La historia de Tozeur es, ante todo, la historia de un milagro del agua en pleno desierto. En un entorno de aridez extrema, al borde del gran lago salado del Chott el Djerid, brotaron manantiales que hicieron posible la vida y el cultivo. Alrededor de esas fuentes creció, desde la Antigüedad, un oasis habitado. En época romana existió aquí la ciudad de Thusuros, integrada en la provincia de África y situada en las rutas que bordeaban el lago salado y conectaban el interior desértico con las ciudades del Mediterráneo.
El verdadero fundamento de la prosperidad de Tozeur no fue, sin embargo, la conquista ni el comercio, sino el ingenio hidráulico. El reparto del agua de los manantiales entre las miles de parcelas del palmeral requería un sistema preciso y justo, capaz de distribuir el caudal de forma equitativa. La tradición atribuye la organización racional de ese reparto al sabio Ibn Chabbat, un erudito local del siglo XIII que habría diseñado o codificado el sistema de canales y turnos de riego que permitió sostener un palmeral enorme con un recurso escaso. Aquel método de distribución del agua, admirado durante siglos, es un ejemplo temprano de gestión sofisticada de un recurso comunal.
Gracias a esa organización, el palmeral de Tozeur pudo crecer hasta convertirse en uno de los mayores del norte de África, con centenares de miles de palmeras datileras bajo cuya sombra se cultivaban frutales y hortalizas en el característico sistema 'en pisos'. El oasis se transformó así en una isla de vida y abundancia en medio del Sáhara, capaz de alimentar a una población numerosa y de producir un excedente que la conectaría con el resto del mundo.
Durante la Edad Media y la época moderna, Tozeur fue mucho más que un oasis agrícola: se convirtió en un nudo estratégico del comercio transahariano, una de las puertas por las que Túnez se conectaba con el corazón de África. Las caravanas de camellos, tras semanas de travesía por el desierto, encontraban en Tozeur agua, sombra, provisiones y mercado. La ciudad prosperó como escala y como centro de intercambio.
Por esas rutas circulaban las mercancías más codiciadas de la época: oro y marfil procedentes del África subsahariana, sal extraída de las minas del desierto, esclavos, plumas de avestruz, cueros, y hacia el sur, tejidos, armas y productos manufacturados del Mediterráneo. Tozeur, como capital de la región de los oasis del Yerid, se benefició de este tráfico y acumuló una riqueza que se tradujo en el crecimiento de la ciudad y en el desarrollo de su cultura urbana, sus mercados y su artesanía.
De aquella época de esplendor comercial procede una de las señas de identidad más bellas de Tozeur: su arquitectura de ladrillo. A partir de los siglos XIV y XV, y en especial en el barrio de Ouled el Hadef, las casas se construyeron con ladrillos de arcilla ocre colocados en relieve, sobresaliendo del muro para dibujar motivos geométricos que juegan con la luz y la sombra. Este estilo único, adaptado a los materiales y al clima del oasis, convirtió la medina en un laberinto decorado, testimonio de la prosperidad que las caravanas trajeron a esta ciudad del desierto.
A lo largo de los siglos, Tozeur mantuvo su papel de capital del Yerid, la región de los oasis del suroeste, bajo los sucesivos poderes que dominaron Túnez. En época otomana y luego bajo los beys de Túnez, la ciudad siguió siendo el gran centro administrativo, comercial y religioso del sur, un lugar donde convergían la vida del oasis, el comercio y la cultura islámica, con sus mezquitas, sus zaouias y sus escuelas coránicas. El vecino oasis de Nefta reforzaba el carácter espiritual de la región como uno de los focos del sufismo tunecino.
Con el establecimiento del protectorado francés sobre Túnez en 1881, Tozeur entró en una nueva etapa. Los franceses, atraídos por el exotismo del desierto y por el valor estratégico y agrícola de los oasis, mejoraron las comunicaciones —construyeron carreteras y, más tarde, tendieron el ferrocarril y establecieron un aeródromo— e impulsaron la explotación comercial de los dátiles deglet nour, que empezaron a exportarse a Europa como un producto de lujo. El oasis se modernizó en parte, aunque conservó su modo de vida tradicional y su fisonomía.
