nombre.
Dnipro se consolidó como una ciudad dinámica y próspera, con un fuerte tejido empresarial, una notable vida cultural y proyectos emblemáticos como el Centro Menorah, inaugurado en 2012 y convertido en el mayor centro comunitario judío del mundo, testimonio del renacimiento de la vida judía de la ciudad. El larguísimo paseo del Dniéper, sus museos y su avenida central hacían de Dnipro una urbe moderna y volcada a su gran río.
Desde la invasión rusa a gran escala de febrero de 2022, Dnipro ocupa una posición clave en la guerra: por su tamaño, su industria y su ubicación, es un centro logístico, médico y humanitario fundamental para el frente del este y del sur, y ha acogido a numerosas personas desplazadas. Esa importancia la ha convertido también en blanco de duros ataques. La ciudad ha sufrido bombardeos con misiles que han causado numerosas víctimas civiles y graves daños; el más recordado es el impacto contra un edificio residencial en enero de 2023, uno de los ataques más letales de toda la guerra. Dnipro permanece bajo amenaza constante. Por eso, con toda sobriedad y respeto por lo que atraviesan sus habitantes, no es hoy un destino turístico, sino una ciudad en guerra cuyo patrimonio y cuya gente aguardan, como toda Ucrania, tiempos de paz.