Mucho antes de que los genoveses levantaran su fuerte sobre el islote, Tabarka fue una ciudad de la Antigüedad llamada Thabraca, un puerto de origen púnico que alcanzó su esplendor en época romana como parte de la rica provincia de África. Su importancia venía sobre todo de su función como salida al mar de los productos del interior montañoso del noroeste.
El gran tesoro que exportaba Thabraca era el mármol. En Simitthus, la actual Chemtou, tierra adentro, había canteras de un mármol amarillo-rosado muy apreciado (el famoso 'giallo antico') que abastecía a la mismísima Roma para columnas y revestimientos de lujo. Ese mármol descendía desde las montañas hasta el puerto de Thabraca, desde donde se embarcaba hacia todo el Imperio. La ciudad vivía también del comercio de madera, cereales y productos de una comarca fértil y bien regada.
De aquella Thabraca romana y paleocristiana se conservan restos y, sobre todo, notables mosaicos: entre ellos, célebres mosaicos funerarios cristianos de los primeros siglos de nuestra era, que hoy se cuentan entre las piezas destacadas del patrimonio arqueológico tunecino. La ciudad fue sede episcopal cristiana en la Antigüedad tardía, señal de su relevancia. Tras el ocaso romano, pasó por manos vándalas y bizantinas y, con la conquista árabe del norte de África en el siglo VII, entró en una larga etapa de menor protagonismo, como tantos puertos de la costa.
El capítulo más singular y fascinante de la historia de Tabarka se escribió en la Edad Moderna, cuando este rincón de la costa berberisca se convirtió, insólitamente, en un enclave comercial genovés dedicado al coral. Es una historia que parece de novela y que explica el fuerte que aún domina el pueblo.
Todo giraba en torno al coral rojo, que abundaba en estas aguas y que era un producto de enorme valor en la Europa del Renacimiento, usado en joyería y objetos de lujo. En el siglo XVI, la poderosa familia de mercaderes genoveses Lomellini obtuvo el control de la pequeña isla frente a Tabarka y el derecho a explotar su pesca del coral. Los genoveses fortificaron el islote —construyendo el fuerte que hoy es símbolo del pueblo—, instalaron allí una colonia con pescadores, comerciantes, artesanos y una guarnición, y durante casi dos siglos gestionaron desde este enclave un lucrativo negocio.
La colonia de Tabarka fue un curioso islote cristiano y ligur en pleno Magreb musulmán, tolerado por su utilidad comercial y por los acuerdos con las autoridades locales. Sus habitantes, en su mayoría procedentes de la costa de Liguria, mantuvieron sus costumbres y su lengua durante generaciones, dedicados al coral, la pesca y el comercio. El fuerte los protegía de los corsarios y de los conflictos que sacudían constantemente el Mediterráneo occidental.
El origen del control genovés sobre Tabarka está ligado a uno de los episodios más novelescos del Mediterráneo del siglo XVI, en plena pugna entre el Imperio de Carlos V y el poder otomano y sus corsarios. Su protagonista fue Dragut (Turgut Reis), uno de los más temibles corsarios y almirantes otomanos de la época, azote de las costas cristianas.
Hacia 1540, Dragut fue capturado por los genoveses —según los relatos, apresado por Giannettino Doria, sobrino del gran almirante Andrea Doria— y pasó varios años cautivo, remando como esclavo en las galeras. Su liberación se negoció años después: en 1544, el propio Barbarroja, el gran almirante otomano, presionó para el rescate de Dragut. Como parte de aquel complejo acuerdo de liberación, la familia genovesa Lomellini habría obtenido o consolidado el control de la isla de Tabarka y su pesca del coral.
Así, por las vueltas del destino y de la diplomacia mediterránea, un enclave de la costa africana quedó en manos de comerciantes ligures durante generaciones, ligado al rescate de un corsario legendario. Dragut, liberado, volvería a sembrar el terror en el Mediterráneo hasta morir en el asedio de Malta de 1565. Y Tabarka siguió siendo, mientras tanto, la próspera 'isla del coral' de los genoveses, un extraño y duradero puente entre dos mundos enfrentados.
El enclave genovés de Tabarka no duró para siempre. A lo largo del siglo XVIII, la situación del pequeño reducto ligur se fue haciendo insostenible: el agotamiento progresivo de los bancos de coral más accesibles, las tensiones con las autoridades locales, las rivalidades entre potencias europeas por el negocio del coral (en el que también pujaban los franceses desde sus factorías vecinas) y la presión de los beyes de Túnez terminaron con la anómala colonia.
Hacia mediados del siglo XVIII, el bey de Túnez tomó el control de Tabarka, poniendo fin a casi dos siglos de presencia genovesa. Buena parte de la población ligur de la isla fue dispersada; algunos de sus descendientes acabaron, con el tiempo, en otros lugares del Mediterráneo, en una diáspora que la memoria histórica recuerda (hay incluso localidades, como Carloforte en la isla de San Pietro, en Cerdeña, cuya población desciende de aquellos tabarquinos). Fue el fin de un experimento comercial único.
Con la marcha de los genoveses y la decadencia del comercio del coral, Tabarka perdió protagonismo y volvió a ser un modesto puerto de la costa tunecina. El fuerte sobre el islote quedó como testigo mudo de aquella época dorada. Durante el resto del período otomano, la localidad vivió con discreción, apoyada en la pesca y en los recursos de su entorno montañoso y forestal.
Bajo el protectorado francés (1881-1956), el noroeste de Túnez y su entorno montañoso atrajeron el interés colonial por sus bosques de alcornoques —fuente de corcho—, su caza y su clima fresco. La vecina Ain Draham se desarrolló como estación de montaña de aire europeo, con sus hoteles de tejados inclinados, mientras Tabarka seguía siendo un tranquilo pueblo pesquero y un pequeño puerto de una región apreciada por su naturaleza.
Tras la independencia de 1956, y sobre todo en las últimas décadas del siglo XX, Tabarka empezó a reinventarse como destino turístico, apostando por lo que la hacía distinta: no el sol y la playa masificados de la costa este, sino la naturaleza, el mar y la montaña. Sus fondos marinos, todavía ricos en coral y vida, la convirtieron en el gran centro del submarinismo del país, con centros de buceo que atraen a aficionados de toda Europa a la 'Costa del Coral'.
A ese atractivo natural se sumó una vocación cultural. Desde los años setenta, Tabarka acogió un célebre Festival de Jazz que la puso en el mapa internacional y que, con distintas etapas y formatos, sigue animando sus veranos. La combinación de buceo, bosques, playas tranquilas, golf y música hizo de Tabarka un destino singular dentro de Túnez, la cara verde y pausada de un país más conocido por sus medinas y su desierto.
Hoy, como todo el turismo tunecino, Tabarka ha vivido altibajos ligados a la coyuntura del país tras 2011, pero conserva intacto lo esencial: un pueblo entre el mar y la montaña, el rojo del coral bajo sus aguas, las agujas de roca al atardecer y el fuerte genovés recordando, desde su islote, aquella extraordinaria historia de mercaderes, corsarios y coral.