La decadencia del comercio transahariano, sustituido por las rutas marítimas y por las nuevas fronteras coloniales que fragmentaron el desierto, hizo que Tozeur perdiera su antiguo papel de gran cruce de caravanas. Pero la ciudad encontró en la agricultura de los dátiles y, sobre todo, en el atractivo turístico de su palmeral, su medina y su entorno sahariano, una nueva razón de ser. Tras la independencia de Túnez en 1956, Tozeur se orientó cada vez más hacia el turismo, que vería crecer su importancia en las décadas siguientes.
En la segunda mitad del siglo XX, el sur de Túnez descubrió un recurso inesperado: sus paisajes desérticos, de una belleza espectacular y de aspecto casi extraterrestre, atrajeron a la industria del cine. Los grandes espacios de dunas, los cañones de los oasis de montaña y la superficie blanca y surreal del Chott el Djerid se convirtieron en escenarios ideales para películas ambientadas en mundos remotos, exóticos o de ciencia ficción.
El caso más célebre fue el de Star Wars. En 1976, el director George Lucas rodó en el sur de Túnez buena parte de los exteriores del planeta Tatooine para la primera película de la saga (1977) —de hecho, el nombre 'Tatooine' se inspira en la localidad tunecina de Tataouine—. Décadas después, para la trilogía de las precuelas, se levantó cerca de Tozeur, en pleno desierto, el decorado de Mos Espa, la ciudad natal de Anakin Skywalker, un conjunto de construcciones cónicas que, a diferencia de otros sets, no se desmontó y sigue en pie sobre la arena, junto a la formación rocosa de Ong Jmel. La región quedó así ligada para siempre al imaginario galáctico de la saga.
Star Wars no fue la única producción: los paisajes del sur tunecino aparecen también en otras películas, y el cañón de Mides, cerca de Tozeur, sirvió de escenario a 'El paciente inglés'. Esta fama cinematográfica convirtió a Tozeur y sus alrededores en un destino de peregrinación para los aficionados al cine y multiplicó su atractivo turístico. Los decorados en pie, los oasis de montaña y las dunas se sumaron al palmeral y a la medina como reclamos, y las agencias locales organizaron excursiones en 4x4 para recorrerlos. El desierto que durante siglos había sido ruta de caravanas se transformaba en un plató a cielo abierto.
Hoy, Tozeur vive un equilibrio entre su herencia milenaria y su vocación turística. Sigue siendo la capital del Yerid y el gran oasis del suroeste tunecino, con su palmeral de más de doscientas mil palmeras produciendo los dátiles deglet nour que se exportan a todo el mundo y que son el orgullo agrícola de la región. La cosecha de los dátiles, en otoño e invierno, mantiene viva la cultura del oasis y su calendario tradicional.
Al mismo tiempo, la ciudad se ha consolidado como el principal campamento base para el turismo del desierto en Túnez. Desde Tozeur parten las excursiones en 4x4 a los espectaculares oasis de montaña de Chebika, Tamerza y Mides, a los decorados de Star Wars y a las dunas del Sáhara, y la ciudad ofrece desde hoteles de lujo de estilo palaciego hasta pensiones en la medina. Su aeropuerto internacional la conecta con la capital y con Europa, y sus museos y parques temáticos —Dar Cheraït, Eden Palm— ayudan a los visitantes a comprender la vida del oasis.
Recorrer Tozeur es asomarse a varias capas de historia a la vez: el ingenio hidráulico que domesticó el desierto, el esplendor de las caravanas grabado en los relieves de ladrillo de su medina, la cultura del dátil y la del agua, y la fama contemporánea que le dio el cine. En pocos lugares se percibe con tanta claridad la relación entre el ser humano y un entorno extremo, ni se combina con tanta fuerza el paisaje —palmeras, cañones, dunas y el lago salado infinito— con la aventura. Tozeur sigue siendo, como lo fue durante siglos, la gran puerta del Sáhara tunecino.